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Los libros digitales matarán a las librerías

ESPECIAL 70 AÑOS LT: VERDADES QUE YA NO SON

Pablo Marín, Sábado 21 de Noviembre de 2020, Culto LT.

Lector electrónico vs. libro impreso: ambos gozan actualmente de buena salud.

Hacia fines de la primera década del siglo, la aparición de Kindle y otros lectores electrónicos llevaron a entusiastas digitales a decretar la pronta obsolescencia del libro impreso y el consecuente declive del circuito libresco. Hoy, incluso con pandemia, no se ve que eso esté ocurriendo.

Robert Darnton: “Ya no se escucha gente anunciando la muerte del libro impreso”

Hasta los siglos II y III de nuestra era, observa el paleógrafo Guglielmo Cavallo, “leer un libro significaba normalmente leer un rollo”. Para entonces, ya circulaba gracias a los romanos el códice (codex), ese artefacto con páginas escritas por ambos lados que se cosían o pegaban por uno y se giraban por el otro, y que además podía tomarse con sólo una mano. Sin embargo, lo que se designaba como “libro” era un rollo constituido por papiros pegados unos a continuación de otros hasta sumar una veintena.

Considerados con la ventaja tramposa de la retrospectiva, estos libros de papiro asoman hoy poco prácticos y nada cómodos: se debían tomar con ambas manos, recogiendo por arriba y desplegando por abajo, y lo no normal es que armar una obra demandara varios rollos. Por estas y otras razones, como la difusión del cristianismo, el códice impuso sus términos. Tanto así, que nadie lo llama códice ni le da otro nombre que no sea “libro”. Que eso siga pasando a dos milenios de su invención, parece dar la razón a Umberto Eco cuando afirmaba que el libro, en su versión codex, “es como la cuchara, el martillo, la rueda y las tijeras: una que vez que se inventó, no se puede mejorar”.

De estas cosas, entre tantas otras, sabe Robert Darnton (Nueva York, 1939). Figura saliente de la historia cultural francesa, así como de la historia del libro y la lectura, el exdirector de las bibliotecas de Harvard (2007-16) tiene claro que se ha llamado “libro” a soportes muy distintos (de las tablillas mesopotámicas a los e-books), pero entiende que en el cotidiano usamos esa palabra para hablar de las hojas de papel unidas en el lomo, y no de otras tecnologías de lectura. Y porque entiende esto, entiende que cuando se ha hablado del “fin del libro” se habla de ese objeto antiguo y duro de matar, así como el circuito generado en torno suyo y que por lo pronto incluye librerías y bibliotecas, libreros y bibliotecarios.

Porque a este artefacto lo vienen “matando” hace rato: Marshall McLuhan dijo que los libros bajo el brazo serían reemplazados por cintas de video, en tanto que seminarios y conferencias sobre la “muerte del libro” comenzaron hace décadas, siendo el propio Darnton invitado a varios de ellos. Pero hoy le cuenta a La Tercera, vía Zoom desde la casa en la costa de Massachusetts donde ha pasado la pandemia, que desde harto antes del covid-19 no sabe de esas conferencias:

“Ya no se escucha gente anunciando la muerte del libro. No he visto eso por largo rato”, afirma el académico de Harvard y profesor emérito de Princeton. “¿Por qué? Porque hemos vivido con la revolución digital y está claro que los libros electrónicos, aunque aumentaron en número, ahora se han estabilizado. Probablemente usted lea en un Kindle, pero también lee libros impresos en papel”.

Ocurre, prosigue el autor de Censores trabajando, que “vivimos en un entorno diferente en el que tenemos tipos de comunicación muy diferentes, más que antes, y el libro clásico, el libro normal y corriente que se lee pasando las páginas y que ha existido desde el primer siglo de nuestra era, ha funcionado muy bien. Todavía está sano, todavía se está leyendo y se está publicando: los editores no se están arruinando, está sobreviviendo bien”.

Eso sí, sobrevive en interacción, compañía o competencia con muchos otros tipos de comunicación. Es un entorno más diferenciado, más complejo, dice Darnton, pero no uno que haya dejado obsoleto al libro impreso. No por nada,. “es uno de los inventos más grandes de todos los tiempos”. Por eso, cuando le recuerdan lo de las profecías acerca de su fin, muestra convicción: “Creo que hoy podemos decir, ‘No, el libro no murió’”.

En estos tiempos excepcionales, también para la lectura, ¿se ve tentado a hacer comparaciones con otros períodos u otras pandemias?

Una comparación es difícil. No sabemos cómo se está dando la lectura en estos días, así que podría hacer algunas suposiciones, pero no puedo probarlas. Mi intuición me dice que ahora hay más lectura que nunca. Las personas a menudo están aisladas y se están retirando de alguna manera a un mundo de lectura que habían descuidado. En algunos aspectos, pienso que la pandemia es un estímulo para la lectura, para diferentes tipos de lectura.

¿Y cómo ve los ámbitos asociados?

Por el contacto con los editores, sé que las editoriales siguen produciendo libros y que el negocio va bien. Ahora, es cierto que las bibliotecas en general están cerradas, que a veces puedes sacar libros de las bibliotecas si no entras. Las bibliotecas están haciendo un gran esfuerzo para dar a los lectores acceso a sus libros, aunque no pueda haber cientos de lectores en sus grandes salones. Y están las librerías, que no pueden tener gente entrando, que están semicerradas o restringidas. Hay grandes problemas, pero yo diría que, en general, la lectura se ha vuelto más intensa y, en cierto modo, más aislada. Hay grupos de lectura por todas partes. Yo pertenezco a uno, y tenemos reuniones virtuales.

