• Ingresa tu e-mail aquí

    Únete a 84 seguidores más

  • Recomendados

    Infoconexión
  • blog DIBAM
  • Libérate lee
  • Dónde estudiar bibliotecología
  • panoramas gratis
  • El 5º poder
  • Chile y los libros 2010
  • Twitter

  • Secciones

Opinión: “Librería”

Carta publicada en el diario La Segunda el día martes 12 de febrero de 2019

Señor Director:

En la edición de ayer fue publicada una entrevista a Joan Usano, dueño de la librería Takk. En ella el entrevistado menciona que la dueña anterior es una mujer chileno-italiana que le traspasó la librería por un supuesto retorno a Italia. Esta información es incorrecta: la dueña original -mi madre, quien fundara y creara el concepto Takk- es Isabel Carrasco, chilena y habitante de Santiago.

Fueron motivos económicos los que la hicieron desprenderse, con dolor, de ese bello proyecto que reúne tanto en su nombre (Takk significa “gracias” en noruego) como en su logo, estética y contenido, profundas raíces biográficas de mi familia.

Junto con corregir este error con asumo involuntario, y agradecer a Joan por una gestión que ha mantenido el proyecto a flote, quisiera aprovechar de rendir un pequeño homenaje a Isabel, quien, desde sus sencillos orígenes en el campo chileno, fue capaz de cristalizar sus profundas inquietudes en lo que hoy es un hito de Providencia

Felipe Larenas Carrasco

“He llorado muchas veces aquí con historias de la gente”

Joan Usano, dueño de Takk:

“He llorado muchas veces aquí con historias de la gente”

El catalán explica las claves de su oficio, dice que su librería es como una sitcom y asegura que le importan un carajo las metas a largo plazo.

Lunes 11 de febrero de 2019, Por Daniel Rozas, Conversación La Segunda

Joan Usano (49, Olot, Cataluña) es un personaje ineludible del paisaje urbano del Drugstore.

Catalán irónico, malo para sobar lomos ajenos, pero sentimental y bromista en el trato personal, su presencia hierática disuade a los brutos sin paciencia que intentan profanar la paz civilizada de su librería.

El ritmo impasible del dueño de la Takk ha hecho que el público sea selecto y refinado; siendo imposible ver personas entrando a su local hablando por celular o de plata ni muchos menos sorbeteando un helado.

Hijo de trabajadores semianalfabetos, cuenta que sus padres le enseñaron la importancia del rigor profesional.

Refugio para solitarios y enclave social para escritores como Germán Marín, Diego Maquieira, Gonzalo Contreras o Rafael Gumucio, la Takk, más que una librería, es un lugar de encuentro que siempre está abierto y que goza de una clientela fiel: parroquianos que van 3 o 4 veces a la semana y que muchas veces solo quieren conversar con el dueño.

Su éxito, dice Joan, ha sido seguir siendo fiel a sus gustos, rechazando la oferta de las librerías de retail.

—¿En qué se diferencia un librero, como oficio, a un vendedor de libros?
—Es lo mismo. Lo que pasa es que los seres humanos siempre inventan categorías. Pero supongo que tu pregunta es tramposa y presupone que el librero es más romántico que el vendedor de libros. No sé. Al fin y al cabo es un negocio: no puedes vender por debajo de un costo, pero tampoco puedes renunciar a tener un fondo permanente de libros clásicos. Tiempo atrás me decían que la Takk era una librería boutique y yo me ofendía.

—¿Qué entiendes por fondo?
—Que la librería tenga una base de libros clásicos de la literatura universal: long sellers . Libros que siempre se venden.

—¿Cuántos ejemplares tienes en tu librería?
—Cerca de 22 mil títulos. Nunca lo he calculado, pero al ojo vendría a ser eso. Yo tengo mucho libro único, es decir, cuento con un solo ejemplar.

—¿Por qué?
—Porque son libros que se van a mover una vez al año. No puedes tener más porque te sobrestockeas y no hay espacio para guardar.

