• Ingresa tu e-mail aquí

    Únete a 84 seguidores más

  • Recomendados

    Infoconexión
  • blog DIBAM
  • Libérate lee
  • Dónde estudiar bibliotecología
  • panoramas gratis
  • El 5º poder
  • Chile y los libros 2010
  • Twitter

  • Secciones

Leer tras las rejas

Bibliotecas en las cárceles

Leer tras las rejas

Algunos siguen a Isabel Allende, otros prefieres un libro religioso o el último Harry Potter. A pesar de los pocos ejemplares, los reos se la ingenian para disfrutar la lectura.

Viernes 16 de Abril de 2004, Amalia Torres, Revista de Libros El Mercurio

Después de asesinar a su amante en el exclusivo hotel Crillón, María Carolina Geel se dedicó a escribir su experiencia en el penal. Allí nació Cárcel de mujeres (1956), en cuyo prólogo el crítico Alone idealizó los días privados de libertad: “No queda, desde luego, otra cosa que hacer ahí. Meditar, leer, comunicarse con el mundo a través de la incomunicación. ¡Qué sueño! Ninguna interrupción, fuera de las regidas por un inmutable orden”.

Pero esta imagen de un paraíso tras las rejas está lejos de la realidad. Ito Mascayano, con ocho años en Colina I por ejercicio ilegal de la profesión de abogado, falsificación de documentos, hurto de expedientes y tráfico, reconoce que en las habitaciones -compartidas entre cuatro internos- no reina la tranquilidad. Aparte del ruido de radios y televisores, está la mala condición de las piezas: las antiguas están divididas por cortinas  o frazadas, y aunque las remodeladas cuentan con murallas y baño, no hay privacidad. “No me gusta mucho estar en mi torre, porque tengo que compartir con personas que no son de mi agrado… Aunque nos llaman delincuentes a todos, yo no soy del mismo tipo”.

Para distraerse, de 8.30 a 17 horas, Ito le recomienda libros a sus compañeros y ordena los estantes de la biblioteca, porque Colina I -como las otras 88 cárceles del país con escuela penal- cuenta con lecturas para los internos.

Las cabeceras de región son las más completas. Dependientes de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (Dibam), usan la política de estantes abiertos, donde los presos pueden buscar y hojear los títulos que les interesan. El resto se divide entre bibliotecas básicas, que bordean los 350 volúmenes, y las salas-biblioteca, que no son más que algunos textos, sobre todo de apoyo escolar.

“En general el área de las bibliotecas es pobre, no hay renovación permanente del material. Además, no son modernas, no hay Internet y pocos audiovisuales”, explica Mariela Neira, deja del Departamento de readaptación de Gendarmería.

Tanto en el Centro penitenciario femenino como en Colina I, que son las cárceles que cuentan con biblioteca pública en la Región Metropolitana, hay alrededor de cuatro mil títulos. No es mucho, considerando que en cada una hay 1.500 internos y que varios ejemplares no son del gusto masivo.

“La mayoría de las personas no quiere leer algo con mucho rollo, porque éste ya es un mundo tensionado. Por eso hay libros que son excelentes pero no para el perfil de acá. Sociología, por ejemplo, o poesía de Jorge Teillier y de Zurita. Luis Sepúlveda no les gusta mucho y Marcela Serrano no es tan famosa como Isabel Allende”, comenta Mafalda Gaibisso, bibliotecaria de la cárcel de mujeres hace 18 años.

Primeros en el ranking

“¡Ojalá yo tuviera toda la biblioteca llena de Corín Tellado y de Barbara Wood! De la Wood los tengo todos, pero se hacen pocos. También piden harto los libros de autoayuda, los de la Connie Méndez -que me los han perdido como cuatro veces y ya no tengo-, libros de aventura y revistas para botar tensiones en la noche y poder dormir”, cuenta Gaibisso desde la biblioteca de San Joaquín.

Entre los hombres, en cambio, los más leídos son García Márquez, Vargas Llosa y las historias policiales de René Vergara. Otro hit en Colina I es la Biblia. Los seis ejemplares están siempre prestados, y el bibliotecario, Raúl Naranjo, estima que en el penal hay otras cien Biblias dando vueltas, regaladas por curas y pastores evangélicos, o traídas por los propios reos.