Usted ha observado un “panorama de la información” en el cual nos las vemos todo el tiempo con bits de información de todo tipo. ¿Qué pierden ahí el libro y la lectura?

El tipo de cultura del libro de principios del siglo XX ha desaparecido, sin mencionar los del siglo XIX y antes. Hoy no sólo tenemos la radio y la televisión, sino todos estos medios sociales, y el resultado, creo, ha sido la fragmentación de los libros, así como de la información en general: ha sido cortada en pedacitos y consumida de una forma nueva.

Ahora bien, hemos tenido tipos particulares de información fragmentada durante siglos, pero la fragmentación actual es inquietante. Tengo un amigo que enseña literatura en la U. de Virginia. Me dijo que ya no puede dar la lectura de novelas de Henry James como tarea a sus alumnos, porque son demasiado largas: los libros son largos, las oraciones son largas, la capacidad de concentración de los estudiantes es escasa. El tipo de literatura que floreció en el siglo XIX y principios del XX ya no puede llamar la atención de los jóvenes. Eso me preocupa mucho.

Reorientaciones lectoras

El autor de Las razones del libro se hace el deber de insistir: que el libro siga en pie no significa que no haya males ni peligros. Hay muchos, piensa, y al principio de la lista hay una lectura que ocurre en lo que llama “silos”, tal como las estructuras para almacenar granos. “Si se está dentro de un silo, se está cerrado a otros tipos de información, y nos encontramos con que la población de EEUU está cada vez más encerrada en silos separados, y la información del exterior no puede llegar a estas personas”, plantea Darnton. Menos amenazante considera fenómenos como el del e-book.

Según datos de Good e-readers para agosto, las ventas de libros electrónicos crecieron este año por sobre el 50% en la literatura infantil y juvenil, mientras los libros de bolsillo subieron muy poco y los “tapa dura” incluso bajaron un 0,8%. ¿Será sólo la pandemia?

Desconozco la explicación, pero intuyo que, ahora que la mayor parte de la educación es en línea y la mayoría de los estudiantes se queda en casa, los padres deben mantenerlos ocupados, y una forma de hacerlo es regalarles un Kindle con libros adaptados para niños. En general, lo que uno ve son adaptaciones a las circunstancias, y nada podría ser más espectacular que el actual cambio de circunstancias para la mayoría de la gente. Uno pensaría que la producción de libros y los patrones de lectura se adaptarán a eso.

El sitio Todos Tus Libros empezó a vender el material de pequeños libreros, que así compiten con gigantes como Amazon. ¿Cómo ve este escenario?

No es algo que haya estudiado, pero me parece que hay demanda y, por supuesto, grandes empresas como Amazon intentan monopolizarla, aunque hay formas de sortear eso. La publicación de libros electrónicos a pequeña escala puede ser una manera de eludir la presencia monopólica de Amazon y que se desarrollen otras formas, como la autoedición: tengo muchos amigos que no publican libros comercialmente, sino que los ponen en línea.

¿Qué tan relevantes pueden ser hoy las bibliotecas?

No he estado en muchas bibliotecas chilenas (aun si he estado en algunas), por lo que debería hablar de EEUU. La biblioteca pública ha evolucionado acá de una manera muy interesante. Son centros neurálgicos: cada localidad, cada barrio tiene una biblioteca. En los sectores pobres de de Nueva York los estudiantes van allá tras salir de la escuela (prepandemia, por supuesto) y reciben ayuda con sus tareas. Los bibliotecarios son maestros, pero son más que maestros. Si usted es un inmigrante y necesita licencia de conducir, no va a la policía: va a su biblioteca. Si es una persona pobre que busca trabajo, ya no va a encontrar anuncios en el diario, así que va a la biblioteca de su vecindario. La biblioteca es uno de los pilares de la vida comunitaria.

Pandemia y lectura: coletazos inesperados

La mirada de Paula Larraín, nueva Subdirectora de Bibliotecas:

Pandemia y lectura: coletazos inesperados

¿El “virus de los libros” se expandió durante la cuarentena? Algo de eso parece haber. Este año, los préstamos de la Biblioteca Pública Digital registraron un llamativo aumento del 56 por ciento, en comparación con el año 2019. La nueva subdirectora de Bibliotecas Públicas comenta este crecimiento y habla sbre booktubers, lectura colectiva y los protocolos para la reapertura de bibliotecas, que incluyen cuarentenas para los libros.

Domingo 11 de octubre de 2020, Elena Irarrázabal Sánchez, Artes y Letras de El Mercurio.

Miedo e incertidumbre son algunos de los sentimientos que ha generado la crisis del coronavirus. Pero también la pandemia ha tenido efectos imprevistos y de carácter positivo. El encierro parece haber impulsado a millones de personas a leer más y a explorar los formatos digitales de lectura. Además se han multiplicado los encuentros colectivos para hablar de obras, autores y lecturas, a través de Zoom u otras modalidades.

