Estudio revela que televisión disminuye la comprensión de lectura en niños

La Tercera, Santiago, Chile. 11/05/2008

Una investigación de cuatro años de la universidad alemana de Würzburg concluyó que el exceso de televisión afecta el desempeño en menores de 4 a 8 años.

Irene Padilla

Varios estudios ya lo habían demostrado: ver la televisión tiene una serie de efectos negativos, incluyendo la obesidad. Lo que pocos habían podido revelar es la relación directa entre consumo de televisión y comprensión lectora. Es lo que hicieron los investigadores Marco Ennemoser y Wolfgang Schneider, de la Universidad de Würzburg, Alemania.

Tras examinar durante cuatro años a más de 350 niños de 4 a 8 años de edad, los expertos concluyeron que el exceso de televisión tiene una clara y nefasta incidencia en la capacidad de los pequeños a la hora de comprender lo que leen y, por ende, en su rendimiento académico.

Los expertos dividieron a los niños en tres grupos: los altos consumidores de televisión veían un promedio de 117 minutos diarios, los espectadores medios dedicaban a la TV 69 minutos al día como promedio y los bajos consumían sólo 35 minutos al día. A todos ellos se les aplicó un examen de lectura al inicio de la investigación y otro al cabo de los cuatro años. Los menores de 4 a 6 años de edad y que eran altos consumidores lograron -24 puntos en el primer test, resultado que decayó aún más después del período estudiado: tras cuatro años, habían doblado su consumo de televisión y su rendimiento se situaba en -29 puntos. Los niños de 6 a 8 años y que también veían mucha televisión al inicio de la investigación marcaron -21 puntos en el primer test y bajaron otros dos puntos cuatro años después.

Claro que en ambos casos se trataba de contenidos de lo que se denomina televisión entretenida. Porque los investigadores también analizaron los efectos de la televisión educativa y ahí sí hubo beneficios para los pequeños. Quienes veían este tipo de contenidos marcaron 0,8 puntos en los tests del primer año, puntaje que aumentó a 18 el cuarto año.

Efectos nocivos

Varias son las hipótesis que se manejan para explicar los efectos sobre la comprensión lectora. La más conocida señala que, a más tiempo dedicado a ver televisión, menor es el que se destina a los libros. Tesis que quedó comprobada en la investigación: por ejemplo, los niños de 4 a 6 años que veían 45 minutos diarios de TV pasaron a 84 minutos al cabo de los cuatro años.

Sin embargo, hay otra hipótesis que, según el estudio, podría explicar la incidencia negativa de la TV y que tiene alcances mucho más profundos: en la medida que se elevan las horas frente a la pantalla, los niños pierden capacidad de atención y concentración. “La televisión no estimula el desarrollo de áreas del cerebro, como el lóbulo frontal, donde están radicados el lenguaje, la interacción social, la concentración, deducción y atención. Como no hay estimulación, esas áreas se atrofian”, explica Valeria Rojas, presidenta del Comité de Medios y Salud Infantojuvenil de la Sociedad Chilena de Pediatría.

No hay estimulación porque la televisión tiene un lenguaje demasiado básico y simple: para entender una conversación cotidiana en la pantalla, el espectador necesita conocer sólo 6.000 palabras, en cambio para entender un libro se necesita manejar, por lo menos, 66.000. Además, la televisión implica una actitud pasiva, es decir, el televidente atiende a múltiples códigos e imágenes sin participar activamente en su procesamiento.

“Ver televisión crea el hábito de no hacer el esfuerzo mental por aprender. En la lectura, los primeros pasos son muy difíciles, sobre todo en la decodificación de contenidos”, dice Mónica Guelasaga, sicóloga del Santiago College. Pero el daño puede evitarse, dicen los investigadores alemanes y no sólo prohibiendo la televisión. Porque los niños que desde pequeños “jugaron” a leer con sus padres se habituaron a aprovechar sus tiempos de ocio leyendo y disminuyeron sus horas frente a la pantalla.

La televisión educativa

Según la investigación desarrollada por los expertos de la Universidad de Würzburg, la televisión educativa es el verdadero antídoto ante cualquier mala influencia televisiva. Siempre y cuando haya un adulto que interactúe e interprete los contenidos. La televisión educativa maneja más palabras que la entretenida, entrega nuevos conceptos y significados y está hecha para que el menor interactúe con la pantalla, por lo que se evitan los malos efectos derivados de la pasividad del sujeto.