Lorena Aranda (28) no quiere recordar por qué llegó al penal. Dice que su vida ha cambiado, y que ahora su único sueño es lograr un permiso especial para estudiar bibliotecología. A las seis de la mañana, ya está en pie para avanzar con su lectura, que en estos días se concentra en Las crónicas de Narnia. “Soy rápida para leer. Si el libro tiene 600 páginas no me demoro más de tres días”. A ls 8.30, después del desayuno y del conteo, su destino es siempre la biblioteca. “Por mí me vendría antes y no me iría de aquí”, pero a las 17.30 todas deben volver a sus celdas.

Cerca de medianoche se apagan las luces y con ellas las posibilidades de leer. Pero esto no detiene a los fanáticos de las letras. Flavia Alegría (30) estaba tan entusiasmada con Lo que el viento se llevó, que armada de una vela continuó leyendo hasta terminarlo.

Nelson (59), marino mercante, estuvo ocho años preso en Portugal. Hace dos fue trasladado a Chile, donde se sorprendió por la pobreza de la biblioteca. “Se me hacen pocos los libros. En Europa, teníamos una con 15 mil ejemplares, y eso que los españoles se quejaban de que eran miserables las bibliotecas portuguesas. Dicen que en España son de 45 mil… Además, a mí me gusta San Agustín, pero aquí no está, ni me lo han podido conseguir”.

Para Guillermo, en cambio, faltan títulos recientes, como los de Alberto Fuguet y best sellers. “Morris West me lo tengo que conseguir de afuera, se queja este reo, que prefiere mantener su apellido en el anonimato.

En la cárcel de mujeres también echan de menos algunos ejemplares, como la quinta parte de la saga de J.K. Rowling. “El último de Harry Potter no está, pero lo queremos leer. Hay harta gente fanática de él, porque no es un niño que se estanca, como Papelucho. Es un adolescente ya, y queremos ver la historia, enfatiza Lorena.

“Acá el índice de deterioro de los libros es muy alto, por el poco cuidado que se tiene y el gran uso que se les da. Hay internos que al llegar a la prisión nunca han tomado uno, entonces lo dejan tirado y se pierde”, sentencia Raúl Naranjo, bibliotecario de Colina I. Bajo su cargo, uno de los títulos que se ha extraviado es el Código penal, donde los presos veían sus posibilidades de libertad y sus derechos.

Para solucionar la escasez, es usual encargar libros a las visitas. Antonio, poeta y pintos de la cárcel de Colina, es fanático de Gabriela Mistral y Pablo Neruda. En su pieza tiene una veintena de textos y unas cien revista propias. Claro que debe tener cuidado con sus pertenencias, sobre todo durante los allanamientos. “Pueden botar los libros o hacerlos tira. Me pasó con El arte de amar (Erich Fromm) que se les dio vuelta agua encima y la tinta se pasó”.

En los dos años y medios que lleva Flavia tras las rejas, una sola vez tuvo problemas con un libro de la biblioteca. Lo había dejado sobre su cama y en un momento de descuido desapareció. “Me quería morir, porque pensé que la señorita Mafalda no me iba a prestar ni uno más”. Por suerte, la buena reputación que se había hecho leyendo cuatro obras semanales y devolviéndolas siempre a tiempo, jugaron a su favor.

“Las pérdidas ocurren en la misma proporción que en las bibliotecas de cualquier comuna, aclara Mafalda Gaibisso. Y orgulloso, Guillermo explica, “A un que le gusta leer, cuida los libros, los devuelve impeque”.

El extremo cuidado se debe a que el libro ha encantado a varios en la cárcel, incluso a quienes no acostumbraban leer

Libertad en la lectura

Primeriza en tráfico, Katia Núñez (45) cumple condena por cinco años en San Joaquín. Como buena jefa de la pastoral, cada noche lee los Evangelios para analizarlos al día siguiente con sus compañeras del Patio 1. Junto a su amor por la Iglesia, Katia tiene otra pasión: la escritura. Ya lleva dos primeros lugares en poesía, uno con Destellitos de amor en un concurso interpenal, y otro por un autorretrato. “Soy conocida como escritora, dentro de la cana, desgraciadamente (risas)”, y gran parte se lo debe a los talleres de literatura y a los libros que ha leído.