En Europa, el viejo “Diario del año de la peste” de Defoe volvió a ser un best seller y en España un ensayo sobre la historia de los libros se convirtió en sorpresivo superventas durante la pandemia (ya lleva 18 ediciones). Además, en varios países se ha registrado un explosivo aumento de las ventas en las librerías que han reabierto. Armados con litros de alcohol gel, muchos lectores siguen prefiriendo el papel y han salido a comprar los libros de Elena Ferrante o de Pérez Reverte, por citar algunos de los más esperados.

Sobre pandemia, lecturas y bibliotecas conversamos con Paula Larraín (43), la nueva subdirectora del Sistema Nacional de Bibliotecas Públicas del Ministerio de las Culturas. Acaba de asumir su cargo, pero no es una novata en estas lides. Se desempeñaba como secretaria ejecutiva del Consejo Nacional del Libro desde febrero de 2016 y antes fue gerente de Biblioteca Viva (de la Fundación la Fuente) entre 2012 y 2015.

Desde hace pocos días, Larraín está a cargo de las 456 bibliotecas públicas del país, incluidas las bibliotecas regionales. También de la Biblioteca Pública Digital (BP Digital), creada en 2013 y que permite que toda persona que posea un RUT pueda inscribirse y solicitar más de 60 mil libros por 14 días, que se descargan gratis en el celular, computador o tablet . Tras dos semanas, los libros desaparecen, salvo algunos que pueden descargarse indefinidamente.

-Aunque no haya cifras definitivas, ¿se leyó más durante la pandemia?

“Sin duda. Lo muestran las cifras de la BP Digital, que entre enero y agosto de 2020 registran un aumento del 56 por ciento comparado con el mismo período del año anterior. También este año se registra un gran crecimiento -51 por ciento- de los usuarios activos. Creo que la lectura ha sido fundamental para sobrellevar el confinamiento. Ha sido un punto de inflexión, un salto importante. Tanto las cifras de la BP Digital como las de otras plataformas culturales muestran la necesidad que han sentido las personas de acceder a contenidos culturales. Además, diversos estudios internacionales dan cuenta de un aumento en la lectura en este período”.

-¿Hay alguna biblioteca pública abierta?

“Aún no. Pudimos abrir unos días la Biblioteca Regional de Aysén, en la ciudad de Coyhaique, pero luego la debimos cerrar porque la ciudad volvió a una fase anterior. Pero estamos preparados y tenemos listo el protocolo sectorial de bibliotecas para cuando se puedan realizar las reaperturas. Por cierto, estos protocolos deben ser aplicados de acuerdo a las realidades de cada biblioteca y pueden ser modificados si el Minsal establece nuevas directrices”.

-No es asunto fácil la desinfección de los libros o acoger al público infantil.

“Estos protocolos contemplan todos los resguardos para el cuidado de los usuarios y de nuestros funcionarios. Entre muchas otras medidas, se consideran las ‘cuarentenas bibliográficas’, ya que sabemos que los libros pueden ser vectores de contagio. Por eso, tras ser usados y devueltos, permanecerán en buzones específicos durante un período en que no tendrán circulación. En los protocolos se consideran fases de apertura de los distintos espacios y diferentes niveles de aforo, entre otras medidas”.

-¿Y qué pasa con los Bibliometro?

“Es bueno contar que nuestro servicio de autopréstamo está operativo, por lo que invitamos a conocer y utilizar los dispensadores de las estaciones Inés de Suárez, Ñuñoa, Lo Valledor y Cerrillos de la Línea 6”.

Booktubers y lectura colectiva

Paula Larraín se ha desempeñado en una serie de espacios vinculados al libro: coordinó el Programa de Fomento Lector de la Biblioteca de Santiago (2007-2012) y estuvo a cargo de la red nacional de bibliotecas de Infocap, establecidas en campamentos y villas. Pero la experiencia que le mostró inicialmente su camino fue cuando estaba recién egresada (se formó en la UC como profesora de Educación Básica) y le tocó armar un centro de lectura infantil en un colegio subvencionado. “De ahí no salí más de las bibliotecas”, cuenta con una sonrisa.

De sus diferentes experiencias, relata que una lección clave que ha sacado es tener siempre presente que las bibliotecas “son espacios comunitarios y democráticos. Su funcionamiento se deben pensar y gestionar de manera participativa”. Lo ejemplifica con una experiencia en la Biblioteca de Santiago. “Los diarios y revistas estaban en un tercer piso, pero había muchos adultos mayores interesados, por lo que se habilitó una zona en el primer piso para que pudieran acceder fácilmente. El diseño debe hacerse en función del usuario”.

Lectora perseverante en sus ratos libres -“estoy en un club de lectura virtual y ahora estamos leyendo a Joan Didion y Amélie Nothomb”-, tiene una hija que se llama Julieta, quien antes de que naciera ya tenía muchos libros que le había escogido su madre, como obras de Oliver Jeffers y María José Ferrada.

-Para promover la lectura en generaciones más jóvenes, ¿piensas que los booktubers pueden jugar un rol importante?

“Muchos estudios dan cuenta de la importancia de la recomendación de lecturas entre pares y pienso que las redes sociales digitales son excelentes medios para difundir y generar diálogos, como se ha demostrado en estos meses de pandemia. Entre los book tubers chilenos están Diego Valdés, Laura Mera y Fran Urriola, a través de YouTube o Instagram”.

-¿Qué prácticas de lectura le parece que hay que desarrollar más, porque brindan posibilidades interesantes en estos tiempos difíciles para la lectura?

