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Opinión: “Política del Libro”

Carta publicada en el Diario La Segunda el lunes 4 de enero de 2021.

Política del Libro

Señor Director:

Desconocemos las razones que llevaron al señor Gonzalo Oyarzún, exconsejero del Fondo del Libro, a hacer afirmaciones tan equivocadas en su columna del miércoles pasado, pero agradecemos la oportunidad que nos ofrece para para dar cuenta del estado actual tanto de la Política Nacional de la Lectura y el Libro como del Plan Nacional de la Lectura, prioridades para el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

Siguiendo el cronograma de trabajo aprobado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura (ente representativo de la sociedad civil, que toma decisiones vinculantes sobre los fondos y políticas del ministerio), en los próximos días iniciaremos el proceso de construcción de la Política Nacional del Libro y la Lectura 2021-2026, que durará hasta diciembre del año entrante.

Nos extraña el anuncio del señor Oyarzún, en cuanto este año que termina hemos estado abocados a una exhaustiva evaluación de la Política 2015-2020, de la cual ha sido parte. Los resultados de la evaluación, que se harán públicos en abril de 2021, serán un insumo fundamental para el proceso de construcción que pronto comenzamos.

Por su parte, en estos cinco años, el Plan Nacional de la Lectura ha permitido implementar 16 planes regionales de la lectura, que garantizan su continuidad, reforzando el valor que las instituciones coordinadoras, la sociedad civil y la comunidad le atribuyen a la lectura en el país. Atendiendo al cronograma, la vigencia de estos planes regionales se extiende hasta 2024, por lo que siguen su implementación en paralelo a la construcción de la nueva Política y actualización del Plan.

Para tranquilidad de todo el ecosistema del libro y la lectura chileno, podemos informar con total certeza que sí habrá Política Nacional de la Lectura y el Libro 2021-2026, y están todas y todos invitados a participar de su proceso de construcción.

Pedro Maino Swinburn

Secretario ejecutivo del Consejo Nacional del Libro y la Lectura

30 años de democratización: hitos y caminos en la cultura y el arte

El ciclo político y social que termina es una oportunidad para elegir hechos, fenómenos y procesos que dibujaron las distintas áreas del sector: música, artes visuales, cine, narrativa, teatro, industria editorial, gestión, humanidades, museos, políticas culturales y patrimonio. Opinan once especialistas, sin pretensiones de exhaustividad, sino de antología, de selección, de ensayo.

Artes y Letras El Mercurio. Domingo 6 de Diciembre de 2020.

El 12 de marzo de 1990, en el Estadio Nacional, el presidente Patricio Aylwin terminó así el discurso con el que asumía su gobierno y daba inicio a la transición a la democracia: “La tarea es hermosa: construir entre todos la Patria que queremos, libre, justa y buena para todos los chilenos”, prometió. “De nosotros depende, compatriotas”. Han pasado treinta años: desde la creación de los fondos concursables y del Consejo del Libro y la Lectura a comienzos de los noventa, hasta la instauración del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio en 2018, si lo ponemos en términos institucionales, los caminos son más grandes y diversos: la Nueva Narrativa, el fenómeno Bolaño y la consolidación de autores como Alejandro Zambra y Nona Fernández; Alfredo Jaar, el más internacional de nuestros artistas visuales, Premio Nacional de 2013; el alto nivel alcanzado por los cuerpos estables de dos instituciones tradicionales, el CEAC de la Universidad de Chile y el Teatro Municipal de Santiago; la aparición de espacios como el Centro Cultural La Moneda, GAM, Parque Cultural de Valparaíso, Museo de la Memoria, Teatro Biobío, Balmaceda Arte Joven, Matucana 100, Teatro del Lago, a veces en desmedro de los museos nacionales; la explosión de la edición independiente; los premios internacionales a autores como Jorge Edwards, Gonzalo Rojas, Nicanor Parra y Raúl Zurita; Valparaíso Patrimonio de la Humanidad; las todavía pocas pero valiosas mujeres que ganaron premios nacionales, las películas de Sebastián Lelio, el retorno de Raúl Ruiz y el éxito del cine chileno en festivales y hasta en el Oscar, pero no tanto en taquilla; el teatro callejero, en la senda del Gran Circo Teatro, hasta la consolidación de Santiago a Mil.

Son ejemplos al azar de algo mucho más grande y siempre en obra: ese conjunto distintivo de una sociedad o grupo social en el plano espiritual, material, intelectual y emocional que es la cultura, según la define Unesco. Esa tarea hermosa.

Música

Juan Antonio Muñoz: La Música antigua y orquestas juveniles

La creación y el estreno de “Chile”. En 1994, la clarinetista Valene Georges tuvo la idea de componer una obra de cinco movimientos para, a través de ellos, retratar la diversidad geográfica y mental del país. Ella convocó a los compositores Gustavo Becerra y Fernando García, quienes escogieron el mundo de La Araucanía y el desierto, respectivamente, y en conjunto decidieron que Miguel Letelier se hiciera cargo de la Antártica; Santiago Vera, de Isla de Pascua, y Andrés Maupoint, de Santiago. El estreno se produjo en 1998 gracias a Emilio Donatucci, entonces director de Programación de la Orquesta Sinfónica, y Robert Henderson, director y compositor estadounidense, quien estuvo al frente de la OS. “Chile” es una obra magnífica e inusual, e interpretarla fue una odisea en la que convergieron el conjunto sinfónico y los solistas integrantes del Ensemble Bartók: el violinista Héctor Viveros plasmó la soledad antártica; el cello de Eduardo Salgado refirió los ecos mapuches de Nueva Imperial; la voz de Carmen Luisa Letelier evocó Rapa Nui; Valene Georges recordó el silencio del desierto, y Karina Glasinovic retrató la vitalidad y la tensión de la capital. ¿Cuándo volveremos a escucharla?