“Una persona que está todo el día sin hacer nada va a salir igual a la calle. Pero si uno toma una simple novela ve una cultura diferente, gente que ha salido adelante. Y ve que no es la única que ha pasado por esto, explica Lorena Aranda. Y aunque Guillermo está en Colina y nunca ha conocido a esta futura bibliotecaria, coincide: “Ya no estoy preso cuando leo”.

Estación de servicio cultural

Colección “Cuento contigo”

Estación de servicio cultural

Esta excelente antología dirigida a niños de todas las edades está al alcance de todos los bolsillos.

Constanza Mekis, Revista de Libros, El Mercurio, Viernes 19 de Marzo de 2004.

¿Recuerdan épocas “de antaño” (un par de décadas atrás) cuando algunas revistas entregaban libros como parte de sus promociones, por ejemplo, Papá Goriot, en papel roneo (color café con leche, bien tieeeeeso…)? Últimamente, Chile ha evolucionado hacia otros objetos culturales que se venden en kioskos junto con alguna publicación periódica. Este mundo moderno parece necesitar del marketing, todo debe ser “marketero” (lo que a mí me para los pelos), posibilitando un sinnúmero de ofertas. Por suerte, no siempre se peca de ingenuo. Sin embargo, me alegra muchísimo que hoy los libros sean parte de tales estrategias de venta. Como entusiasta lectora, celebro y canto – al estilo de Whitman- a quienes lograron compilar y armar la valiosa obra “Cuento Contigo” (¡cinco tomos a $1.490 c/u!), antología dirigida a estimular el placer de la lectura. Este gran aporte creativo se debe tanto a la energía de Copec y su presidente Felipe Lamarca como a la fuerza y constancia de Loreto Fontaine y el equipo del CEP (Arturo Fontaine, Antonio Cussen y Harald Beyer) quienes seleccionaron, diseñaron y editaron esta cuidada, valiosa y exportable colección, una verdadera hazaña cultural.

Al recorrer las páginas de la colección “Cuento contigo”, me vino a la memoria lo que otros especialistas -como Harold Bloom (El canon de Occidente, Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades), William Bennet (El libro de las virtudes) y H. Denby (Great Books)- han hecho para ayudar al lector y susurrarle al oído aquellas obras que no puede dejar de leer. Cualquier compilación literaria conlleva un sesgo propio. Frente a cualquier selección, se puede estar en total acuerdo o discrepar en algunos de los títulos y autores escogidos. Creo difícil que a tan cuidada y amplísima selección (365 obras) le falten lectores con diversas opiniones. Algunas voces considerarán que no se ha hecho justicia a los dioses griegos, otros creerán ver que escritos del Renacimiento están desdibujados; algunos pensarán que las voces modernas no están muy afinadas, otros estarán encantados con la inclusión de episodios sacros; en el espacio para las obras populares se juzgará que no todas las latitudes están bien representadas, que las obras de autores anónimos están desequilibradas en cuanto al “género”; otros encontrarán que las voces revolucionarias retratan fragmentos y no dan testimonio de la época.

¿Cuál es la fórmula perfecta? A mí me parece que con esta obra “dieron en el clavo, medio a medio”, por varias razones: al prepararla no se subestimó al lector y la colección reúne obras cumbres de varios siglos en versiones esmeradas, hay un testimonio amplio de la palabra escrita, un inventario vivo de obras que pertenecen al mundo entero. Un equilibrio adecuado entre mitos e historias populares, recopilación de leyendas de la tradición y cultura de nuestro país, relatos europeos y americanos, héroes y dioses de la Antigüedad clásica, semblanzas y fragmentos de libros publicados que reflejan un universo amplio, civilizaciones contemporáneas y la tradición judeo-cristiana. Es evidente que contar con una buena colección implica un trabajo del tipo “compro huevos… a la otra esquina”, para buscar el material en diversos títulos. Encontrar tantos ingredientes donde el mismo “caserito” ahorra tiempo y facilita la gestión pedagógica y bibliotecológica.

