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Opinión: “Hay que leer todos los meses y ducharse todos los días”

Arturo Cifuentes, Investigador Asociado, Clapes-UC, Pulso La Tercera, Miércoles 22 de enero de 2020.

Esta es la época en que se recomiendan libros para el verano. Por supuesto que no me opongo a la idea de recomendar lecturas. Pero sí me opongo fieramente a la idea de que el leer es una actividad veraniega que puede ser descuidada el resto del año.

Esta es la época en que se recomiendan libros para el verano. Por supuesto que no me opongo a la idea de recomendar lecturas. Pero sí me opongo fieramente a la idea de que el leer es una actividad veraniega que puede ser descuidada el resto del año. No, hay que leer todos los meses y ducharse todos los días. Así de simple.

Admito que tengo muchos de prejuicios y uno de ellos es contra la gente que no le gusta leer. Un militar me comentó una vez: “Yo no leo libros, yo escribo libros.” Más recientemente un joven enajenado me dijo que mi gusto por la lectura era una postura “elitista y cobarde.” El privilegiaba la acción y consideraba la lectura como una conducta de evasión. Ambas opiniones están entre las cosas más idiotas que he oído.

Mi gusto por la lectura se lo debo a mi padre. Él nunca me leyó nada (como aconsejan los “expertos” norteamericanos). Me bastó ver como disfrutaba algunas cosas que leía, y como se hacía tiempo para leer. A veces leíamos juntos, pero separados. El en una silla mecedora en su escritorio, y yo al lado en un sofá. Leer es una actividad personal y solitaria.

Mi padre no era amigo de las bibliotecas. Si un libro valía la pena leerlo, según él, valía la pena comprarlo. El resultado fue una biblioteca diversa y estimulante de la cual mis hermanos y yo nos beneficiamos. Estimé su tamaño en algún momento: tres mil libros. Una cantidad significativa considerando lo caro que eran los libros (y siguen siendo) en Chile.

Paradojalmente, fue un profesor de castellano la persona que más esfuerzos hizo por espantarme el gusto por la lectura. Este descriteriado individuo nos obligaba a leer unos autores chilenos horribles que afortunadamente ya nadie recuerda (y que no pienso rescatar del olvido). Jamás lo oí mencionar a Borges, Kafka, o Oscar Wilde.

Supongo que todos los hijos, de alguna manera tal vez inconsciente, esperan superar a su padre en algo. En algún momento, debo haber tenido unos 50 años, estimé que mi biblioteca tenia unos tres mil libros. (El cálculo es tramposo ya que debí haber dividido por dos, mi mujer ha sido cómplice). Confieso que en ese instante-apoyado por esta métrica irrelevante y estúpida-sentí una satisfacción bastante infantil y efímera.

Mi padre nunca me recomendó libros para el verano. Simplemente me recomendó libros. Lamento que ya no esté; le quería recomendar mi última “evasión”.

Opinión: “Bibliotecas públicas y ciudad”

Ciudad Justa, Diario El Centro, Domingo 12 de enero de 2020.

La Biblioteca Regional ocupa una casa antigua en la calle Dos Oriente y no cuenta con las condiciones mínimas para ofrecer un servicio adecuado. La Biblioteca Municipal de Talca ocupa nada más que una sala en el edificio que hasta el terremoto del 27 de febrero de 2010 albergara a la Biblioteca Regional en la calle 5 Oriente.

“La lectura acorta las brechas sociales, permite desarrollar el pensamiento crítico, motiva la reflexión, la creatividad y nos hace personas más empáticas y comprensivas. La lectura no solo puede y debería ser un placer, sino que también, es un derecho”. Esta frase no es de un activista por la lectura, ni tampoco una declaración de un organismo internacional. Esta es la opinión de Carlos Maillet, director del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural. La entregó al diario El Mostrador el 22 de agosto de este año.

La opinión de Maillet es respaldada por innumerables estudios científicos que demuestran el impacto positivo de la lectura en la creatividad, el rendimiento académico, la empatía, la convivencia y la salud mental, entre muchos otros ámbitos. Es por esto que es fundamental que las ciudades garanticen un acceso igualitario a las condiciones que la favorezcan.

Una de ellas es, obviamente, el acceso a los libros. Hay familias que pueden comprarlos, pero la mayoría no. Para casi todos, las bibliotecas públicas son casi la única forma de obtenerlos. Cuando no existen condiciones adecuadas de acceso público a los libros estamos en presencia de la vulneración de un derecho. Pero, es más, cuando no corregimos la distribución desigual de las posibilidades de acceso a recursos que son tan cruciales para el desarrollo de las personas, estamos en presencia de una injusticia.