Cristina Gallardo-Domâs en Nueva York. La apertura de la temporada 2006-2007 del Metropolitan Opera House de Nueva York fue con “Madama Butterfly” (Puccini), cuyo rol titular fue interpretado por la soprano chilena Cristina Gallardo-Domâs, quien ganó el premio Laurence Olivier, en el Reino Unido, por su actuación en ese mismo personaje en Londres. Nunca antes una artista latinoamericana había recibido esa distinción. En Nueva York, la dirección musical fue de James Levine, y la dirección escénica, del cineasta Anthony Minghella, quien declaró que la artista “es la mejor actriz con que he trabajado”: un gran elogio de parte de quien había tenido bajo su conducción a estrellas como Gwyneth Paltrow, Juliette Binoche, Cate Blanchett y Nicole Kidman. No solo esa memorable actuación de Cristina, sino toda su extraordinaria carrera, es un hito de la historia lírica nacional.

El fenómeno de la Música Antigua. En 1994 se recordaron 40 años de interpretación profesional de Música Antigua en Chile con el III encuentro de la especialidad, organizado por el Instituto de Música de la Universidad Católica. En el mundo se vivía entonces un fenómeno respecto a tal repertorio y Chile no estaba al margen: era evidente el aumento de público en los conciertos, crecía exponencialmente el número de presentaciones y se comenzaba a desarrollar un espíritu crítico. Además, existían, al menos, veinte grupos dedicados. Entre ellos, conjuntos como Syntagma Musicum, Estudio MusicAntigua UC, Ludus Vocalis, Taller de Música Antigua UCV, Ars Antiqua, Vetera et Nova, Ex Tempore, Voce Arcana, In Taberna, Cantoría de San Francisco, In Camera, Renacimiento (Temuco) y Calenda Maia. Esa vitalidad se mantiene, aunque algunos grupos se extinguieron. Las posibilidades de presentaciones también han disminuido, en especial tras la desaparición de importantes ciclos de música de cámara.

La gira a Europa y África de la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil. Fue un verdadero milagro que, en julio de 2019, poco antes de que todo cambiara en Chile y en el resto del mundo, se pudiera realizar este anhelado viaje, un estímulo para los niños y jóvenes de la Fundación Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles (FOJI). Bajo la dirección de Maximiano Valdés y junto a Alejandra Kantor, directora de la Fundación, el conjunto se presentó con gran éxito en Rabat, Casablanca, El Escorial, Alicante, Kassel y Berlín. El éxito dio cuenta de un trabajo serio y sistemático, realizado desde hace años, y que implica no solo un crecimiento musical y artístico asombroso, sino también la promoción cultural y social de quienes integran la orquesta.

Juan Antonio Muñoz, editor y crítico de música en El Mercurio.

Cine

Christian Ramírez: Los duros 90 y la internacionalización

Febrero de 1992. La frontera gana el Oso de Plata en el Festival de Berlín. Para una cinematografía históricamente aislada e insular como la nuestra, el segundo lugar obtenido por la película de Ricardo Larraín no solo fue el premio más importante obtenido por el cine chileno a esa fecha, sino que además representaba una posibilidad de recuperar la continuidad artística del medio en paralelo con la vuelta a la democracia. La promesa, eso sí, tardaría más de una década en concretarse: los años 90 demostrarían ser durísimos para nuestros cineastas, y finalmente serían los integrantes de “Generación Novísima”, los llamados a cumplirla.

2002. Raúl Ruiz vuelve a filmar en Chile. Aunque había regresado y rodado esporádicamente en el país a principios de la década anterior, fue a principios de los 2000 que Ruiz emprendió su primer gran proyecto chileno desde los días de “Palomita Blanca”, en 1973. El Consejo de la Cultura —que financiaba la iniciativa— esperaba una película tradicional; pero, fiel a su carácter, Ruiz le entregó de vuelta “Cofralandes”, un conjunto de cuatro ensayos que agarró por sorpresa a las autoridades de entonces, y que sin embargo hoy se revelan tanto en clave de exploración antropológica como de emocionante viaje sentimental a través de una tierra añorada y por fin recuperada.

Marzo de 2006. Inauguración de la Cineteca Nacional de Chile. Quienes solemos visitar con frecuencia la sala de la Cineteca, en el Centro Cultural Palacio La Moneda, hoy tendemos a dar por sentada la existencia de una institución dedicada a conservar nuestro patrimonio audiovisual; pero hubo un tiempo en que nada de eso existía: antes de su creación, cada cineasta, cada productor y exhibidor de filmes nacionales cargaba con el peso de preservar por su cuenta las copias de sus películas y los materiales asociados a estas. Para todos los efectos, el cine chileno era un conjunto de islotes desagregados y amenazados de extinción; en estos catorce años, la Cineteca se ha encargado de hacer sentido del conjunto y proyectar su legado para las próximas generaciones. Extraordinaria labor.

Enero y febrero de 2013. “NO” es nominada al Oscar. “Gloria” gana en Berlín. Ocurrió en un lapso de no más de quince días: “NO”, de Pablo Larraín, es anunciada como candidata al Oscar a Mejor Película en Idioma Extranjero, y en el Festival de Berlín, Paulina García obtiene el Oso de Plata a Mejor Actriz por su actuación en “Gloria”, de Sebastián Lelio. En los años siguientes, nos acostumbramos a la presencia de nuestras películas en los festivales más destacados, a la internacionalización de las carreras de Larraín, Lelio y varios otros realizadores e incluso normalizamos la obtención de dos premios Oscar, nada menos; pero si hay que buscar un punto de inflexión, un momento donde la balanza se inclinó en nuestro favor, fue éste. Quién sabe cuándo vendrá el próximo.

