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Opinión: “Recoletras: Por qué no es una amenaza para el ecosistema del libro”

El libro está marcado por una discriminación de clase basada en lo económico: ese es el daño verdadero al ecosistema del libro. Además, ni las librerías Qué Leo y Ulises ni las cadenas Antártica y Feria Chilena del Libro verán mermadas sus ganancias, pues su negocio no está en Recoleta ni en La Pintana, ni en los otros territorios nombrados, se encuentra en las comunas donde el negocio funciona bajo este neoliberalismo desigual.

Sábado 16 de febrero de 2019, Eduardo Farías, El Desconcierto.

Recoletras sigue siendo objeto de debate y lo último que se ha escrito en contra del proyecto ha sido una columna de opinión de Andrés Fernández en El Mostrador. Lo menciono, pues este ingeniero industrial en su argumentación oculta u olvida mencionar mucha información importante para su caracterización del ecosistema del libro; así, mediante el uso de la desinformación, se alinea con la tesis de un sector del gremio librero: Recoletras atenta contra el desarrollo normal y sano del ecosistema del libro. Según este autor la librería popular de Recoleta lo daña, ya que las librerías independientes no tendrían cómo replicar la manera en que se organiza económicamente Recoletras. Lapidariamente Andrés dictamina que esta librería depreda las librerías independientes.

Cabe señalar que es muy temprano para afirmar si Recoletras depreda o no las librerías independientes, por lo que la acusación de Andrés Fernández es exageradamente falsa e ideológicamente tendenciosa, o, quizás, los cierres de Galería Plop!, Prosa y Política, y Librería Subsuelo sí se debieron a la idea embrionaria de Recoletras. Es interesante que este ingeniero industrial en su columna olvida repasar algunos cierres de librerías; los cuales no se debieron a la presencia de una librería popular, lo que justamente no apoya su tesis. Pero como no soy él, veamos en detalle qué factores jugaron en contra de estas librerías y propiciaron los cierres.

El cierre de Galería Plop! y de otras librerías no se debe a Recoletras, como quisiera Fernández, sino a las características inherentes del negocio librero en este contexto neoliberal, más las realidades del mercado interno chileno. Gabriel Zaid en Los demasiados libros desmenuza muy bien el negocio de la librería y expone las complejidades intrínsecas de toda librería en el contexto neoliberal, las que explica de la siguiente manera: primero, las librerías no pueden albergarlo todo, por tanto, siempre les faltará algún título que pida algún comprador ocasional; segundo, los libros que tienen en exhibición pueden venderse en días, ojalá, en 5 años, o tal vez nunca. De hecho, como Zaid piensa, en la librería, como espacio no solo de consumo sino también de cofradía, el librero debiese ser un adivino del futuro, así sabría en qué momento exacto pedir un título para ese lector casero o qué título será un best seller. Pero no lo son. Por tanto, la librería se debate inevitablemente entre la lenta venta de libros y los mensuales gastos fijos de operación que se deben cubrir para seguir en el juego.

A lo anterior, añadamos que el contexto chileno está marcado, primero, por una poco numerosa población (comparado con México, Brasil, Buenos Aires), más un desierto de lectores, lo que da un bajo porcentaje de consumidores posibles y configura un mercado en extremo pequeño. De los pocos chilenos, más pocos leen: con esas condiciones, qué librería sobrevive en territorios de no lectores. Además, la población con su desierto de lectores está caracterizada por una precarización socioeconómica y cultural; así el libro, que es visto como bien “secundario”, no es costeable en muchas economías familiares chilenas; por tanto, la ubicación de la librería se vuelve un factor fundamental, lo que justamente olvida mencionar también Andrés Fernández, ya que no se refiere a la discriminación estructural del ecosistema del libro, que es de clase, de género y territorial, y por espacio solo hablaré de la primera.

El estudio de Editores de Chile sobre la situación de librerías y bibliotecas demostró que la distribución de las librerías en Santiago se encuentra determinada por el nivel adquisitivo del territorio, ya que la mayoría de ellas está desde Santiago Centro y Providencia hacia el oriente. Por tanto, el libro se comercia solo en los territorios que alberga a la población que tiene el poder adquisitivo. Así, comunas como Renca o Quilicura no tienen librerías y no las tendrán mientras no sean espacios rentables de consumo. Aunque no lo quiera Andrés, el libro está marcado por una discriminación de clase basada en lo económico: ese es el daño verdadero al ecosistema del libro. Además, ni las librerías Qué Leo y Ulises ni las cadenas Antártica y Feria Chilena del Libro verán mermadas sus ganancias, pues su negocio no está en Recoleta ni en La Pintana, ni en los otros territorios nombrados, se encuentra en las comunas donde el negocio funciona bajo este neoliberalismo desigual.

De hecho, México tiene la misma discriminación de clase en el acceso al libro. En una noticia aparecida en El País el 2016 se indicaba que cerca del 95% de municipios mexicanos no tenía librería, solo las grandes ciudades corrían una suerte distinta. Lo mismo ha publicado El Economista el 8 de enero de 2018: México necesita librerías. Si se quiere visualizar la distribución desigual de librerías en México, es posible ingresar en el website del Observatorio de la Lectura de México y ver su atlas de lectura en la que se muestra la ubicación y la cantidad de librerías en territorio mexicano.