—¿Por qué tienes clientes fieles, que entran a la librería para conversar?
—Aquí se habla de cualquier cosa. Se cambia el mundo, se critica, se analiza; es muy divertido. La gente me dice que la librería es como una sitcom . Pasan cosas raras.

“Cuando viene un extraño saltan las alarmas”

Joan Usano conoce a todos los personajes del barrio después de casi 20 años trabajando en el sector. “Son inofensivos. Pero cuando viene un extraño, saltan todas las alarmas”, afirma, luego de que un personaje rarísimo, cargando un cuchillo, entre al segundo piso preguntando por un libro sobre plantas. Operado de los nervios, Joan lo escolta hacia la salida y le pide que se retire porque está cerrando.

—¿Cómo surgió tu interés por la lectura?
—Yo soy de familia obrera. En la casa de mis padres no había libros. En España, en los 70, había muchos vendedores de enciclopedias y los papás de las clases trabajadoras las compraban para que los hijos hicieran bien las tareas. Y yo, como soy curioso, me fui nutriendo y empecé a leer a partir de ahí.

—Tus padres no leían. ¿Crees que eso te otorgó cierta libertad lectora?
—Nunca fui guiado por nadie. Yo me he hecho a mí mismo con mis gustos. La curiosidad me ha llevado de un lado a otro. Cada lectura te lleva a otra y al final ya sabes qué es bueno y qué es malo. La biblioteca de Olot, en Cataluña, era un lugar introspectivo, donde paseaba, leía el diario y los libros; era un lugar para estar. Siempre pensé que me gustaría trabajar en una biblioteca o en una librería.

—¿Y cómo pasaste a ser dueño de la Takk?
—La persona que era la dueña de la Takk antes que yo, una chilena-italiana, me hizo el traspaso en 2006 porque ella se devolvía a Italia. Me dijo que quería contar con alguien que le permitiera recuperar la inversión y que le garantizara que la librería no iba a desaparecer. Y ella creía que la única persona capaz era yo.

Joan dice que, por aquel entonces, no tenía dinero, había renunciado, terminó la relación con su polola —la que lo trajo a Chile en 1999— y que la opción del negocio de la Takk surgió como “una conjunción de las estrellas. Fue como, oye huevón, tienes que meterte ahí, aunque no tengas respaldo. Y todo funcionó bien. La gente me conocía desde la Altamira, así que tenía un prestigio. Aunque como no tenía dinero, me daba susto porque tenía muchas obligaciones”.

—¿Y cuál fue la solución?
—Trabajar 4 meses seguidos sin ningún día festivo, doce horas diarias.

—¿Hay gente que aún paga los libros con tres cheques?
—Yo a la gente que conozco le doy facilidades. Pero algún día ese público desaparecerá. De hecho, ya se están muriendo clientes. Es una pena. Viene un recambio porque la juventud tiene otra parada ante el comercio.

—¿En qué sentido?
—Los jóvenes no están preparados para la serendipia; encontrarse con algo que nunca habían pensando que existía. La gente de mi edad es de ir a un lugar aunque no tengan idea de lo que se quieran llevar. Ahora no. La gente joven viene directo a buscar algo. Cada vez hay menos curiosidad. La juventud explora por internet.

—Ahora se encuentra todo en la red.
—Hoy la información la buscas sentado en tu escritorio. Antes tenías que mover el culo. Eso ha desaparecido. Y es normal, pero tiene algo malo. La curiosidad te hace percibir el saber de forma distinta. Afortunadamente para mi negocio, el libro electrónico no ha funcionado porque le falta corporeidad. En cambio el libro tiene esta facultad mágica de lo corpóreo. Lo terminaste, lo dejaste ahí, y de vez en cuando el mismo libro te recuerda que lo leíste.

—Después de 20 años ya eres parte del inventario del Drugstore.
—El Sebastián (la heladería), que es mi vecino, puede funcionar sin mí, pero estoy seguro que prefieren que yo esté porque la Takk le da algo distinto a su café. De hecho, no es casualidad que donde hay más escritores es ahí. Yo los conozco a todos. La librería es un referente para ellos. Acá viene mucha gente del rubro de la cultura. Entran famosos cada dos por tres.