Christian Ramírez, periodista y crítico de cine de Artes y Letras.

Humanidades

Iván Jaksic: Anclarnos en una tradición y hacerla nuestra

Lo acelerado del cambio actual no se refleja necesariamente en ciertas áreas del saber, como las humanidades, que tienen una base tan firme en los procesos de larga duración. Con todo, los cambios de los últimos treinta años no dejan de ser significativos. En Historia, por ejemplo, hemos visto una mayor sensibilidad hacia lo particular, lo privado, lo diverso. También hemos recuperado ciertos campos, como la historia política, que antes tendía a ser demasiado institucionalista. Hoy nos importan más lo actores políticos, y con esto no quiero decir los profesionales de la política, sino que una gama amplísima de agrupaciones, asociaciones y experiencias humanas. También, un énfasis en cómo dialoga lo individual con lo colectivo. El campo histórico ha derivado en una multiplicidad de temáticas, lo que es muy bueno, pero también hemos visto una tendencia hacia una conformidad con los requisitos de las universidades, las revistas indexadas y los fondos de investigación.

También en Filosofía hemos visto un proceso parecido de profesionalización, aunque ella nos demuestra algunas de sus ventajas: hay mayor diálogo con una diversidad de escuelas y eso se refleja en la formación de una nueva generación de filósofos. Sin embargo, seguimos al debe con nuestra propia tradición filosófica. En los últimos años hemos visto una mayor preocupación al respecto. A mediados del siglo XX, Luis Oyarzún era una rareza en nuestro ámbito al escribir sobre el pensamiento filosófico de José Victorino Lastarria. Hoy vemos una mayor atención al pensamiento del mismo Oyarzún, como también de Jorge Millas, Humberto Giannini, Juan Rivano y algunos más. Ojalá sea una tendencia.

En general, creo que lo más importante que ha ocurrido en las últimas tres décadas es que la filosofía salió del ámbito puramente universitario para instalarse en varios centros de investigación. Esto necesariamente conlleva un diálogo con otros profesionales, sobre todo de las ciencias sociales, y además una preocupación por los problemas del país.

Cuando hablamos de humanidades, obviamente hablamos de filosofía e historia, pero también debemos pensar en esfuerzos totalmente independientes de cualquier institución, o disciplina académica, que sin embargo nos conectan con una tradición humanística. Allí, el retorno a las fuentes, desde Platón a Adam Smith, que están en diferentes lenguas, es fundamental. La traducción es más que el traslado de una lengua a otra, es un estudio crítico y significa recuperar, con una sensibilidad actual, lo que es central a la vida humana. Pienso en lo que se ha hecho en los últimos treinta años con los textos de Aristóteles, de Virgilio y de Tucídides. Significa anclarnos en una tradición y hacerla nuestra. También el pensar en el papel de las humanidades en la era digital, como lo han hecho Adriana Valdés y otros. Se habla mucho de las humanidades en crisis, pero tenemos suficientes ejemplos de su presencia e influencia, hoy que la población tiene mayor sensibilidad ante las habilidades “blandas” y la necesidad de comunicarlas a través de la educación. Creo que los medios también han cooperado. Ha sido una buena treintena. Ojalá se consoliden las tendencias, pero que mantengamos una apertura hacia las nuevas.

Se habla de las humanidades en crisis, pero tenemos ejemplos de su presencia e influencia, hoy que la población tiene mayor sensibilidad ante las habilidades “blandas” y la necesidad de comunicarlas a través de la educación”.

Iván Jaksic, historiador y premio nacional de Historia 2020.

Patrimonio cultural

Emilio de la Cerda: En tránsito desde el siglo XX al XXI

En el campo del patrimonio cultural, los últimos 30 años constituyen un tiempo de transición entre las doctrinas e instituciones del siglo XX y los nuevos desafíos del presente.

Se trata de un período en que la visión experta se ve enriquecida y desafiada por la diversidad de nuevas aproximaciones, que ven en la salvaguardia del patrimonio una forma de reivindicar manifestaciones y estructuras de valor que la sociedad estima necesario defender por el papel que juegan en la vida colectiva.

Esta transición se ha visto acompañada en Chile por avances de gran impacto público. Destacables son las iniciativas lideradas por la ex-Dibam y el Consejo de Monumentos, tales como el Día del Patrimonio Cultural, los reconocimientos de la Unesco a sitios y cultores locales, el sistema de bibliotecas públicas; la recuperación de bienes patrimoniales, como el Palacio Pereira; la instalación de museos regionales y especializados, la plataforma Memoria Chilena, entre otros.

Sin embargo, junto a estos logros ha quedado en evidencia que el modelo institucional, legal y epistemológico del patrimonio en Chile, heredado en gran medida de la primera mitad del siglo XX, ha cumplido un ciclo y requiere urgente actualización.

La creación del Consejo de la Cultura y las Artes (2003) generó avances, ya que en su gestión se establece el primer fondo concursable para recuperar patrimonio, se implementa la convención de patrimonio inmaterial de Unesco y se incorpora la mirada de los pueblos originarios.

Con todo, la poca articulación entre este organismo y la Dibam, ambas del Ministerio de Educación, redundó en un desequilibrio en la asignación presupuestaria, presencia territorial y prioridades políticas, con la consiguiente postergación en el desarrollo de instituciones patrimoniales fundamentales para el país, tales como los museos nacionales, el Consejo de Monumentos, entre otras.