Entonces, no es Recoletras lo que daña el ecosistema del libro como quiere hacernos creer falazmente Andrés Fernández, aquel está dañado desde antes por discriminaciones estructurales en el acceso al libro. Que Recoletras abra las posibilidades de gestión de librerías territoriales, no afectará el trabajo de aquellas librerías independientes que entienden que su existencia depende del compromiso y de cómo son capaces de crear diferencia, diversidad. No imagino Santiago sin Librería Proyección, sin ese refugio para al anarquismo, el feminismo, el antiespecismo y para mucha más teoría crítica. Tampoco pienso Santiago sin Librería Pedaleo y la mirada de librero y de escritor de Carlos Cardani, quien ha construido un espacio para la edición independiente chilena y latinoamericana, todo un guardia raso de joyitas difíciles de encontrar como 11, de Carlos Soto Román, o Extremo explicit, del uruguayo Riccardo Boglione. Menos aún anhelo que el acceso al libro solo esté determinado por el neoliberalismo y las discriminaciones estructurales que ya conocemos.

Eduardo Farías es Editor de Gramaje Ediciones. Magister en edición.

 

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Opinión: “Recoletras: Derribando mitos”

Y nació la librería popular “Recoletras”, y solo en un par de días se convirtió en un nuevo gran acierto de nuestra política de desarrollo social y cultural, no solo por el magnífico nivel de ventas alcanzado, sino por sobre todo, porque nos permitió instalar una discusión que, aunque no es nueva, está invisibilizada en Chile, y es cómo funciona la industria del libro y cuáles son los mayores impedimentos para masificar y diversificar el acceso al libro en el territorio nacional.

Daniel Jadue, El Desconcierto, 8 de febrero de 2019.

Hace seis años atrás, Recoleta no tenía ningún punto de acceso al libro. Ni en la forma de bibliotecas públicas, ni en la forma de librerías.

La inexistencia de bibliotecas se debía fundamentalmente al nulo interés de la derecha en promover la lectura en los sectores populares. Mientras que la carencia de librerías se explica porque el mercado solo funciona donde hay dinero; y como la mayoría de los habitantes de Recoleta no puede destinar una parte de sus ingresos a la compra de algo tan básico y maravilloso como un libro, sencillamente la comuna no era atractiva para instalar una librería. Situación que se repite en 294 comunas de las 345 que existen en nuestro país.

Lo anterior nos parecía simplemente inaceptable y nos propusimos transformar la realidad con una meta ambiciosa: convertir a Recoleta en una comuna lectora. Comenzamos con instalar una pequeña biblioteca en calle Pedro Donoso, luego pusimos un punto de lectura en la Municipalidad, después en el Mercado Tirso de molina. Dos años después dimos un gran paso con la construcción de la Biblioteca Municipal Pedro Lemebel y la instalación de otro punto de lectura en el Parque de la Infancia, en colaboración con el Parque Metropolitano de Santiago, durante la administración de Mauricio Fabri.

Fue tanto el éxito de estos primeros pasos, que decidimos innovar instalando puntos de lectura en las salas de espera de nuestros Consultorios y con posterioridad iniciamos la transformación de nuestros Centros de Recursos para el Aprendizaje (CRA) de las escuelas y liceos públicos, en Bibliotecas Públicas, en el marco del Programa Escuelas Abiertas que mantiene nuestras unidades educativas abiertas hasta las 22:00 horas, todos los días de la semana.

Toda esta política de fomento lector fue acompañada del programa de lectura obligatoria en nuestras escuelas y liceos, que invita a todos nuestros estudiantes a leer los primeros 20 minutos de cada día en nuestras aulas.

La respuesta fue maravillosa. De ser una comuna en donde supuestamente nadie leía, ni tenía interés en los libros, pasamos a prestar más de 10 mil libros al año y comenzó a surgir una demanda insatisfecha por comprar libros a precio justo. Nuestros vecinos y vecinas empezaron a soñar con sus bibliotecas familiares para leer los libros una y otra vez, para prestarlos, para trabajar con ellos, para hacer anotaciones, fichas y todo aquello que acompaña al amor por los libros, por el saber y el conocimiento.

Y nació la librería popular “Recoletras”, y solo en un par de días se convirtió en un nuevo gran acierto de nuestra política de desarrollo social y cultural, no solo por el magnífico nivel de ventas alcanzado, sino por sobre todo, porque nos permitió instalar una discusión que, aunque no es nueva, está invisibilizada en Chile, y es cómo funciona la industria del libro y cuáles son los mayores impedimentos para masificar y diversificar el acceso al libro en el territorio nacional.

Lo primero que salta a la vista es la inexistencia de una política de fomento lector que logre impactar de manera significativa la escasa cobertura territorial que tiene el acceso al libro en nuestro país, lo que influye de manera decidida en el tamaño de la industria, ya que esta llega, en el mejor de los casos, a poco más del 14% de las comunas de Chile, dejando a casi el 65% de la población con escasas, sino nulas, posibilidades de tomar contacto con el libro.

Esto a su vez impacta en el valor, puesto que al tener un tamaño bastante menor, en relación a su potencial, los distintos actores necesitan extraer la utilidad esperada para su funcionamiento de un volumen bastante exiguo, lo que los lleva a encarecer de manera significativa el valor del libro, lo que en un círculo vicioso, limita el funcionamiento del pequeño mercado del libro a las comunas que concentran la población de mayor poder adquisitivo, dejando sin servicio a más de 290 comunas de nuestro país.

Como si fuera poco, los ideólogos del modelo se resisten a analizar la eliminación del IVA al libro y la instalación del precio fijo para ayudar a masificar y diversificar el acceso a la lectura, lo cual forma un puzzle perfecto para que todos crean que en Chile nadie desea leer y que, como algunos han planteado, los sectores populares no requieren de la maravillosa posibilidad de tomar contacto con los libros.

Es difícil imaginar lo que habrá detrás de estas posiciones que en nombre de la libertad de comercio y de la competencia desleal han levantado sus voces para criticar una medida que -solo en sus primeros días- ha demostrado los innumerables mitos que circulan en torno a un producto tan necesario y valioso como es la literatura.

Daniel Jadue
Alcalde de Recoleta