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Leer tras las rejas

Bibliotecas en las cárceles

Leer tras las rejas

Algunos siguen a Isabel Allende, otros prefieres un libro religioso o el último Harry Potter. A pesar de los pocos ejemplares, los reos se la ingenian para disfrutar la lectura.

Viernes 16 de Abril de 2004, Amalia Torres, Revista de Libros El Mercurio

Después de asesinar a su amante en el exclusivo hotel Crillón, María Carolina Geel se dedicó a escribir su experiencia en el penal. Allí nació Cárcel de mujeres (1956), en cuyo prólogo el crítico Alone idealizó los días privados de libertad: “No queda, desde luego, otra cosa que hacer ahí. Meditar, leer, comunicarse con el mundo a través de la incomunicación. ¡Qué sueño! Ninguna interrupción, fuera de las regidas por un inmutable orden”.

Pero esta imagen de un paraíso tras las rejas está lejos de la realidad. Ito Mascayano, con ocho años en Colina I por ejercicio ilegal de la profesión de abogado, falsificación de documentos, hurto de expedientes y tráfico, reconoce que en las habitaciones -compartidas entre cuatro internos- no reina la tranquilidad. Aparte del ruido de radios y televisores, está la mala condición de las piezas: las antiguas están divididas por cortinas  o frazadas, y aunque las remodeladas cuentan con murallas y baño, no hay privacidad. “No me gusta mucho estar en mi torre, porque tengo que compartir con personas que no son de mi agrado… Aunque nos llaman delincuentes a todos, yo no soy del mismo tipo”.

Para distraerse, de 8.30 a 17 horas, Ito le recomienda libros a sus compañeros y ordena los estantes de la biblioteca, porque Colina I -como las otras 88 cárceles del país con escuela penal- cuenta con lecturas para los internos.

Las cabeceras de región son las más completas. Dependientes de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (Dibam), usan la política de estantes abiertos, donde los presos pueden buscar y hojear los títulos que les interesan. El resto se divide entre bibliotecas básicas, que bordean los 350 volúmenes, y las salas-biblioteca, que no son más que algunos textos, sobre todo de apoyo escolar.

“En general el área de las bibliotecas es pobre, no hay renovación permanente del material. Además, no son modernas, no hay Internet y pocos audiovisuales”, explica Mariela Neira, deja del Departamento de readaptación de Gendarmería.

Tanto en el Centro penitenciario femenino como en Colina I, que son las cárceles que cuentan con biblioteca pública en la Región Metropolitana, hay alrededor de cuatro mil títulos. No es mucho, considerando que en cada una hay 1.500 internos y que varios ejemplares no son del gusto masivo.

“La mayoría de las personas no quiere leer algo con mucho rollo, porque éste ya es un mundo tensionado. Por eso hay libros que son excelentes pero no para el perfil de acá. Sociología, por ejemplo, o poesía de Jorge Teillier y de Zurita. Luis Sepúlveda no les gusta mucho y Marcela Serrano no es tan famosa como Isabel Allende”, comenta Mafalda Gaibisso, bibliotecaria de la cárcel de mujeres hace 18 años.

Primeros en el ranking

“¡Ojalá yo tuviera toda la biblioteca llena de Corín Tellado y de Barbara Wood! De la Wood los tengo todos, pero se hacen pocos. También piden harto los libros de autoayuda, los de la Connie Méndez -que me los han perdido como cuatro veces y ya no tengo-, libros de aventura y revistas para botar tensiones en la noche y poder dormir”, cuenta Gaibisso desde la biblioteca de San Joaquín.

Entre los hombres, en cambio, los más leídos son García Márquez, Vargas Llosa y las historias policiales de René Vergara. Otro hit en Colina I es la Biblia. Los seis ejemplares están siempre prestados, y el bibliotecario, Raúl Naranjo, estima que en el penal hay otras cien Biblias dando vueltas, regaladas por curas y pastores evangélicos, o traídas por los propios reos.

Lorena Aranda (28) no quiere recordar por qué llegó al penal. Dice que su vida ha cambiado, y que ahora su único sueño es lograr un permiso especial para estudiar bibliotecología. A las seis de la mañana, ya está en pie para avanzar con su lectura, que en estos días se concentra en Las crónicas de Narnia. “Soy rápida para leer. Si el libro tiene 600 páginas no me demoro más de tres días”. A ls 8.30, después del desayuno y del conteo, su destino es siempre la biblioteca. “Por mí me vendría antes y no me iría de aquí”, pero a las 17.30 todas deben volver a sus celdas.