La implementación del Ministerio de las Culturas (2018) constituye el principal punto de inflexión del período, al reunir en una misma institución a la Dibam, CNCA y CMN. Este proceso tiene el desafío de equilibrar la relevancia que le otorga el Estado a las distintas manifestaciones culturales, paliando la deuda que existe con el patrimonio cultural.

Para ese fin, quedan tareas pendientes de gran relevancia, siendo prioritaria la actualización de la Ley de Monumentos Nacionales. Lograr una nueva Ley de Patrimonio Cultural, que otorgue un marco normativo integral y contemporáneo, es un paso urgente para consolidar la evolución de las últimas décadas en materia de protección y salvaguardia del patrimonio cultural en Chile.

Emilio de la Cerda, subsecretario del Patrimonio Cultural, Ministerio de las Culturas.

Políticas culturales

Nivia Palma: Del Fondart al Ministerio

El Ministerio de las Culturas es un paso gigantesco para crear una institucionalidad que aborde íntegramente los diversos ámbitos de la vida cultural”.

A fines de la dictadura, el presupuesto público para cultura era de 78 millones de pesos y la institucionalidad cultural estaba limitada a un departamento de extensión cultural en el Mineduc y al oscuro accionar de una comisión de censura que funcionaba en esa misma secretaría de Estado. Hoy tenemos una institucionalidad del más alto rango en el Estado, con un Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio y un presupuesto anual de alrededor de 200 mil millones de pesos.

En el contexto de la transición democrática en Chile, se instaló una política cultural que tenía un objetivo y misión central: colaborar activamente en la generación de condiciones para la reconstrucción de una cultura libertaria, de respeto a la expresión y creación, de valoración y reconocimiento a la pluralidad y diversidad cultural. Y esa política cultural definió como instrumentos privilegiados para su desarrollo los fondos concursables.

El Fondart, creado el año 1992, es resultado del compromiso de los(as) creadores y cultores con la lucha democrática de nuestro país en el contexto de la dictadura militar, como, también, de la experiencia de censura y diversas formas de restricción a la libertad de expresión que se dio en ese período de nuestra historia. Es un instrumento de una política pública que respeta la libertad de creación y no censura, consagra la evaluación de pares y compromete el financiamiento público para el quehacer artístico y cultural. Luego surgen leyes sectoriales como la ley 19.227 de Fomento del Libro y la Lectura, ley 19.981 de Fomento al Cine y el Audiovisual, ley 19.928 de Fomento a la Música Chilena y recientemente la ley 21.175 de Artes Escénicas; todas ellas replicando la experiencia del Fondart y como parte de la misma política pública.

La División de Cultura del Mineduc y luego el CNCA impulsan procesos de debate y definición de políticas públicas culturales en diversos ámbitos y se contribuye en la creación de infraestructura cultural en todo el país; sin embargo, lo que prima en la distribución de los recursos públicos es la lógica de los fondos concursables que, si bien son un aporte a la actividad de creadores y organizaciones culturales, tienen graves efectos para el desarrollo cultural sostenible de nuestro país. En efecto, la anualidad de los aportes hace imposible proyectar en el tiempo el trabajo de las y los artistas, compañías y agrupaciones culturales; asimismo, esta política presenta graves falencias para promover la valoración ciudadana de la cultura y, por cierto, contribuir al acceso equitativo de las personas a las diversas manifestaciones artísticas y culturales.

La creación del Ministerio de las Culturas (Ley 21.045), iniciativa de la Presidenta Michelle Bachelet, es un paso gigantesco para crear una institucionalidad cultural en nuestro país que, con un conjunto de políticas públicas y no solo de fondos concursables, aborde íntegramente los diversos ámbitos de la vida cultural de las personas y del conjunto de la sociedad chilena, estimulando y viabilizando un desarrollo cultural sostenible en nuestro país.

Nivia Palma, exdirectora de la Dibam y exministra de Bienes Nacionales.

Teatro

Agustín Letelier: Una evolución que no termina

Al recuperar la democracia, pasos importantes para retomar la creación libre en teatro fueron, entre otros: la creación del Concurso Nacional de Dramaturgia, el Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes, la conversión de la Estación Mapocho en espacio cultural y la inauguración de Balmaceda Arte Joven.

Las productoras Romero y Campbell instalaron en la aún no ocupada Estación Mapocho, un ciclo de teatro para mantener alguna actividad en el largo tiempo sin funciones que se iniciaba a fines de diciembre y se extendía hasta mediados de marzo. Así nació lo que es hoy Santiago a Mil.

En las primeras Muestras Nacionales de Dramaturgia surgió en forma arrolladora, hacia la mitad de los años 90, Benjamín Galemiri. “El Coordinador” aparece como la obra más destacada de esa época. Grandes directores, como Alejandro Goic, Adel Hakim, Luis Ureta y Raúl Ruiz, se encargaron de llevar a escena sus obras. Adel Hakim organizó un ciclo Galemiri en París.

Otra dramaturga de admirable creatividad es Manuela Infante. En “Narciso” mostró esa molestia de los jóvenes que se ha hecho más concreta hoy. En “Cristo” sorprendió con sus juegos espaciales y en “Xuárez” llegó a uno de los hitos del teatro chileno actual.

La sorpresa que causó la magnitud del actual movimiento social indica lo poco y mal que vemos la realidad. Egon Wolff había mostrado en “La Balsa de la Medusa” que los ricos no habían entendido nada; Juan Radrigán en “El Memorial del Bufón” nos había advertido: “Negros nubarrones anuncian iracunda tormenta. Cuidado, el río se desbordará”. El año 2014, en una actuación que se aplaudía de pie al final de cada función, Roberto Farías dijo con fuerza en “Acceso” que la rabia de su personaje surgía por la falta de acceso a la educación, y Emilia Noguera en “Proyecto de Vida” mostró que las familias se están construyendo precisamente sin proyecto de vida, solo quieren tener cosas. El teatro había anunciado claramente los problemas de hoy.