“Creo mucho en los espacios colectivos de lectura, como los que promueve el Plan Nacional de Lectura. Entre ellos puedo mencionar los ‘Diálogos en movimiento’, que son procesos de lectura mediados, que culminan en un encuentro con el autor o la autora de la obra leída. También clubes de lectura, diálogos con autores y con ilustradores, que pueden desarrollarse de manera presencial, virtual o mixta”.

“De hecho, se está firmando un convenio entre la Subsecretaría de Cultura y el Servicio del Patrimonio Cultural para dotar a la BP Digital con más de 15 mil ejemplares de libros de autores chilenos. La idea es realizar proyectos y programas de fomento lector con estas publicaciones de autores nacionales. Queremos ampliar los servicios de la BP Digital y que no sea solo una instancia donde se piden libros. Una biblioteca no solo debiera ser un punto de préstamo, sino ofrecer una diversidad de servicios y actividades, tanto virtuales como presenciales”.

De Parinacota a Magallanes

Durante la gestión anterior a la de Paula Larraín, a cargo de Gonzalo Oyarzún (2010-2019) se planificaron e inauguraron varias bibliotecas regionales. Se trata de grandes y modernos espacios (a veces en edificios de valor patrimonial remodelados) destinados a la lectura y a actividades comunitarias. Y la labor continúa. “La Biblioteca Regional de Arica y Parinacota está en etapa de diseño. Magallanes -con biblioteca y archivo regional en el mismo edificio- está para ejecución de obras, al igual que en las bibliotecas de Los Lagos y La Araucanía”, explica Larraín.

-Más allá de la pandemia, ¿cómo visualiza el futuro de las bibliotecas? ¿Cómo evolucionar sin convertirse en otro cibercafé de la ciudad?

“Es imprescindible que las bibliotecas se constituyan como espacios comunitarios donde se facilite el encuentro entre personas con diferentes historias, intereses y sueños, garantizando la lectura como un derecho. Que sean espacios para leer un libro, emocionarse por una película, encontrarse con un amigo, leer el diario o jugar un rato”.

“Entre nuestras propias bibliotecas destaco la Biblioteca de Santiago y las regionales de Antofagasta o Coquimbo. También admiro la iniciativa de las bibliotecas ‘Parques de Medellín’ en Colombia. Se instalan en barrios que a veces son complicados, en espacios de primer nivel, que muchas veces van asociados a teatros o parques públicos. De esta forma las bibliotecas se convierten en polos culturales y urbanos”.

Los libros más pedidos en formato digital

Una mezcla variopinta y sorprendente de libros muestran los listados de las obras más solicitadas entre enero y agosto en la Biblioteca Pública Digital. En la cumbre aparece “1984” de George Orwell (3.363 préstamos), seguido de “Orgullo y prejuicio” de Jane Austen (2.110) y “Sapiens” de Noah Harari (2.037). También aparecen, entre otras publicaciones, la Constitución chilena, “Héroes” de Jorge Baradit, “Los detectives salvajes” de Roberto Bolaño, “Un cuarto propio” de Virginia Woolf, “Cumbres borrascosas” de Emily Bronté y “Relatos de una mujer borracha” de Martina Cañas. En el formato de audiolibros destacan Carla Guelfenbein con “La estación de las mujeres” y Stephen King con “El misterio de Salem’s Lot”.

Con el objetivo de ampliar sus actividades, este año la BP Digital realizó la segunda versión de su “Club de lectura digital inclusivo”. Esta iniciativa contempla encuentros en torno a distintas obras, también disponibles en audiolibros. Las reuniones cuentan con un intérprete en lengua de señas. Más de 40 asistentes han participado en cada una de sus cinco sesiones, entre ellas personas con dificultades visuales y auditivas. Este año estuvo invitado el escritor chileno Alejandro Zambra, autor de “Formas de volver a casa”, uno de los libros que se leyeron en el club.

Entre las lecturas infantiles y juveniles más demandadas en la B PDigital figuran “El Principito” de Saint-Exupéry, “Chilenas rebeldes” de María José Cumplido, “A dos metros de ti” de Rachael Lippincott, “Lulú quiere ser presidenta” de Josefa Araos, “Cómo ser una bruja moderna” de Gabriela Herstik, “25 cuentos mágicos para leer en cinco minutos”, “Mujercitas” de Louise Mary Alcott y “Nicolás tiene dos papás” de Leslie Nicholls. Desde el año pasado, la oferta de la BP Digital se complementa con las posibilidades que ofrece la nueva Biblioteca Escolar Digital del Mineduc, con lecturas para niños de educación básica y media, abiertas especialmente a alumnos de colegios municipales.

“Creo mucho en los espacios colectivos de lectura. Virtuales, presenciales o mixtos”.

“La recomendación entre pares es un excelente medio para difundir la lectura. Por ejemplo, a través de las redes sociales”

“La lectura ha sido fundamental para sobrellevar el confinamiento. Las personas sintieron la necesidad de acceder a contenidos culturales”, dice Paula Larraín.

Para la reapertura de bibliotecas se consideran ‘cuarentenas’ para libros usados y devueltos, que permanecerán en cajas y no tendrán circulación durante un período.

En el mes de abril de la pandemia se registró el mayor incremento en los préstamos de la Biblioteca Pública Digital. Entre enero y agosto los pedidos crecieron un 56% respecto de 2019.