Sin embargo, como aclaran los especialistas, el rol de adulto como guía es fundamental. “La idea es que los padres guíen la enseñanza de estos programas y les expliquen más en profundidad aquellas informaciones que a los niños les cuesta entender”, afirma Valeria Rojas, del Comité de Medios y Salud Infantojuvenil de la Sociedad Chilena de Pediatría.

Actualmente, en Europa se vive una fuerte regulación de la programación infantil. En los países escandinavos, por ejemplo, los horarios en que los niños están en sus casas, por lo general durante la mañana, la programación no contiene comerciales y los programas emitidos por la televisión abierta son absolutamente educativos.

Escritores dicen que piratería no es por afán de delinquir, sino de leer

EFE. 1/05/2008

Los escritores chilenos no creen que el fenómeno de la piratería se deba a un afán por delinquir, sino a las ansias por leer y la dificultad por comprar libros a precios asequibles.

“Antes en Chile se leía mucho y el precio de los libros era asequible a grandes sectores de la población; hoy comprar un libro es caro y se ha ido perdido la costumbre de leer, que es lo más patético y terrible”, declaró Reynaldo Lacámara, el presidente de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH).

Los índices de lectura en Chile arrojan conclusiones distintas según la metodología empleada, y mientras algunos estudios hablan de que un 40 por ciento de la población leyó al menos un libro en el último año, otros concluyen que los chilenos leen 2,6 libros al año.

En opinión de Reynaldo Lacámara, la piratería “va a seguir existiendo si no se ataca en profundidad el problema de los altos precios y no se incentiva la lectura”.

“No se puede reprimir algo cuyas causas no son el hecho de delinquir, sino que hay una necesidad de lectura que no está siendo cubierta por los mecanismos normales”, asegura.

Un estudio hecho en 2006 por la Fundación La Fuente y la consultora Adimark concluyó que en el 72 por ciento de los hogares chilenos no se compran libros nunca o casi nunca, y un 47,3 por ciento de quienes no leen dice que no le interesa hacerlo.

Esas cifras ponen de manifiesto que los bajos índices de lectura no están vinculados necesariamente con el precio de los libros, declaró Gabriel Silva, responsable de mercadotecnia de la Feria Chilena del Libro, una cadena de librerías que representa cerca del 40 por ciento del sector.

Los libreros sostienen que la piratería es un delito muy lucrativo que obtiene la mayor parte de sus beneficios de la venta de textos escolares en el mercado informal.

“Si existe un mercado negro obviamente es porque existe avidez por libros, pero la pregunta es ¿por qué tipo de libros?”, recalcó Gabriel Silva. “La gran parte de las ventas clandestinas están orientadas a los libros que se solicitan en los colegios; eso sí ocasiona un grave daño al mercado, no que se vendan cuatro ‘best sellers’, porque una librería tiene más de 20.000 títulos distintos”, explica Silva.

La edición ilegal de libros es uno de los aspectos más lucrativos de la piratería en Chile, un fenómeno que se extiende a otros sectores como la producción musical y de programas informáticos e, incluso, a la elaboración de fármacos.

El pasado día 25, el Gobierno estadounidense incluyó a Chile por segundo año consecutivo en la “lista negra” de los países que no protegen suficientemente la propiedad intelectual, junto con Venezuela y Argentina.

La Oficina de la Representante de Comercio Exterior de Estados Unidos, Susan Schwab, anunció que pedirá a las autoridades chilenas que adopten medidas para erradicar la piratería y cumplir con las normas establecidas en el Tratado de Libre Comercio suscrito por ambos países en 2004.

Pero a juicio de los escritores chilenos, la piratería seguirá existiendo mientras los libros sigan siendo tan caros.

Buenos Aires, sus libros y nuestra envidia

El Mercurio. Santigo, Chile. 27/04/2008

Hasta el 12 de mayo se extiende el enorme encuentro en torno al libro. La feria dura el doble que la nuestra, es seis veces más grande y los libros valen la mitad. Lo que puede generar malos sentimientos.

Macarena García G.
Enviada especial.