Desde su seriedad institucional, los equipos del proyecto han creído en los cuentos infantiles; han dado un voto de confianza a fábulas y leyendas, y hecho una obra al alcance de muchísimos bolsillos. El abecedario completo y los números se asociaron para hacer ¡poesía!, porque ¿qué es esto que estamos celebrando sino poesía para nuestros oídos y los de miles de escuelas públicas y hogares chilenos? Nos presentan una amplia galería de personajes que por siglos estuvieron en el imaginario infantil y juvenil: la inestimable Caperucita Roja, la Bella y la Bestia, el Patito Feo, el Minotauro, Caupolicán, Artemisa y tantos otros que nos hablan del hombre, de sus sueños, sus miedos y susviajes ancestrales para dar con el sentido de la vida. No obstante, su selección de autores y textos va más allá de los clásicos infantiles y trasciende a escudriñar en J. L. Borges, K. Mansfield, C. Lispector, Nicanor Parra, Machado, y los invita a sentarse junto a los niños de 6, 8, 10 años… Y esta es una de las fortalezas de la colección.

La antología preparada por Loreto Fontaine se nutre de maravillosos poemas y narraciones de diversa procedencia, en su mayoría clásicos consagrados. Otras obras han debido extraerse con pala del fondo de nuestra tierra: leyendas mapuches (“La historia de Choique y Pilmaiquén”, “Trentren y Caicaivilú”), cuentos como “Juan sin miedo”, “Las apuestas con el gigante”, y también relatos de autores famosos (con derechos on line).

Estas joyas literarias darán a nuestros profesores la oportunidad de trabajar con niños y jóvenes y… entusiasmarlos. Los alumnos, a su vez, podrán mostrar a sus padres, a un abuelo, a un hermano, quiénes son Hans Christian Andersen, Ernesto Cardenal o Edmundo de Amicis. Gracias al aporte de los aupiciadores, que han entregado una donación de cinco mil libros, estas narraciones viajarán a las bibliotecas escolares de Puerto Edén, Limache o Salamanca, y ahí abrirán los ojos de tantos en esas comunidades. El alcance que tendrán desde las bibliotecas de las escuelas que reciben subvención ministerial se proyectará más allá de las colecciones donadas, por la expansión propia de la biblioteca: miles de mentes abriéndose a aprender y coloreándose para sentir el mundo en estas dos mil páginas bellamente ilustradas, con innumerables enseñanzas que contribuirán a mejorar el aprendizaje y a dar el cimiento imprescindible pa-ra una casa sólida. Si no, pregúntenles a los tres chanchitos, que saben del asunto (por lo menos uno de ellos).

Los cinco tomos de “Cuento contigo” están dirigidos a niños desde seis años… pasando por los 18… y, ¿por qué no?, hasta la tercera y cuarta edades. La colección abarca un gran tramo de la vida, ciertamente, pero, ¿y los “lectores” que aún no leen? Es aconsejable prepararlos: que hojeen un libro con bellas ilustraciones, que oigan nuestros cuentos, rimas y adivinanzas, y así disponerlos a que más adelante entiendan la trama, mantengan un buen nivel de concentración, sepan hacerse preguntas en el transcurso de la lectura, perciban los distintos tonos narrativos (humor, susto, enojo), sean capaces de perfilar personajes y otros elementos que contribuyen a generar una lectura activa e inteligente. ¿Por qué entonces no compilar relatos para niños desde el primer año de vida?

“Cuento contigo”, este quinteto made in Chile, permite contar con una obra que responde en forma concreta al diagnóstico de nuestro (paupérrimo) hábito lector, y así subsanar este bajo kilometraje. No sólo nos trae un tónico para que respondamos mejor a las exigencias lectoras, sino que nos entrega raudales de combustible cultural de alta calidad para integrarlo en nuestra dieta diaria. ¡Qué mejor que los hechos con palabras que no se lleva el viento, porque han sido capturadas para poder leerlas!

Memoria de la memoria

Entrevista a Justo Alarcón

Memoria de la memoria

Trabaja hace más de cuarenta años en la Biblioteca Nacional. Conoce el edificio y sus depósitos mejor que a sí mismo. Por eso ahora investiga a fondo su historia.

Beatriz Berger, Revista de Libros, El Mercurio, Viernes 9 de Enero de 2004.

Toda una vida lleva Justo Alarcón entre los libros y documentos de nuestra Biblioteca Nacional. Una vida que comenzó allí cuando aún estudiaba castellano en el Pedagógico y fue sorprendido -mientras jugaba una pichanga-, por la invitación de Guillermo Feliú Cruz, director en ese entonces, para trabajar en aquel lugar. Eran los inicios de la década de los sesenta, cuando pocos se atrevían a cruzar las puertas de este “monstruo”, al que algunos, sin embargo, entraban a afeitarse en los baños o a leer cómodamente el diario en las salas calefaccionadas con caldera a carbón y fogoneros incluidos.