Reinventarse o morir: Las librerías en tiempos de pandemia

Reportaje | Estrategias para seguir distribuyendo libros

Reinventarse o morir: Las librerías en tiempos de pandemia

Cerradas desde mediados de marzo y sin planes de abrir en el horizonte, las librerías chilenas pasan por su momento más crítico. Están en una encrucijada: las que hasta ahora no tenían sistema de despacho a domicilio lo implementan contra el tiempo. Los dueños de Qué Leo, Metales Pesados, Catalonia y Lolita hablan del impacto de la crisis, cuentan sus planes y cómo están manteniendo viva su comunidad de clientes. Los atormenta una paradoja: el universo de los libros se toca y se huele, pero hoy deben hacer todo su trabajo de manera virtual.

Roberto Careaga C., Artes y Letras El Mercurio, Domingo 12 de abril de 2020.

El fin de semana de mediados de marzo, la librería Lolita estuvo inusualmente llena. Ubicada en Providencia, frente al parque Pocuro, no es una tienda pequeña pero con 10 o 15 personas dentro no hay forma de guardar distancia. Había que hacerlo: en ese momento ya había 75 personas contagiadas por coronavirus y, como probaron las proyecciones, en adelante la cifra iba a aumentar de forma inevitable. Francisco Mouat, su dueño, cuenta que tomaron resguardos para que se reuniera la menor cantidad de gente en la librería, pero era un riesgo. Cuando Lolita cerró ese domingo 15 de marzo, lo hizo indefinidamente. No tiene fecha de reapertura. Es casi lo mismo que ha pasado en todas las librerías de Chile. Todas ven el futuro con preocupación, algunas derechamente asustadas ante la posibilidad de que las deudas arruinen el negocio. Pero no hay caso: también están trabajando en cómo serán las librerías en el mundo que viene después de la pandemia.

“Es bueno estar preocupado, pero no angustiarse. Porque la preocupación te activa”, dice Mouat al teléfono desde su casa, donde está trabajando en varias iniciativas para mantener la conexión con la comunidad de lectores y clientes que tiene Lolita. Son casi 2.000. Entre otras cosas, para ellos lo más determinante es echar a andar un sistema de venta a domicilio. “No vamos a volver siendo los mismos; cambió todo y por lo tanto la situación no va a ser, listo, se acabó el coronavirus, y las librerías se llenan de nuevo. Probablemente va a ser una cosa progresiva. Y hoy poner en marcha un sistema de venta remota de Lolita es muy importante. Nadie puede estar mucho tiempo sin generar ingresos”, dice.

Como en todo el comercio en medio de la pandemia y las cuarentenas, la situación económica de las librerías actualmente es crítica. Especialmente, para las más pequeñas o independientes, como Lolita, Metales Pesados, Catalonia, Palmaria o Ulises y otras, que, al igual que cualquier pyme, requieren los ingresos mensuales para operar. “En esta pasada van a haber muchos locales que no creo que resistan. Esto es bastante transversal a todos los negocios, pero para las librerías en mucho más complejo, porque no estamos comercializando artículos de primera necesidad. Por muy doloroso que sea, acá hay muchas que van a tener que cerrar”, dice Víctor Valenzuela, librero que actualmente lleva la Librería de la UC de la casa central de esa universidad.

“El futuro se ve súper incierto. Nosotros desde el 18 de marzo dejamos de vender, estamos sin ningún ingreso”, cuenta José Sanguinetti, gerente de negocios de Antártica, la cadena de librerías más grandes del país, junto con Feria Chilena del Libro. Cerrados los locales, Antártica se concentró en el despacho a domicilio, una gestión en la que son pioneros: empezaron hace 20 años. Y, efectivamente, los despachos se elevaron en alrededor de 30%, casi lo mismo que declaran en la Feria Chilena del Libro. Sin embargo, la cuarentena ordenada por el Gobierno en diferentes comunas los paralizó: como la bodega de Antártica está en Santiago Centro, una zona donde rige la cuarentena, la librería detuvo los envíos.

El libro va a tu casa

Salvo para un sitio como BuscaLibre, concebido como una librería de ventas virtual, para ninguna librería ha sido sencillo despachar. Por ejemplo, solo mañana la tienda del Fondo de Cultura Económica retomará los despachos. A mediados de marzo, las tiendas de la franquicia Qué Leo cerraron sus puertas ante la emergencia e iniciaron un sistema de ventas a través de WhatsApp. En la página web de la librería se pueden encontrar los números para comunicarse con los dueños de cada tienda, que están casi en todo Chile, y ellos mismos hacen los despachos. “Pero ha sido muy lento y variable”, cuenta Juan Carlos Fau, dueño la librería que creó la marca y que hoy está en Pedro de Valdivia. Hoy existen 45 Qué Leo esparcidas por Chile, la mayoría pequeños emprendimientos que están en riesgo. Si los planes de pagos que está negociando cada local con sus proveedores -las editoriales- y los bancos no resultan bien, “la mitad de los asociados no podrán continuar”, asegura Fau. “Cada librero, de acuerdo a la caja que le quedó el día de cierre, está estableciendo su fecha de colapso”, agrega.