El objetivo de este artículo es que a usted le den ganas de irse a Buenos Aires. No al de la nube de humo y los muñequeos peronistas, sino al de las librerías ideales e idealizadas. Al Buenos Aires que inauguró esta semana la versión número 34 de su feria del libro y acude en masa a abastecerse de nuevas lecturas.

La intención es que le den ganas, pero puede que le dé rabia. Rabia de que en Chile los libros cuesten el doble y de la estrechez de nuestra feria, con su interminable retahíla de anuncios por altoparlante. O mucha envidia, de saber que en la capital trasandina la feria es seis veces más grande, dura el doble y los libros valen la mitad. Acomode los sentimientos.

Los precios

Lo primero es despejar un mito. La Feria del Libro de Buenos Aires tampoco es una feria de ofertas. Se pueden encontrar, sí, en un stand de Planeta, en otro llamado “La Oferta” y en las siempre convenientes ediciones “El Libertador”. Pero el interés corre más por cuenta de las novedades, y la gracia, la gran gracia, es que son muchísimo más baratas que en Chile. Generalizando, diremos que si se trata de textos editados en Argentina, su precio no suele sobrepasar los 45 pesos (en Chile, unos $ 6.000), y que cuando se trata de importados españoles, la diferencia de precios entre ambos lados de la cordillera promedia el 25%.

Tampoco es una feria a la que se acerquen las estrellas literarias del momento (se acercan más bien las que ya tuvieron su momento), pero al menos tiene más visitas ilustres que la versión chilena. Aquí las suplen con una completísima agenda de actividades -1.600, según el presidente de la Fundación del Libro, Horacio García- pensadas para distintos tipos de público: recitales de poesía, maratón de lectura, mesas redondas, un homenaje a Atahualpa Yupanqui, chefs que cocinan recetas de libros y más.

Donde más se nota la diferencia es en el lugar en sí, en la disposición espacial. El recinto ferial de la Sociedad Rural Argentina es amplio y la Fundación del Libro lo ha aprovechado con terrazas al sol y estudios de radios que transmiten en directo.

¡Sentíte cómodo!

Algunos de los stands, tantísimo mejor diseñados que los chilenos, están pensados para que el público se siente y lea, pase el rato.

En el acceso principal, los suplementos culturales argentinos, ADN de La Nación y Ñ de Cultura, compiten con amplios salones, muy en la onda minimal del pouf blanco y el sofá cuadrado. La revista Ñ ofrece allí los distintos productos editoriales del diario, entre ellos toda la obra de García Márquez -literaria y periodística- a sólo cinco dólares. Son dos de los stands mejor logrados, pero el espacio que más destaca es el llamado Patio Infantil. Hace ya quince años que la Fundación del Libro ofrece salas dedicadas exclusivamente a los niños; ellos pueden escoger entre talleres creativos, entrar a la biblioteca infantil o ir a escuchar a los cuentacuentos.

La máquina prodigiosa

La gran novedad de esta feria es una máquina. Ubicada en el stand de La Nación, la máquina imprime, corta y empasta libros que ya no se pueden encontrar en librerías. Una mujer se acerca y pide “La Señora Dalloway”. En menos de 20 minutos y por menos de 20 dólares, esa mujer se lleva a su casa una versión idéntica a la por años agotada edición de Sudamericana.

“La calidad de esta edición es idéntica a la tradicional. Nosotros trabajamos con los principales grupos editoriales -Santillana, Planeta y Sudamericana, entre otros-, quienes controlan la calidad de nuestras impresiones”, explica Gustavo Vorobechik, emprendedor e ideólogo de Bibliografika, la empresa que busca popularizar la llamada “publicación por demanda”.

El negocio no está en imprimir libros en la feria, sino en ofrecer a las editoriales pequeñas tiradas sobre la base de la demanda generada. “Los libros se agotan y volver a imprimirlos sale muy caro”, explica Christian Luzardo, también de Bibliografika, “si ese libro está en nuestro catálogo se le ofrece al cliente. Y así ganamos todos, la librería, la editorial, nosotros y el lector”. Gustavo Vorobechik adelanta que están cerrando una negociación con una cadena de librerías chilena y que a más tardar el próximo año esperan tener una planta funcionando en Santiago.