El mismo Justo, con su cara sonriente y plácida habla de este lugar al que no sólo aportó sus conocimientos y espíritu inquieto en el ámbito profesional, sino que también creó lazos afectivos e incluso amorosos: aquí conoció a su mujer, que se desempeñaba como contadora. “Yo pongo la parte romántica y ella la cerebral”, aclara.

Amor y libros y también amor por los libros se esconden tras este hombre que no le importa que el mundo del trabajo, la familia y amistades se haya conjugado en uno solo:

-Me gusta que haya sido así. Nosotros celebrábamos los dieciocho de septiembre en el Cajón del Maipo con gente de la Biblioteca y nuestros lectores como Martín Cerda, Juan Uribe Echevarría, Oreste Plath. Y el centro de todo ha sido Referencias Críticas donde trabajé durante 27 o 28 años. Como yo era profesor de castellano, don Roque me puso en la sección y trajo a Juan Camilo Lorca. Partimos de cero, en el año 68, recortando el primer diario. La idea del director era crear un centro de información sobre escritores chilenos, que después se amplió a autores hispanoamericanos. De a poco empezó a llegar gente que se instalaba a trabajar, como Jorge Teillier, Oreste Plath, Marina Latorre, el poeta mallorquino Juan Florit, Braulio Arenas, Enrique Lihn… Incluso alguna vez Ignacio Valente.

Para Justo Alarcón es un desafío cuando alguien requiere un material difícil de encontrar. “Lo hago parte mía y busco la punta del hilo, porque de alguna parte tiene que salir la información”. Y es cierto, porque averigua hasta encontrar. Haciendo un acucioso trabajo consiguió recuperar un material prácticamente perdido acerca de la primera visita de Alberti a Chile, cuando pasó la navidad con Neruda en Temuco. Su compulsión por no perder lo que fue un suceso -“una piedra preciosa”- lo llevó a publicar en la revista Mapocho los resultados de esta labor. Además, su buena memoria le ayuda, claro. “A veces recuerdo un capítulo de un libro o ubico el texto por el lomo, tamaño, portada y sabes a quien le puede servir y si te hacen una pregunta, ya tienes una idea dónde se encuentra el material”.

En medio de la conversación un joven entra en la oficina y le pasa unos papeles. Mientras los firma, levanta los ojos y explica “son mis calificaciones, tengo buenas notas, por suerte”. Y es que como buen empleado público, cada cinco meses lo evalúan, le revisan los atrasos en las tarjetas que marca diariamente y las inasistencias. Pero él está acostumbrado y considera que ha sido feliz en este lugar, porque además de gustarle su trabajo, allí ha encontrado tranquilidad y disfrute visual, incluso, con la arquitectura del edificio.

-La Biblioteca Nacional ha sido mi mundo. Aquí he hecho mi vida y lo más importante es que he conocido a mis amigos como el poeta Hernán Lavín Cerda, Miguel Arteche, Alfonso Calderón y Jonás que también trabajaron conmigo.

“Soy un profesor frustrado”

Todo comenzó en su infancia en Puerto Natales -donde nació hace 63 años- cuando su padre le regaló las aventuras de Tom Sawyer. Fue tal la conmoción de leer esta primera novela que, para superar la tristeza de terminarla, la leyó una y otra vez. Le seguirían otros libros de Twain, Dumas, Verne y el intercambio de textos con sus amigos. Desde allí dio el gran salto a Punta Arenas y luego a Santiago para estudiar en el Pedagógico de la Universidad de Chile.

Pero el año pasado, luego de una operación al corazón, se alejó de su cargo de secretario general para desarrollar un nuevo proyecto como investigador, pues pensaba que el trabajo sería más liviano. “¿Y lo fue?”, le preguntamos: “¡No!”, exclama entre risas:

-Estoy juntando la gran cantidad de información dispersa sobre la Biblioteca Nacional. Aquí trabajó el crítico Omer Emeth, en la sección informaciones; estuvo Eduardo Barrios, dos veces como director; la señorita Margarita Mieres, jefa de la sección infantil, quien hizo una labor fantástica de acercamiento de los niños; también Augusto D’Halmar; Juvencio Valle y Francisco Santana, entre tantos otros.