Con un sistema intermitente de despachos a casa, Qué Leo ha estado haciendo lo que todos hacen en esos días: comunicarse con lectores y clientes por redes sociales. Una de las más activas ha sido, hasta ahora, Catalonia, con su cuenta de Instagram: hay recomendaciones de libros, lecturas en vivo todos los días a las 20 horas y también están empezando a hacer entrevistas, que conduce uno de sus libreros, Gerardo Jara. Incluso la semana pasada organizaron una venta nocturna con descuentos a través de ese canal. Según Laura Infante, una de las dueñas, la idea no es perder el sello de la librería: la atención. “Todo esto nos ha hecho replantearnos cómo va a funcionar la librería de acá en adelante. Ya no va a ser lo mismo y vamos a tener que enfocar nuestra venta a los nuevos tiempos, en el que al parecer va a ser todo más online “, dice Infante.

Hace dos semanas, Infante empezó a comunicarse con otras librerías independientes para levantar algo parecido a una asociación de libreros y, de paso, creó una cuenta de Instagram que se llama Fuerza Librera. “Era una idea más antigua, pero no hay mejor momento que empezar esto que ahora”, dice Infante. “La mayoría de las independientes no tiene venta en línea y eso se va a volver imprescindible. Muchas van a tener que invertir y creo que el Estado va a tener que apoyar el financiamiento de esa transformación, porque no es barato. Va a tener que financiar de alguna manera a las librerías para que puedan seguir existiendo, si no lamentablemente muchas van a quebrar”, agrega.

Aunque Fuerza Librera no ha iniciado actividades en conjunto, en la organización late una idea muchas veces esquiva: que en la cadena del libro, esa que va desde el escritor, pasa por una editorial y termina en las manos de un lector, la librería es una instancia clave. Sin las tiendas, toda la industria editorial queda coja para exhibir sus títulos y venderlos. “Yo siento que durante un tiempo largo no estaba tan clara la importancia de la librería en la cadena del libro. No todos valoran este lugar, que es un espacio que genera vínculos en torno al libro y la verdad es que está bien difícil sin esa vinculación”, dice Francisco Mouat. Desde el lado de las grandes cadenas, tienen una idea similar: “Las librerías son el organismo más golpeado de la cadena de abastecimiento del libro”, dice Sanguinetti, de Antártica. “Nosotros somos los que tenemos que pagar importantes arriendos, además de otros gastos de operación que se ven afectados si no tenemos ingresos”.

De hecho, Laura Infante cree que no solo el Estado debería apoyar a las librerías abriendo un fondo específico ante esta crisis, sino que también las editoriales tendrían que aportar. “Las editoriales deberían hacerse más presente en apoyar a las librerías. Las he visto más enfocadas en el libro electrónico que en las librerías. En otras partes del mundo, en España por ejemplo, las editoriales están haciendo distintas promociones para que cuando las librerías vuelvan a abrir la gente vaya”, dice. Y añade: “Penguin Random House es la editorial que menos ha enfocado su comunicación en salvar a las librerías y se ha enfocado más en salvarse a ellos mismos. Pareciera que nos les importa la cadena completa, pero las librerías son lo más importante para que se puedan distribuir los libros”.

La experiencia de la librería

Entrada la tarde, Sergio Parra contesta el teléfono después de una siesta. Está en su departamento en el edificio Barco de Santa Lucía, desde donde casi no ha salido desde que cerró su librería, Metales Pesados, hace 20 días. Cuenta que, además de quitarse el traje negro y la camisa blanca, su vestimenta característica, también dejó de afeitarse. “No solo el mundo del libro, todo el comercio va a tener que ajustarse porque esto no es transitorio. Va a durar un largo tiempo. La actividad comercial se va a activar cuando se acabe el miedo y eso va a ser, no sé, a fin de año o el próximo año”, dice Parra. Y añade: “Espero que después de esta crisis no haya menos librerías, porque solo aumentarían los imbéciles. Si el libro desaparece, si las librerías desaparecen, nos transformamos en una tropa de ignorantes y zombis”.

El plan de Metales Pesados es, por ahora, aguantar el chaparrón. Nada de envíos a la casa, dice Parra, seguro de que todas las motos que hoy dan vueltas por Santiago haciendo deliberies llevan comida. “Hay libros y libros que pueden funcionar en el despacho a domicilio: los best sellers probablemente, pero nadie está pidiendo una moto para que le lleve “Las malas”, de Camila Sosa, o “Castigo”, de Ferdinand von Schirach, y son libros nuevos. Las ventas por internet son muy marginales”, dice. Y agrega: “Yo soy un lector y honestamente no tengo mucha concentración para leer. Y no creo que la gente encerrada en sus casas esté leyendo a los clásicos. Están pensando en qué momento van a volver a su trabajo y si van a tener todavía ese trabajo. El único que está leyendo es el pequeño burgués que tiene asegurada su vida. Sabe que cuando vuelva va a tener su oficina ordenada. El resto, dudo que tenga capacidad de lectura”, añade.

Parra apela a la relación de librero y cliente que se forma en las librerías. Según él, un lector de verdad llega a las librerías sin saber exactamente qué comprar, revisa mesones, conversa y se lleva algo que quizás no buscaba. Y si bien parecen ubicarse en lugares distantes del negocio, José Sanguinetti, de Antártica, tiene una idea parecida: “La venta física tiene mística. A pesar de que es fácil comprar un libro por internet, a la gente le gusta ojearlos, leer dos o tres páginas, ver las portadas. Las ventas están en las tiendas”, asegura. Aunque Francisco Mouat está de acuerdo en el valor de las tiendas, no cree que la lectura esté amenazada: “Para mucha gente sí es prioritario leer y tener una librería de cabecera. Para muchos es un valor eso. Y quienes tenemos librería también lo consideramos así”, dice.