¿Cuáles serían unas condiciones adecuadas de acceso público a libros? Según un estudio de la Escuela de Ciencias de Información de la Universidad de Siracusa, el año 2017 los países con mayor cantidad de bibliotecas públicas por cada 100.000 habitantes eran: Eslovaquia 138, Palaos 113, Finlandia 110, Bielorrusia 107, Letonia 96. Según esta fórmula Talca tendría 1,36 por cada 100.000 habitantes. Este dato de por si desalentador se agrava cuando observamos el estado en que funcionan nuestras bibliotecas.

La Biblioteca Regional ocupa una casa antigua en la calle Dos Oriente y no cuenta con las condiciones mínimas para ofrecer un servicio adecuado. La Biblioteca Municipal de Talca ocupa nada más que una sala en el edificio que hasta el terremoto del 27 de febrero de 2010 albergara a la Biblioteca Regional en la calle 5 Oriente. Cuenta con un catálogo muy pobre y no es posible acceder a la zona donde están los libros. Tampoco tiene una base de datos que consultar. La única con unas condiciones adecuadas a su función es la biblioteca municipal-comunitaria de La Florida.

Las autoridades municipales y las del Ministerio de las Culturas están llamadas a tomar acciones que al menos restablezcan el estándar existente antes del terremoto. En este sentido el primer paso parece ser claro: establecer un acuerdo que permita recuperar para la Biblioteca Regional el recinto que fue construido originalmente para ese propósito y que hoy cumple casi en su totalidad otras funciones. Pero esto no basta. El segundo paso que debería darse es constituir una red de bibliotecas públicas de buen estándar en diversos territorios de la ciudad, emulando la experiencia de La Florida.

Esto no solo precisa voluntad política y financiamiento, se requiere también de una demanda activa desde las organizaciones sociales y de la sociedad civil y la colaboración de las universidades y centros de estudio. En particular, como CEUT de la UCM nos parece que generar mayores niveles de justicia territorial en el acceso al conocimiento [y en particular a la lectura] es esencial para considerarnos una sociedad democrática e inclusiva. Y en los tiempos que corren esto es un asunto también de dignidad.

Francisco Letelier Troncoso
*Académico de la Escuela de Sociología y del Centro de Estudios Urbano Territoriales (CEUT) UCM

Opinión: “Recoletras: Por qué no es una amenaza para el ecosistema del libro”

El libro está marcado por una discriminación de clase basada en lo económico: ese es el daño verdadero al ecosistema del libro. Además, ni las librerías Qué Leo y Ulises ni las cadenas Antártica y Feria Chilena del Libro verán mermadas sus ganancias, pues su negocio no está en Recoleta ni en La Pintana, ni en los otros territorios nombrados, se encuentra en las comunas donde el negocio funciona bajo este neoliberalismo desigual.

Sábado 16 de febrero de 2019, Eduardo Farías, El Desconcierto.

Recoletras sigue siendo objeto de debate y lo último que se ha escrito en contra del proyecto ha sido una columna de opinión de Andrés Fernández en El Mostrador. Lo menciono, pues este ingeniero industrial en su argumentación oculta u olvida mencionar mucha información importante para su caracterización del ecosistema del libro; así, mediante el uso de la desinformación, se alinea con la tesis de un sector del gremio librero: Recoletras atenta contra el desarrollo normal y sano del ecosistema del libro. Según este autor la librería popular de Recoleta lo daña, ya que las librerías independientes no tendrían cómo replicar la manera en que se organiza económicamente Recoletras. Lapidariamente Andrés dictamina que esta librería depreda las librerías independientes.

Cabe señalar que es muy temprano para afirmar si Recoletras depreda o no las librerías independientes, por lo que la acusación de Andrés Fernández es exageradamente falsa e ideológicamente tendenciosa, o, quizás, los cierres de Galería Plop!, Prosa y Política, y Librería Subsuelo sí se debieron a la idea embrionaria de Recoletras. Es interesante que este ingeniero industrial en su columna olvida repasar algunos cierres de librerías; los cuales no se debieron a la presencia de una librería popular, lo que justamente no apoya su tesis. Pero como no soy él, veamos en detalle qué factores jugaron en contra de estas librerías y propiciaron los cierres.