Obra sorprendente como puesta en escena fue “Delirio a dúo”, en la que el director Ignacio García y el escenógrafo Eduardo Jiménez lograron lo que quería Ionesco, y aún para él mismo parecía imposible: que todo el escenario, con el público adentro, reaccionara físicamente, girando, rompiéndose sus paredes y abriéndose el piso ante la violencia del diálogo de sus personajes.

El teatro, como todas las artes, debe buscar constantemente nuevas formas de expresión. En este tiempo en que la pandemia ha obligado a cerrar las salas y todo ha tenido que hacerse “online”, han surgido requerimientos técnicos que alteran la estructura de las obras y su relación con el público; es un cambio en el que estamos recién en los primeros pasos.

Agustín Letelier, crítico de teatro.

Narrativa

Pedro Gandolfo: Un espacio fragmentado, muy precario

Comparativamente con otras narrativas americanas, (a la chilena) todavía le queda mucho por explorar en arrojo, fantasía y radicalidad”.

No tengo un relato claro acerca de la narrativa chilena de los últimos 30 años. La conozco parcialmente, he leído las construcciones que los propios narradores hacen de su oficio y los intentos que efectúan para ordenar el panorama y ubicarse cada cual, a su modo, dentro del él. ¿Es una especulación interesante? No creo que demasiado. En los últimos dos años he concentrado mis lecturas de literatura chilena en autores y obras de la primera mitad del siglo XX y recién ahora creo comenzar a entender ese período. Los últimos 30 años me parecen demasiado próximos para intentar valoraciones definitivas y trazar tendencias con pretensión de validez. El campo literario, como es costumbre, se encuentra velado en lo inmediato por un ambiente en que predominan desplazamientos, tácticas y posicionamientos un tanto absurdos si todo se observa en la perspectiva de los pocos hechos que constan con certeza. ¿Cuáles?

De un lado, la pérdida dramática de la importancia de la narrativa y los narradores en las audiencias chilenas, que va de la mano de la grave crisis de los índices de lectoría. La “novela” para la inmensa mayoría de los chilenos es una serie televisiva que se transmite diariamente por capítulos. La función social de un guionista y productor de telenovelas es hoy, en verdad, mucho más poderosa que la de un narrador. De otro lado, las audiencias prefieren otros substratos y formas de narrar historias y la llegada de la internet, de las redes sociales y las nuevas tecnologías de comunicación ha trastornado los componentes esenciales sobre los que se despliega una narración, de modo que lo que yo observo es un espacio fragmentado, muy precario, un conjunto de voces que trata de aferrarse a algún madero en medio de un naufragio tempestuoso.

El pacto que existió entre la novela tradicional y las clases medias burguesas se pulverizó hace rato y nuestra narrativa parece estar atravesando por una fase particularmente agónica, lo cual no deja de ser interesante, porque en esa instancia se mide la capacidad de los autores de sobrevivir a partir de sus propias convicciones, imaginación y riesgo.

La narrativa chilena ha ido ganando, a partir de fines de los 90, progresivamente mayor libertad —puede aventurarse que existe allí un esperanzador punto de inflexión—, pero comparativamente con otras narrativas americanas, todavía le queda mucho por explorar en arrojo, fantasía y radicalidad. Son escasas las figuras que sobresalen todavía de una narrativa que tiende a recaer en un realismo costumbrista gris, sin humor y con una prosa poco seductora.

Pedro Gandolfo, escritor y crítico de Revista de Libros, Artes y Letras.

Gestión cultural

Arturo Navarro: La aparición de un engranaje esencial

El debut de la gestión cultural en Chile fue auspicioso. Era 1990 y el mundo de la cultura, orgulloso de su participación en la victoria del NO, el 5 de octubre de 1988, sentía que, por vez primera en la historia, un gobierno se ocuparía de crear una institucionalidad para el sector.

La administración del Presidente Aylwin tardó poco en iniciar cuatro líneas de trabajo —ya discutidas y anheladas en el mundo cultural— para poner en marcha a la cultura en democracia: fondos concursables para proyectos artísticos (1990); una ley de estímulos tributarios (1990); la creación del Centro Cultural Estación Mapocho (1991), y una ley de fomento del libro y la lectura (1993).

Para todas ellas, faltaba un engranaje esencial: el gestor cultural. Un profesional que debería constituir un consejo variopinto que asignara los recursos de fomento lector surgidos de la captura de la recaudación del IVA al libro; elaborar proyectos artísticos para acceder a un Fondart, asignado por pares de los beneficiados; traducir en beneficios económicos las iniciativas que financiarían empresas interesadas en apoyar a la cultura y reducir impuestos, y autosustentar un centro cultural al que el Estado solo financió su remodelación.

Del autofinanciamiento de este centro se inspiró la Comisión de Infraestructura Cultural (2000), cuyos gestores recorrieron el país descubriendo los proyectos de nuevos espacios artísticos que acariciaba cada ciudad, más de los esperados, menos elaborados que lo deseable. De la ley del libro se descolgaron iniciativas de fomento lector: ferias, reediciones, cursos… Desde Fondart, con recursos crecientes cada año, se financiaron obras de arte diversas y hasta polémicas. De la Ley Valdés se descolgaban festivales y exposiciones antes inexistentes.