Mouat cuenta que esperan que en mayo esté listo el despacho de libros de Lolita y por mientras están en otras acciones: les envían newsletter a los clientes, y en su página web están liberando diariamente la descarga de títulos de la editorial del mismo nombre de la librería. Y en los próximos días, el mismo Mouat subirá unos videos de cinco minutos con sus testimonios en casa, lejos de su tienda, a los que les llamará “Un librero en cuarentena”. “También se podría recurrir a créditos más informales; no estoy hablando de financieras, sino de gente que te pueda ayudar y que no esté en su ánimo cobrarte intereses. Todas las librerías pequeñas deberían procurar que sus amigos, sus clientes participen con ellos de este momento y no abandonarlo. Se pone a prueba el vínculo”, dice.

“La librería es el modo de vida de los asociados. No es un rubro de magnates ni mucho menos. No han sido fáciles los 16 años de Qué Leo, las buenas ideas siempre fueron fruto de grandes clientes y amigos. Esa comunidad nos quiere vivos. Lo sentimos y lo vemos. Lo raro es leer a un gerente de una transnacional que diga que las políticas de su empresa no le permiten negociar”, dice Fau, aludiendo al problema al más fuerte para ellos: editoriales sin flexibilidad al cobrar. “Pero creo que es una posibilidad de abandonar la precariedad en la que estábamos sumidos y equilibrar las desigualdades existentes en el rubro. No puede ser que ante cualquier crisis siempre sea el librero el que se despida”, añade.

“Estoy preocupado, porque trabajar con libros es lo que me gusta y no sé hacer otra cosa. Bueno, puedo matar también”, dice bromeando Sergio Parra. “Más allá de que es mi fuente de trabajo, leer y tener un libro en las manos me hizo ser la persona que soy. Y creo que la gente que lee es la que tiene ideas, que saca las cosas adelante, que cree en la democracia. La gente que lee es la que puede tomar decisiones importantes en este país en este momento. Espero que por lo menos después de esta crisis las editoriales dejen de publicar tanto libro innecesario que al final terminaba en los saldos de la feria de Mapocho”, añade.

Más allá de las librerías, la industria editorial también vive una parálisis. Incluso las grandes editoriales, Planeta y Penguin Random House, han bajado fuertemente la publicación de novedades. Los sellos más pequeños han estado cada vez más activos en redes sociales, algunos tienen sus propios canales de venta, como Hueders, Montacerdos y Libros del Laurel, que además está asociada a la librería online con despacho activo LibrosChevengur.cl. Y, como hemos dicho, las librerías siguen comunicándose con sus clientes, muchas veces directamente. “Hemos tratado de estimular más aún el contacto con nuestra base de datos, estamos mandando información para que la gente sepa que estamos vivos y vamos a volver. Nosotros no nos olvidamos de ellos y esperamos que ellos no se olviden de nosotros”, dice Víctor Valenzuela, de Librería UC.

“Las ventas por internet son muy marginales. No creo que la gente encerrada en sus casas esté leyendo a los clásicos. Están pensando en qué momento van a volver a su trabajo”.
SERGIO PARRA, LIBRERÍA METALES PESADOS

“Todas las librerías pequeñas deberían procurar que sus amigos, sus clientes participen con ellos de este momento y no abandonarlo. Se pone a prueba el vínculo”.
FRANCISCO MOUAT, LIBRERÍA LOLITA

“La mayoría de las librerías independientes no tienen venta en línea y eso se va a volver imprescindible. Y no es barato. El Estado va a tener que apoyar para que puedan seguir existiendo”.
LAURA INFANTE, LIBRERÍA CATALONIA

“A pesar de que es fácil comprar un libro por internet, a la gente le gusta ojearlos, leer dos o tres páginas. Las ventas están en las tiendas”.
JOSÉ SANGUINETTI, LIBRERÍA ANTÁRTICA

“Es una posibilidad de abandonar la precariedad en la que estábamos sumidos. No puede ser que ante cualquier crisis siempre sea el librero el que se despida”.
JUAN FAU, LIBRERÍA QUÉ LEO

Polémica desata idea de abrir oferta de Biblioteca Pública Digital

La asociación de Editores de Chile rechazó la propuesta de reformar la adquisición de títulos por parte de la biblioteca en línea, mientras que el Servicio del Patrimonio evalúa la idea: habría más títulos disponibles, pero el Estado pagaría solo por los requeridos por los lectores.

Roberto Careaga C., Cultura El Mercurio, Martes 24 de marzo de 2020.

En la última semana, y en medio de la cuarentena a la que nos está obligando la pandemia del coronavirus, sucedió que en Chile la gente empezó a leer más. O eso parece, si tomamos en cuenta que la Biblioteca Pública Digital (BPD) triplicó sus préstamos diarios, subiendo de su promedio de mil libros hasta a veces más de 3 mil. El sitio entrega préstamos gratuitos por 15 días de un catálogo de más 16 mil libros, lo que es bastante, pero podría ser muchísimo más. Según cálculos del editor Pablo Dittborn, podrían estar disponibles unos 60 mil títulos, y así lo expuso en una carta que se publicó en “El Mercurio” este domingo, en la que propuso una idea atrevida: que desde ahora, todas las editoriales chilenas pusieran su catálogo completo en la biblioteca y que esta les pagara a los editores por los libros que efectivamente solicitaran los usuarios. Es un cambio de modelo enorme, pues hasta ahora la BPD les compra a los sellos cada título antes de ponerlo en línea. Por supuesto, la idea generó controversia.