El cierre de Galería Plop! y de otras librerías no se debe a Recoletras, como quisiera Fernández, sino a las características inherentes del negocio librero en este contexto neoliberal, más las realidades del mercado interno chileno. Gabriel Zaid en Los demasiados libros desmenuza muy bien el negocio de la librería y expone las complejidades intrínsecas de toda librería en el contexto neoliberal, las que explica de la siguiente manera: primero, las librerías no pueden albergarlo todo, por tanto, siempre les faltará algún título que pida algún comprador ocasional; segundo, los libros que tienen en exhibición pueden venderse en días, ojalá, en 5 años, o tal vez nunca. De hecho, como Zaid piensa, en la librería, como espacio no solo de consumo sino también de cofradía, el librero debiese ser un adivino del futuro, así sabría en qué momento exacto pedir un título para ese lector casero o qué título será un best seller. Pero no lo son. Por tanto, la librería se debate inevitablemente entre la lenta venta de libros y los mensuales gastos fijos de operación que se deben cubrir para seguir en el juego.

A lo anterior, añadamos que el contexto chileno está marcado, primero, por una poco numerosa población (comparado con México, Brasil, Buenos Aires), más un desierto de lectores, lo que da un bajo porcentaje de consumidores posibles y configura un mercado en extremo pequeño. De los pocos chilenos, más pocos leen: con esas condiciones, qué librería sobrevive en territorios de no lectores. Además, la población con su desierto de lectores está caracterizada por una precarización socioeconómica y cultural; así el libro, que es visto como bien “secundario”, no es costeable en muchas economías familiares chilenas; por tanto, la ubicación de la librería se vuelve un factor fundamental, lo que justamente olvida mencionar también Andrés Fernández, ya que no se refiere a la discriminación estructural del ecosistema del libro, que es de clase, de género y territorial, y por espacio solo hablaré de la primera.

El estudio de Editores de Chile sobre la situación de librerías y bibliotecas demostró que la distribución de las librerías en Santiago se encuentra determinada por el nivel adquisitivo del territorio, ya que la mayoría de ellas está desde Santiago Centro y Providencia hacia el oriente. Por tanto, el libro se comercia solo en los territorios que alberga a la población que tiene el poder adquisitivo. Así, comunas como Renca o Quilicura no tienen librerías y no las tendrán mientras no sean espacios rentables de consumo. Aunque no lo quiera Andrés, el libro está marcado por una discriminación de clase basada en lo económico: ese es el daño verdadero al ecosistema del libro. Además, ni las librerías Qué Leo y Ulises ni las cadenas Antártica y Feria Chilena del Libro verán mermadas sus ganancias, pues su negocio no está en Recoleta ni en La Pintana, ni en los otros territorios nombrados, se encuentra en las comunas donde el negocio funciona bajo este neoliberalismo desigual.

De hecho, México tiene la misma discriminación de clase en el acceso al libro. En una noticia aparecida en El País el 2016 se indicaba que cerca del 95% de municipios mexicanos no tenía librería, solo las grandes ciudades corrían una suerte distinta. Lo mismo ha publicado El Economista el 8 de enero de 2018: México necesita librerías. Si se quiere visualizar la distribución desigual de librerías en México, es posible ingresar en el website del Observatorio de la Lectura de México y ver su atlas de lectura en la que se muestra la ubicación y la cantidad de librerías en territorio mexicano.

Entonces, no es Recoletras lo que daña el ecosistema del libro como quiere hacernos creer falazmente Andrés Fernández, aquel está dañado desde antes por discriminaciones estructurales en el acceso al libro. Que Recoletras abra las posibilidades de gestión de librerías territoriales, no afectará el trabajo de aquellas librerías independientes que entienden que su existencia depende del compromiso y de cómo son capaces de crear diferencia, diversidad. No imagino Santiago sin Librería Proyección, sin ese refugio para al anarquismo, el feminismo, el antiespecismo y para mucha más teoría crítica. Tampoco pienso Santiago sin Librería Pedaleo y la mirada de librero y de escritor de Carlos Cardani, quien ha construido un espacio para la edición independiente chilena y latinoamericana, todo un guardia raso de joyitas difíciles de encontrar como 11, de Carlos Soto Román, o Extremo explicit, del uruguayo Riccardo Boglione. Menos aún anhelo que el acceso al libro solo esté determinado por el neoliberalismo y las discriminaciones estructurales que ya conocemos.

Eduardo Farías es Editor de Gramaje Ediciones. Magister en edición.