Mientras tanto, la sociedad civil acogía a estos gestores que en pocos años formaron una asociación gremial (2001), varios postítulos (1995) y un magíster y llegaron a ocupar varios asientos en el Directorio Nacional del flamante CNCA, que a través de sucesivas comisiones y encuentros nacidos y animados por ellos, contribuyeron a crear (2003, hoy parte del Ministerio de las Culturas).

Hasta que llegó la crisis. Un estallido social que trajo consigo la destrucción y el impedimento de funcionar a florecientes espacios culturales y una pandemia que obligó a interrumpir —amenazando con cerrar definitivamente— salas, librerías, centros culturales, museos…

Es el fin de la gestión cultural como se concibió en los noventa. Pero es también el inicio de una nueva etapa, tan virtual como presencial, más estatal que privada y que apunta, con inusitado rigor, a un aspecto que es precisamente el corazón de la gestión cultural: aminorar la incertidumbre.

Arturo Navarro, director del Centro Cultural Estación Mapocho.

Artes visuales

Milan Ivelic: Ciudad, memoria y producción digital

“El apagón”, como se ha denominado el período de la dictadura militar en relación con la cultura, podría entenderse como la obscuridad absoluta durante esa etapa, lo que no es efectivo. Por cierto, la censura impuesta debilitó la libre expresión de las ideas; no obstante, hubo discursos culturales de resistencia que las mantuvieron encendidas y se expresaron, eso sí, en ámbitos más reducidos para eludir al censor.

¿Qué ha ocurrido desde la recuperación de la democracia?

Por cierto que se reactivó la cultura en todas sus dimensiones valóricas. Pero lo que no se ha logrado hasta ahora es que la sociedad se movilice y participe de esta recuperación. Aún no podemos hablar de una democracia cultural.

¿Cuánto estará influyendo esta situación en el comportamiento colectivo? A mi juicio, se ha limitado a deseos y anhelos en los que predominan los intereses económicos. Pareciera que la economía es el valor absoluto y no un medio para el crecimiento humano. La avidez por el dinero apaga cualquiera otra aspiración.

En los últimos 30 años, las artes visuales no han quedado al margen ni han permanecido neutrales frente a este contexto. Cito una frase de Camus: “Crear es hoy crear peligrosamente”, frente a una sociedad que busca obras que no la provoquen ni perturben, sino que se cuadren con las preferencias del mercado y las orientaciones institucionalizadas del gusto.

Sin embargo, un importante número de artistas ha rehuido la convención y el lugar común, explorando vías de acercamiento con el aquí y el ahora gracias a rigurosas investigaciones sobre la ciudad, sus innumerables íconos y las segregaciones urbanas. Otra vía es el seguimiento de la rutina diaria enmarcada en los ritos de la vida en el trabajo, el estudio, la salud o la pobreza. Una tercera se orienta en la reactivación de la memoria, que tiene como referente los sucesos acaecidos durante el gobierno militar, con el fin de evitar la amnesia acerca del pasado reciente. Una cuarta vía está relacionada con la ampliación de los límites de las artes visuales, explorando nuevos procesos y medios de reproducción digital de las imágenes, que es transversal a todas ellas.

Milan Ivelic, exdirector del Museo Nacional de Bellas Artes y coautor de “Chile, arte actual”.

Museos y espacios de exhibición

Beatriz Bustos: Un círculo virtuoso entre lo público y lo privado

En estos 30 años, se han consolidado los espacios de exposición que permiten acceso a la cultura y a la participación de la ciudadanía. Se gestionan como instituciones privadas (corporaciones y fundaciones), sin fines de lucro, con una potente función pública y social, y con un sistema mixto de financiamiento: contribuciones del Estado, autogestión y aportes de privados. Es el modelo del GAM, del Museo Violeta Parra y del Centro Cultural La Moneda (CCLM), entre otros. Estas instituciones tienen directorios con representantes de la sociedad civil y del Ministerio de las Culturas, lo que garantiza una sana administración y también autonomía en programación y línea editorial. Se ha logrado algo esencial: la profesionalización de sus trabajadores; se han elevado los estándares y se ha mejorado la gestión, más dinámica y eficiente. Entonces, somos completamente capaces de tener muestras a nivel internacional y de generar propuestas propias a ese nivel.

Este modelo de trabajo ha sido clave para lograr mayor acceso a la cultura de públicos masivos y una participación creciente y diversa en la cultura. Desde que abrió, en 2006, el CCLM ha recibido a 21 millones de personas, una cifra absolutamente inédita en Chile en cuanto al público de espacios culturales.

Hablamos de instituciones creadas por el Estado, con vocación pública para el desarrollo y ejecución de política cultural, y que cumplen también un rol relevante en la educación, como complemento y espacio de apertura, en la generación de diálogos y en la integración social. Son organizaciones que demuestran que se puede lograr un círculo virtuoso en la participación de lo privado, lo estatal, lo público y la ciudadanía. No son, además, solo espacios o lugares, sino instituciones como las Orquestas Juveniles (FOJI) o Artesanías de Chile, que valorizan el trabajo interregional e intercultural, algo esencial para dinamizar y valorar la cultura en Chile.

Tener diversos espacios de calidad para la cultura, valorados por la ciudadanía, es algo vital para esta sociedad, que ahora entra en un proceso constituyente en el cual es crucial el diálogo, la valorización de los diferentes actores sociales, el reconocimiento de la interculturalidad que nos conforma y la necesidad de una amplia participación ciudadana.