Desde el domingo, en el mundo editorial empezó un debate en torno a la idea de Dittborn, exdirector de Random House Mondadori y viejo conocido en el gremio. Ayer, la agrupación Editores de Chile, que reúne a sellos locales, emitió un declaración lamentando la idea. “Ilustra cómo propuestas de este tipo ignoran la premisa fundamental que constituya una biblioteca, la cual es ofrecer la mayor diversidad posible de la oferta cultural a los lectores, mostrando la variada producción nacional en primera instancia e internacional por añadidura. Esto equivale a proponer que el Estado se transforme en un ‘cliente’ más, renunciando a su rol de promotor de la diversidad cultural, ignorando la labor de investigación y selección que realizan bibliotecarios, libreros, profesores, entre otros, y entregarla, como fuera, a criterios de mercado”, sostienen los editores.

Concretamente, la propuesta de Dittborn supondría que la BPD actuaría como una especie de arriendo de e-books, siendo la intermediaria entre las editoriales y los lectores. El que pagaría, por cierto, es el Estado y, se advierte, sería posible que los títulos más demandados fueran los de autores más conocidos y superventas contingentes, dejando en un segundo plano textos nuevos y menos conocidos. De hecho, el mismo Dittborn sostiene en su carta que la biblioteca compra títulos que “jamás son o han sido solicitados por nadie”, pero la realidad es que casi el 99% de los libros disponibles en la web sí han sido prestados.

MÁS LIBROS DISPONIBLES

Uno de los problemas es que actualmente para acceder a los títulos más solicitados hay una larga espera, porque las copias disponibles que compra la biblioteca son limitadas. Con este nuevo modelo, eso cambiaría. “Lo que tiene hacer la BPD es ponerse al servicio del lector y con esta idea podría haber acceso ilimitado a los préstamos de los títulos que la gente quiere leer y, dado que se trata de un servicio gratuito, no sería necesario recurrir a la piratería, por ejemplo”, dice Arturo Infante, director de Catalonia, que está abierto a explorar la idea y, cita como ejemplo lo que ya sucede en las librerías: todos los libros que tienen están en consignación y pagan por ellos a las editoriales solo cuando se vende un ejemplar.

Más allá de las resistencias, en el Servicio del Patrimonio, del cual depende la BPD, la idea ya ha sido considerada. Según dice el director del servicio, Carlos Maillet, se trata de un proyecto técnicamente factible. “Nosotros, felices de contar con ese modelo, ya que tendríamos la disponibilidad de todo el catálogo nacional en BPD. Ya lo hemos conversado con editoriales y esperamos que pronto podamos retomar el diálogo para avanzar en ese camino”, dice Maillet. “Ese modelo de adquisición de libros se podría considerar inicialmente por la coyuntura para darle celeridad. Pero también podríamos observar su comportamiento para determinar si es un modelo adecuado. De esta forma no habría un límite al momento de que los usuarios y usuarias quisieran acceder a la literatura desde BPD”, añade.

Dada la alta demanda de los últimos días, el Servicio del Patrimonio hizo una compra especial de nuevos 1.800 títulos para la BPD, y seguirán las adquisiciones: “Ahora se está trabajando en una licitación para una compra de 1.300 títulos, donde el 80% estará compuesta por industria nacional. Esperamos que esté lista dentro de un mes y medio”, cuenta Maillet, quizás adelantándose a una preocupación central de Editores de Chile ante la situación de crisis económica que ha impuesto la pandemia: “Nos vemos en la necesidad de crear un diálogo indispensable para paliar la situación de extrema dificultad que está enfrentando el sector de la cultura en general y específicamente el ecosistema del libro”, sostienen los editores.

Nueva plataforma del Mineduc tuvo dos millones de usuarios en una semana

Política Las Últimas Noticias, Martes 24 de marzo de 2020.

A una semana de su lanzamiento del sitio web del Ministerio de Educación aprendoenlinea.mineduc.cl alcanzó la cifra de dos millones de usuarios que lo consultan permanentemente. La plataforma fue diseñada para que estudiantes de Educación Básica y Media puedan estudiar a distancia y avanzar en los contenidos de las diferentes asignaturas que imparte el sistema educativo. El ministro de Educación, Raúl Figueroa, informó además que “a partir de hoy (lunes), tras una alianza con Atelmo, quienes accedan a la página podrán navegar en ella y descargar textos sin gastar los gigas de sus planes (de datos)”. La página aprendoenlinea.mineduc.cl cuenta con material educativo para todas las asignaturas: contiene guías y material de estudio de acuerdo a cada nivel educativo, además de la posibilidad de revisar los textos escolares en versión digital. Se puede acceder a ella a través del siguiente link (https://bit.ly/2WCDGS3). Los estudiantes también tienen la posibilidad de visitar la Biblioteca Digital Escolar (en https://bdescolar.mineduc.cl/) donde existen más de 10 mil títulos disponibles, además de un plan de lectura mensual con títulos sugeridos para cada curso. La biblioteca se encuentra en el siguiente link (https://bit.ly/3br3yEN). La asignatura más visitada en la página es Lenguaje, seguida de Matemáticas, mientras que los estudiantes entre primero y séptimo básico son quienes más la usan.