Cerca de medianoche se apagan las luces y con ellas las posibilidades de leer. Pero esto no detiene a los fanáticos de las letras. Flavia Alegría (30) estaba tan entusiasmada con Lo que el viento se llevó, que armada de una vela continuó leyendo hasta terminarlo.

Nelson (59), marino mercante, estuvo ocho años preso en Portugal. Hace dos fue trasladado a Chile, donde se sorprendió por la pobreza de la biblioteca. “Se me hacen pocos los libros. En Europa, teníamos una con 15 mil ejemplares, y eso que los españoles se quejaban de que eran miserables las bibliotecas portuguesas. Dicen que en España son de 45 mil… Además, a mí me gusta San Agustín, pero aquí no está, ni me lo han podido conseguir”.

Para Guillermo, en cambio, faltan títulos recientes, como los de Alberto Fuguet y best sellers. “Morris West me lo tengo que conseguir de afuera, se queja este reo, que prefiere mantener su apellido en el anonimato.

En la cárcel de mujeres también echan de menos algunos ejemplares, como la quinta parte de la saga de J.K. Rowling. “El último de Harry Potter no está, pero lo queremos leer. Hay harta gente fanática de él, porque no es un niño que se estanca, como Papelucho. Es un adolescente ya, y queremos ver la historia, enfatiza Lorena.

“Acá el índice de deterioro de los libros es muy alto, por el poco cuidado que se tiene y el gran uso que se les da. Hay internos que al llegar a la prisión nunca han tomado uno, entonces lo dejan tirado y se pierde”, sentencia Raúl Naranjo, bibliotecario de Colina I. Bajo su cargo, uno de los títulos que se ha extraviado es el Código penal, donde los presos veían sus posibilidades de libertad y sus derechos.

Para solucionar la escasez, es usual encargar libros a las visitas. Antonio, poeta y pintos de la cárcel de Colina, es fanático de Gabriela Mistral y Pablo Neruda. En su pieza tiene una veintena de textos y unas cien revista propias. Claro que debe tener cuidado con sus pertenencias, sobre todo durante los allanamientos. “Pueden botar los libros o hacerlos tira. Me pasó con El arte de amar (Erich Fromm) que se les dio vuelta agua encima y la tinta se pasó”.

En los dos años y medios que lleva Flavia tras las rejas, una sola vez tuvo problemas con un libro de la biblioteca. Lo había dejado sobre su cama y en un momento de descuido desapareció. “Me quería morir, porque pensé que la señorita Mafalda no me iba a prestar ni uno más”. Por suerte, la buena reputación que se había hecho leyendo cuatro obras semanales y devolviéndolas siempre a tiempo, jugaron a su favor.

“Las pérdidas ocurren en la misma proporción que en las bibliotecas de cualquier comuna, aclara Mafalda Gaibisso. Y orgulloso, Guillermo explica, “A un que le gusta leer, cuida los libros, los devuelve impeque”.

El extremo cuidado se debe a que el libro ha encantado a varios en la cárcel, incluso a quienes no acostumbraban leer

Libertad en la lectura

Primeriza en tráfico, Katia Núñez (45) cumple condena por cinco años en San Joaquín. Como buena jefa de la pastoral, cada noche lee los Evangelios para analizarlos al día siguiente con sus compañeras del Patio 1. Junto a su amor por la Iglesia, Katia tiene otra pasión: la escritura. Ya lleva dos primeros lugares en poesía, uno con Destellitos de amor en un concurso interpenal, y otro por un autorretrato. “Soy conocida como escritora, dentro de la cana, desgraciadamente (risas)”, y gran parte se lo debe a los talleres de literatura y a los libros que ha leído.

“Una persona que está todo el día sin hacer nada va a salir igual a la calle. Pero si uno toma una simple novela ve una cultura diferente, gente que ha salido adelante. Y ve que no es la única que ha pasado por esto, explica Lorena Aranda. Y aunque Guillermo está en Colina y nunca ha conocido a esta futura bibliotecaria, coincide: “Ya no estoy preso cuando leo”.

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