Uno de los temas que deberán debatirse en la Convención Constituyente es el modo de garantizar los derechos culturales, individuales y colectivos, para seguir avanzando en la construcción de una sociedad que considere un ser humano integral, materias en las cuales estos espacios culturales hemos venido avanzando durante estos años con profesionalismo, transparencia y calidad, en gran parte gracias a este modelo.

Beatriz Bustos, directora del Centro Cultural La Moneda.

Industria editorial

Pablo Dittborn: Nuevas voces y editoriales

Posiblemente, todavía haya un déficit de librerías, pero esa cobertura está siendo resuelta por el e-commerce”.

En estos últimos treinta años de actividad editorial en Chile, a mi juicio, ha habido importantes y significativos avances para la industria y para la cadena del libro.

Desde la creación, vale decir, desde los autores nacionales, debo destacar una gran incorporación de voces nuevas a la narrativa chilena de forma sostenida y con una mejor recepción por parte de las editoriales y del público lector. Siento que se ha profesionalizado la relación autor-editor en estos últimos años para beneficio de ambos sectores.

En el ámbito de la edición, la incorporación de nuevas editoriales, pequeñas y medianas, ha permitido el acceso a una enorme cantidad de obras que en años anteriores demoraban mucho en llegar a las librerías y a los lectores. Las opciones de publicación hoy son mucho mayores.

A inicios de los años 2010 se fueron incorporando al catálogo de las principales editoriales los libros en soporte digital con un impacto muy menor en todo el mundo de habla hispana. Han debido pasar muchos años para que esta nueva forma de leer se haya hecho masiva, fundamentalmente por la poca diferencia entre el precio del soporte papel y el digital inicialmente, lo que ha sido corregido. Hoy debemos considerar también la alternativa de los audiolibros, que han tenido un crecimiento muy rápido y que facilitará mucho el acceso a la “lectura”.

Luego de una suerte de crisis en el sector de las librerías, a finales de los años 90, que significó la desaparición de una cantidad importante de locales de venta, como lo fueron las librerías José Miguel Carrera, Andrés Bello y la casi totalidad de las librerías Universitaria, las tres grandes cadenas (Antártica, Feria Chilena del Libro y Qué Leo) junto con una de tamaño mediano (Contrapunto) han incrementado sustancialmente sus puntos de venta, cubriendo de buena manera las ausencias de las anteriores. Posiblemente, todavía haya un déficit de librerías en algunas zonas del país, pero esa cobertura hoy está siendo resuelta en buena medida por el sistema de e-commerce. Aquí vale la pena destacar, dada la actual situación, el trabajo de la empresa Buscalibre y la readecuación de muchas librerías pequeñas, no ligadas a cadenas, para otorgar también esta opción de compra de libros.

La industria gráfica también ha visto crecer su participación en el mercado de las impresiones de libros de interés general, puesto que son muchos más los autores nacionales que han visto incrementarse enormemente la variedad y la tirada de sus títulos. Normalmente, se decía que la gran mayoría de los libros leídos en Chile provenían del exterior, por diferentes razones.

Finalmente, creo que el mayor mérito en estos cambios positivos lo tienen los autores, tanto nacionales como extranjeros, por haber expandido enormemente la base de lectores no habituales con obras que han sabido fascinar a una cantidad espectacular de público nuevo. Solo a modo de ejemplo, quiero citar a J. K. Rowling y a Jorge Baradit, a quienes tanto impresores, como editores, libreros y lectores les deben agradecer mucho.

Pablo Dittborn trabajó en Quimantú, ha ocupado cargos directivos en el mundo editorial.

Opinión: “Bibliometro”

Jueves 23 de Enero de 2020, Cartas al Director, Opinión El Mercurio.

Señor Director:

Mucho se ha dicho y escrito respecto del daño que se ha causado a las distintas estaciones del metro de Santiago; cómo se ha afectado el transporte público, la cantidad de personas perjudicadas, el costo monetario de las reparaciones y un largo etcétera.

Pero se extraña que nadie se refiera a la pérdida del material bibliográfico que se encontraba al interior de las estaciones. Los locales de Bibliometro también deben haber sido pasto del fuego y no he encontrado información hasta ahora que indique cuántos libros se perdieron, cuántos lectores fueron perjudicados por la destrucción de las bibliotecas, cuál es el costo monetario de estos actos vandálicos y finalmente cuánto tiempo se tardará en la recuperación de estos espacios públicos.

Ojalá que a través de este prestigioso periódico, alguien pudiera dar respuesta a mis inquietudes.

Luis Félix Braniff Yelpi

Opinión: “Hay que leer todos los meses y ducharse todos los días”

Arturo Cifuentes, Investigador Asociado, Clapes-UC, Pulso La Tercera, Miércoles 22 de enero de 2020.

Esta es la época en que se recomiendan libros para el verano. Por supuesto que no me opongo a la idea de recomendar lecturas. Pero sí me opongo fieramente a la idea de que el leer es una actividad veraniega que puede ser descuidada el resto del año.

Esta es la época en que se recomiendan libros para el verano. Por supuesto que no me opongo a la idea de recomendar lecturas. Pero sí me opongo fieramente a la idea de que el leer es una actividad veraniega que puede ser descuidada el resto del año. No, hay que leer todos los meses y ducharse todos los días. Así de simple.

Admito que tengo muchos de prejuicios y uno de ellos es contra la gente que no le gusta leer. Un militar me comentó una vez: “Yo no leo libros, yo escribo libros.” Más recientemente un joven enajenado me dijo que mi gusto por la lectura era una postura “elitista y cobarde.” El privilegiaba la acción y consideraba la lectura como una conducta de evasión. Ambas opiniones están entre las cosas más idiotas que he oído.