“Chile es un país de poetas”

—¿Cuál es el perfil del público de la Takk?
—No me preocupa. Trato a todo el mundo por igual. Pero viene mucho profesional. Abogados, médicos, gente de la universidad.

—¿Qué busca el hombre y qué busca la mujer en tu librería?
—El hombre compra ensayo y la mujer ficción. La mujer es más de novela. Y la novela ha bajado; yo lo atribuyo a Netflix. La novela ha sido sustituida por las series de televisión. Como las maratones son largas y leer es una actividad que requiere tiempo; las series le sacaron horas a la lectura.

—¿Quiénes compran poesía?
—Más hombres que mujeres. Y sobre todo jóvenes. Yo tengo una sección muy grande, no sé si es la más completa de Chile, pero todo el mundo me dice que es la mejor. A mí una de las cosas que me parece notable de Chile es que todo el mundo conoce a los poetas vivos chilenos. Y yo tengo la sensación que todo el mundo sabe quién es Raúl Zurita y que incluso el lustrabotas sabe quién es Nicanor Parra. En cambio, tú vas a España y le preguntas a la gente que te diga quiénes son los poetas vivos y no saben. Todo chileno medianamente culto te sabe decir dos o tres poetas vivos. Y de la segunda mitad del siglo XX te pueden nombrar a Teillier, Lihn, De Rokha, Neruda, Mistral, Huidobro.

—¿A qué atribuyes este fenómeno?
—Que es un país de poetas. Pero yo no soy lector de poesía. La poesía es lo más difícil del mundo pero cuando te encuentras con un gran poeta como Kavafis a él si lo leo. Cualquier lector puede entenderlo porque es profundo y siempre hay un poema que te toca.

—¿Tienes una buena calidad de vida?
—Disfruto de mi rutina. Y este lugar es muy plácido y puedes encontrar gente interesante para conversar. Me confiesan cosas; he llorado muchas veces aquí con historias de la gente o de uno mismo. Cuando se murió mi padre (se le quiebra la voz)… sabes, es catártico. La gente olvida que siempre puede haber un desconocido que te puede ayudar en tu vida con una palabra cuando menos te lo esperas. Este negocio nunca lo he planificado porque me importan un carajo los objetivos.

—Con la irrupción de librerías por internet, ¿crees que vas a seguir con el negocio mucho tiempo?
—Yo sé que va a seguir un año más. Después, no tengo idea. Al principio, cuando me empezó a ir bien, había gente que se me aproximaba para hacer negocios, para abrir otras sucursales y yo les dije que ni cagando. Yo quiero disfrutar de la vida. Trabajo muchas horas, pero soy mi propio jefe.

—¿Te agotas?
—Cansa porque estás envuelto en una rutina. Pero la única meta es que este negocio sobreviva y que siga adelante. Hacerme rico no me interesa. Yo estoy acá 60 horas a la semana. No vivo para trabajar pero soy trabajólico.

—Te educaron así.
—Me inculcaron el rigor. Para mí es un insulto que me pongan un premio por hacer bien las cosas. Y creo que en Chile se pasa a llevar a la gente. La insultan cotidianamente poniéndoles bonos. Lo encuentro patético.

Opinión: “Recoletras”

Jueves 7 de febrero de 2019, Correo La Segunda

“Recoletras”

Señor Director:

La columna de Fernando Claro V. a propósito de “Recoletras”, publicada ayer, es una caricaturización tosca, orientada a despotricar contra el tan temido y trillado fantasma del “monopolio estatal”. La tesis del autor pretende asentar la idea de que la instancia del alcalde Jadue será el apocalipsis de las librerías privadas. Me gustaría preguntarle al señor Claro V. si sabe cuál es el grado de competencia editorial, considerando que el consorcio Penguin Random House es un verdadero coloso mundial, dueño de los sellos Aguilar, Alfaguara, De Bolsillo, Lumen, Sudamericana, Vergara, y otras. Si dicho consorcio se restó de “Recoletras” aduciendo la falta de competencia o la lamentable posición de los libreros, ¿qué tanto les preocupa? En segundo término, en las así llamadas “comunas periféricas” prácticamente no existen librerías, salvo las ubicadas en los malls, donde los libros se venden a precio de oro. Aun asumiendo que una rebaja en el precio de los libros no generará, per se, un aumento en cantidad de ventas, ¿acaso no es positivo que el chileno promedio pueda acceder a un libro a un precio razonable? ¿No es una externalidad deseable?