 

Opinión: “Librería Popular”

Carta publicada en el diario La Tercera el miércoles 13 de febrero de 2019

SEÑOR DIRECTOR

Causa extrañeza la carta publicada con fecha 9 de febrero, escrita por Felipe Bravo Alliende, que compara erradamente el proyecto de librería popular de Recolta con el sistema de redes y bibliotecas de dos comunas de la zona oriente de Santiago, diciendo que en Recoleta se privilegiaría la venta de libros por sobre el acceso gratuito, o por sobre el fomento a las bibliotecas públicas.

Es importante saber que durante los últimos cinco años se han aumentado los puntos de lectura y sistema de bibliotecas en la comuna de Recoleta: se creó el punto de lectura Eduardo Galeano, que funciona en la municipalidad y que tiene sistema de préstamos de libros sin costo, al igual que los puntos de lectura en los cuatro Centros de Salud Familiar, en el Parque de la Infancia, en el Mercado Tirso de Molina, y el proyecto emblemático de la Biblioteca Pedro Lemebel, que abrió sus puertas en noviembre de 2017, y que cuenta con un alto estándar en infraestructura y en catálogo de préstamos gratuitos.

La librería popular es un proyecto que busca satisfacer otra necesidad, que está resuelta en comunas de la zona oriente, y que es tener librerías a la mano; en este caso, a un bajo costo. ¡Doble pega hecha para Recoleta!

Natalia Cuevas Guerrero
Concejala de Recoleta

Opinión: “Librería”

Carta publicada en el diario La Segunda el día martes 12 de febrero de 2019

Señor Director:

En la edición de ayer fue publicada una entrevista a Joan Usano, dueño de la librería Takk. En ella el entrevistado menciona que la dueña anterior es una mujer chileno-italiana que le traspasó la librería por un supuesto retorno a Italia. Esta información es incorrecta: la dueña original -mi madre, quien fundara y creara el concepto Takk- es Isabel Carrasco, chilena y habitante de Santiago.

Fueron motivos económicos los que la hicieron desprenderse, con dolor, de ese bello proyecto que reúne tanto en su nombre (Takk significa “gracias” en noruego) como en su logo, estética y contenido, profundas raíces biográficas de mi familia.

Junto con corregir este error con asumo involuntario, y agradecer a Joan por una gestión que ha mantenido el proyecto a flote, quisiera aprovechar de rendir un pequeño homenaje a Isabel, quien, desde sus sencillos orígenes en el campo chileno, fue capaz de cristalizar sus profundas inquietudes en lo que hoy es un hito de Providencia

Felipe Larenas Carrasco

Opinión: “Librería popular”

“Librería popular”

Carta publicada en el diario La Tercera el Domingo 10 de febrero de 2019

Señor director:

El alcalde de Recoleta ha inaugurado una librería popular para los habitantes de su comuna. Independiente de las objeciones sobre el fomento a la lectura que significa una rebaja en su precio -dado que, como algunos estudios han mostrado, el precio tiene una incidencia marginal en el aumento de los lectores-, sorprende que una medida como la anunciada se presente como una iniciativa que busca combatir el libre mercado.

Lo anterior, porque rebajar los libros con cargo a fondos municipales es una medida marcadamente individualista y que debilita instituciones comunitarias, como el uso de las bibliotecas públicas.

Causa extrañeza que, mientras Providencia y Las Condes cuentan con bibliotecas municipales de excelencia a pasos del Metro, que reciben gratuitamente a vecinos, incluso de todo Santiago, Recoleta proponga vender libros y renunciar a crear espacios de lectura sociales para sus vecinos, y quizás también para sus comunas aledañas.

Si se trata de proveer bienes públicos gratuitos y de calidad para los lectores, pareciera que los municipios de Providencia y Las Condes llevan la delantera.

Felipe Bravo Alliende

Opinión: “Recoletras: Derribando mitos”

Y nació la librería popular “Recoletras”, y solo en un par de días se convirtió en un nuevo gran acierto de nuestra política de desarrollo social y cultural, no solo por el magnífico nivel de ventas alcanzado, sino por sobre todo, porque nos permitió instalar una discusión que, aunque no es nueva, está invisibilizada en Chile, y es cómo funciona la industria del libro y cuáles son los mayores impedimentos para masificar y diversificar el acceso al libro en el territorio nacional.

Daniel Jadue, El Desconcierto, 8 de febrero de 2019.