Mi gusto por la lectura se lo debo a mi padre. Él nunca me leyó nada (como aconsejan los “expertos” norteamericanos). Me bastó ver como disfrutaba algunas cosas que leía, y como se hacía tiempo para leer. A veces leíamos juntos, pero separados. El en una silla mecedora en su escritorio, y yo al lado en un sofá. Leer es una actividad personal y solitaria.

Mi padre no era amigo de las bibliotecas. Si un libro valía la pena leerlo, según él, valía la pena comprarlo. El resultado fue una biblioteca diversa y estimulante de la cual mis hermanos y yo nos beneficiamos. Estimé su tamaño en algún momento: tres mil libros. Una cantidad significativa considerando lo caro que eran los libros (y siguen siendo) en Chile.

Paradojalmente, fue un profesor de castellano la persona que más esfuerzos hizo por espantarme el gusto por la lectura. Este descriteriado individuo nos obligaba a leer unos autores chilenos horribles que afortunadamente ya nadie recuerda (y que no pienso rescatar del olvido). Jamás lo oí mencionar a Borges, Kafka, o Oscar Wilde.

Supongo que todos los hijos, de alguna manera tal vez inconsciente, esperan superar a su padre en algo. En algún momento, debo haber tenido unos 50 años, estimé que mi biblioteca tenia unos tres mil libros. (El cálculo es tramposo ya que debí haber dividido por dos, mi mujer ha sido cómplice). Confieso que en ese instante-apoyado por esta métrica irrelevante y estúpida-sentí una satisfacción bastante infantil y efímera.

Mi padre nunca me recomendó libros para el verano. Simplemente me recomendó libros. Lamento que ya no esté; le quería recomendar mi última “evasión”.

Opinión: “Bibliotecas públicas y ciudad”

Ciudad Justa, Diario El Centro, Domingo 12 de enero de 2020.

La Biblioteca Regional ocupa una casa antigua en la calle Dos Oriente y no cuenta con las condiciones mínimas para ofrecer un servicio adecuado. La Biblioteca Municipal de Talca ocupa nada más que una sala en el edificio que hasta el terremoto del 27 de febrero de 2010 albergara a la Biblioteca Regional en la calle 5 Oriente.

“La lectura acorta las brechas sociales, permite desarrollar el pensamiento crítico, motiva la reflexión, la creatividad y nos hace personas más empáticas y comprensivas. La lectura no solo puede y debería ser un placer, sino que también, es un derecho”. Esta frase no es de un activista por la lectura, ni tampoco una declaración de un organismo internacional. Esta es la opinión de Carlos Maillet, director del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural. La entregó al diario El Mostrador el 22 de agosto de este año.

La opinión de Maillet es respaldada por innumerables estudios científicos que demuestran el impacto positivo de la lectura en la creatividad, el rendimiento académico, la empatía, la convivencia y la salud mental, entre muchos otros ámbitos. Es por esto que es fundamental que las ciudades garanticen un acceso igualitario a las condiciones que la favorezcan.

Una de ellas es, obviamente, el acceso a los libros. Hay familias que pueden comprarlos, pero la mayoría no. Para casi todos, las bibliotecas públicas son casi la única forma de obtenerlos. Cuando no existen condiciones adecuadas de acceso público a los libros estamos en presencia de la vulneración de un derecho. Pero, es más, cuando no corregimos la distribución desigual de las posibilidades de acceso a recursos que son tan cruciales para el desarrollo de las personas, estamos en presencia de una injusticia.

¿Cuáles serían unas condiciones adecuadas de acceso público a libros? Según un estudio de la Escuela de Ciencias de Información de la Universidad de Siracusa, el año 2017 los países con mayor cantidad de bibliotecas públicas por cada 100.000 habitantes eran: Eslovaquia 138, Palaos 113, Finlandia 110, Bielorrusia 107, Letonia 96. Según esta fórmula Talca tendría 1,36 por cada 100.000 habitantes. Este dato de por si desalentador se agrava cuando observamos el estado en que funcionan nuestras bibliotecas.

La Biblioteca Regional ocupa una casa antigua en la calle Dos Oriente y no cuenta con las condiciones mínimas para ofrecer un servicio adecuado. La Biblioteca Municipal de Talca ocupa nada más que una sala en el edificio que hasta el terremoto del 27 de febrero de 2010 albergara a la Biblioteca Regional en la calle 5 Oriente. Cuenta con un catálogo muy pobre y no es posible acceder a la zona donde están los libros. Tampoco tiene una base de datos que consultar. La única con unas condiciones adecuadas a su función es la biblioteca municipal-comunitaria de La Florida.

Las autoridades municipales y las del Ministerio de las Culturas están llamadas a tomar acciones que al menos restablezcan el estándar existente antes del terremoto. En este sentido el primer paso parece ser claro: establecer un acuerdo que permita recuperar para la Biblioteca Regional el recinto que fue construido originalmente para ese propósito y que hoy cumple casi en su totalidad otras funciones. Pero esto no basta. El segundo paso que debería darse es constituir una red de bibliotecas públicas de buen estándar en diversos territorios de la ciudad, emulando la experiencia de La Florida.

Esto no solo precisa voluntad política y financiamiento, se requiere también de una demanda activa desde las organizaciones sociales y de la sociedad civil y la colaboración de las universidades y centros de estudio. En particular, como CEUT de la UCM nos parece que generar mayores niveles de justicia territorial en el acceso al conocimiento [y en particular a la lectura] es esencial para considerarnos una sociedad democrática e inclusiva. Y en los tiempos que corren esto es un asunto también de dignidad.

Francisco Letelier Troncoso
*Académico de la Escuela de Sociología y del Centro de Estudios Urbano Territoriales (CEUT) UCM