El tono lastimero de la columna omite flagrantemente que las actuales fallas de mercado de Chile no han sido provocadas por el Estado, sino que más bien por su ausencia regulatoria o empresarial. El punto relevante del asunto no radica en mirar con “nostalgia” al pasado estatista; se debe aceptar, de una buena vez, que no existe competencia real en casi ningún mercado de nuestro país y que urge efectuar correcciones en aras del bienestar de la población y de disminuir un coste de vida elevadísimo y ridículo.

Nicolás Medina Cabrera.

Editorial de La Segunda: “Cómo promover la lectura”

“Cómo promover la lectura”

Miércoles 6 de febrero de 2019, Editorial de La Segunda

“Tenga éxito o no, la propuesta de Recoleta no puede ser sino un complemento al fortalecimiento de las bibliotecas públicas”.

La apertura por parte de la Municipalidad de Recoleta de una librería que vende textos hasta 70% más baratos abrió una discusión que podría ayudar a arrojar luces sobre el fomento de la lectura en el país. Esto es —al margen del debate acerca de la subsidiariedad, la actividad económica del Estado o la estructura de costos de la industria editorial—, si para alcanzar dicho propósito es más adecuado priorizar la rebaja en el precio de los libros o la instalación y fortalecimiento de las bibliotecas públicas.

Quienes defienden proyecto de Recoleta han expresado que ambos caminos pueden ser compatibles y que la librería da cuenta de la falta de interés del mercado por instalarse en la comuna. Se señala que de las 184 librerías de la capital (según un trabajo de Editores de Chile) la mayoría se concentra en las comunas de altos ingresos, como Santiago, Providencia, Ñuñoa, La Reina, Las Condes y Vitacura.

Con todo, lo más discutible de la iniciativa parece ser la dificultad de evaluar su impacto en el largo plazo. Otras experiencias que participaban del mismo principio, la formación de capital cultural a partir de la tenencia de libros de forma permanente en el hogar, como la del «Maletín Literario» (un set de 10 libros distribuido a las familias más vulnerables del país por la antigua Dibam, hoy Servicio Nacional del Patrimonio Cultural), carecieron de un seguimiento para medir su eficacia. La evidencia internacional, indican algunos especialistas, reconoce cierta correlación entre tener libros en la casa y un alto rendimiento académico, pero no sobre los hábitos de lectoría.

Ante esto, cualquier incentivo a la lectura no puede dejar de lado la priorización permanente de las bibliotecas públicas que, progresivamente, han ido mejorando sus estadísticas en los últimos años. La actual red de establecimientos públicos, que hoy integran 434 bibliotecas, ha aumentado sistemáticamente los préstamos, pasando de un millón en 2010 a más de dos millones en 2017. Ello iguala a países como Colombia que, con 1.444 bibliotecas (y 49 millones de habitantes), posee uno de los mejores sistemas de la región. También es deseable que la próxima discusión de la «Política Nacional de la Lectura y el Libro» del Ministerio de las Culturas, actualmente vigente hasta 2020, pueda hacerse cargo de los cambios que la librería en Recoleta plantea en la industria, en especial el rol que jugarán los municipios y que hasta ahora sólo se circunscribía a la entrega de patentes a librerías y ferias del libro.

Tenga éxito o no, la propuesta de Recoleta y las librerías populares no puede ser más que un complemento a una política consistente de fortalecimiento de las bibliotecas púbicas, sean estatales, municipales o privadas de acceso público. Más allá de la polémica, y en un país con pocos lectores y un mercado endeble, la preocupación genuina debe ser la promoción de la lectura.