Hace seis años atrás, Recoleta no tenía ningún punto de acceso al libro. Ni en la forma de bibliotecas públicas, ni en la forma de librerías.

La inexistencia de bibliotecas se debía fundamentalmente al nulo interés de la derecha en promover la lectura en los sectores populares. Mientras que la carencia de librerías se explica porque el mercado solo funciona donde hay dinero; y como la mayoría de los habitantes de Recoleta no puede destinar una parte de sus ingresos a la compra de algo tan básico y maravilloso como un libro, sencillamente la comuna no era atractiva para instalar una librería. Situación que se repite en 294 comunas de las 345 que existen en nuestro país.

Lo anterior nos parecía simplemente inaceptable y nos propusimos transformar la realidad con una meta ambiciosa: convertir a Recoleta en una comuna lectora. Comenzamos con instalar una pequeña biblioteca en calle Pedro Donoso, luego pusimos un punto de lectura en la Municipalidad, después en el Mercado Tirso de molina. Dos años después dimos un gran paso con la construcción de la Biblioteca Municipal Pedro Lemebel y la instalación de otro punto de lectura en el Parque de la Infancia, en colaboración con el Parque Metropolitano de Santiago, durante la administración de Mauricio Fabri.

Fue tanto el éxito de estos primeros pasos, que decidimos innovar instalando puntos de lectura en las salas de espera de nuestros Consultorios y con posterioridad iniciamos la transformación de nuestros Centros de Recursos para el Aprendizaje (CRA) de las escuelas y liceos públicos, en Bibliotecas Públicas, en el marco del Programa Escuelas Abiertas que mantiene nuestras unidades educativas abiertas hasta las 22:00 horas, todos los días de la semana.

Toda esta política de fomento lector fue acompañada del programa de lectura obligatoria en nuestras escuelas y liceos, que invita a todos nuestros estudiantes a leer los primeros 20 minutos de cada día en nuestras aulas.

La respuesta fue maravillosa. De ser una comuna en donde supuestamente nadie leía, ni tenía interés en los libros, pasamos a prestar más de 10 mil libros al año y comenzó a surgir una demanda insatisfecha por comprar libros a precio justo. Nuestros vecinos y vecinas empezaron a soñar con sus bibliotecas familiares para leer los libros una y otra vez, para prestarlos, para trabajar con ellos, para hacer anotaciones, fichas y todo aquello que acompaña al amor por los libros, por el saber y el conocimiento.

Y nació la librería popular “Recoletras”, y solo en un par de días se convirtió en un nuevo gran acierto de nuestra política de desarrollo social y cultural, no solo por el magnífico nivel de ventas alcanzado, sino por sobre todo, porque nos permitió instalar una discusión que, aunque no es nueva, está invisibilizada en Chile, y es cómo funciona la industria del libro y cuáles son los mayores impedimentos para masificar y diversificar el acceso al libro en el territorio nacional.

Lo primero que salta a la vista es la inexistencia de una política de fomento lector que logre impactar de manera significativa la escasa cobertura territorial que tiene el acceso al libro en nuestro país, lo que influye de manera decidida en el tamaño de la industria, ya que esta llega, en el mejor de los casos, a poco más del 14% de las comunas de Chile, dejando a casi el 65% de la población con escasas, sino nulas, posibilidades de tomar contacto con el libro.

Esto a su vez impacta en el valor, puesto que al tener un tamaño bastante menor, en relación a su potencial, los distintos actores necesitan extraer la utilidad esperada para su funcionamiento de un volumen bastante exiguo, lo que los lleva a encarecer de manera significativa el valor del libro, lo que en un círculo vicioso, limita el funcionamiento del pequeño mercado del libro a las comunas que concentran la población de mayor poder adquisitivo, dejando sin servicio a más de 290 comunas de nuestro país.

Como si fuera poco, los ideólogos del modelo se resisten a analizar la eliminación del IVA al libro y la instalación del precio fijo para ayudar a masificar y diversificar el acceso a la lectura, lo cual forma un puzzle perfecto para que todos crean que en Chile nadie desea leer y que, como algunos han planteado, los sectores populares no requieren de la maravillosa posibilidad de tomar contacto con los libros.

Es difícil imaginar lo que habrá detrás de estas posiciones que en nombre de la libertad de comercio y de la competencia desleal han levantado sus voces para criticar una medida que -solo en sus primeros días- ha demostrado los innumerables mitos que circulan en torno a un producto tan necesario y valioso como es la literatura.

Daniel Jadue
Alcalde de Recoleta