Así, a través de documentos, información de prensa, archivos y mesas redondas con funcionarios antiguos -conversaciones que graba-, Justo Alarcón reconstruye los diversos períodos con sus protagonistas. “Todavía quedan algunas personas que conocieron a Silva Castro, por ejemplo, que me han contado como era de duro y severo”.

En esa intrahistoria hay algunos hechos que destaca como el movimiento del personal, encabezado por su director, Roque Esteban Scarpa, para conseguir la reestructuración de las plantas -“teníamos una de las peores de la administración pública”- y que terminó con una huelga. Otra situación sobresaliente fueron las grandes compras de textos que hizo Enrique Campos Menéndez, porque consiguió que el IVA de los libros se devolviera a la Biblioteca. “Eran ríos de obras -comenta- fue como pasar de la pobreza al desarrollo, pero duró sólo dos años”.

El compromiso, sin embargo, que le ha implicado su entrega a esta entidad, ha tenido sus costos: “Soy un profesor frustrado porque me gustaba hacer clases, pero tuve que optar”, reconoce y recuerda sus tiempos cuando enseñó castellano en el Liceo Barros Borgoño.

Con respecto a los directores que han pasado por la biblioteca considera que Guillermo Feliú era un hombre muy rígido, pero que hizo una gran labor. “Es el bibliógrafo más importante después de José Toribio Medina. Roque Esteban Scarpa era un tipo con una visión extraordinaria, creador de los archivos de la palabra y del escritor; de la mapoteca y que hasta quería implementar bibliotecas en los aviones”.

Desde don Roque para adelante la biblioteca se ha ido abriendo cada vez más, impulso que continuó Enrique Campos Menéndez. Pero es muy importante la época de Marta Cruz Coke, que le dio su propia vitalidad y que ha seguido perfeccionando Clara Budnik, la que más empeño ha puesto en llegar con los libros a los que están en los extremos del país.

Serio y caballeroso, Justo Alarcón ha cultivado el bajo perfil y siempre le hizo el quite al poder “no sabría aplicarlo, me gusta más convencer que mandar”, al extremo que en una ocasión salió arrancando de un alto cargo. “Fue una experiencia tragicómica. Me nombraron sub-director de la biblioteca. Se me vino toda la gente encima para que solucionara problemas que no tenían solución. Me fui después de cuatro días en el cargo”, sólo para seguir trabajando en esta biblioteca visitada por más de mil personas diariamente y plagada de tesoros bibliográficos.

-¿Siente que ha dejado el alma en la Biblioteca?
-Sí, sí, y la seguiré dejando. Me extraña que la gente que se va no vuelva nunca más. Como yo sé que hay tantos libros importantes aquí y dónde están, al jubilar, voy a seguir viniendo, porque una de las cosas que no puedo hacer trabajando aquí, es leer.

PREMIO WEB

Buenas noticias para la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos: http://www.memoriachilena.cl ganó el Challenger Digital Chile 2003 en la categoría cultura. Memoria Chilena es una biblioteca virtual que promueve el aprendizaje de literatura e historia nacional, a través de poemas leídos por sus autores, con una selección iconográfica de personajes chilenos, entre otras novedades. El 10 de mayo competirá en Suecia con las mejores páginas digitales del mundo.

El fenómeno de los clubes de lectura: De Steinbeck a Harry Potter

Si para algunos es un hábito que incluso puede llegar a convertirse en vicio, la lectura representa para la mayoría una verdadera tarea. Una tarea que, a juzgar por este artículo, puede hacerse más llevadera o definitivamente fascinante si se comparte.

Alberto Fuguet (desde EE.UU.), Revista de Libros, El Mercurio, Sábado 9 de Agosto de 2003.

Me encuentro en una librería repleta de gente y el olor a café supera con creces al de la tinta y el papel fresco. Son las diez quince de la noche y esta anónima sucursal de Barnes & Noble está repleta. La megalibrería de dos pisos se sitúa en uno de esos intercambiables suburbios de esas metrópolis que tanto les gustan a Douglas Coupland o a Chuck Palahniuk. Estoy – qué duda cabe- en la tierra que Michael Moore detesta tanto. El tipo de suburbio sin historia donde adolescentes alienados y obesos, sus pieles resbalosas de McGrasa, se matan entre ellos. Aquí, en este vertedero moral, la cultura se escupe como el chicle. Aquí, en Wasteland, USA, los padres no leen sino compran armas y luego se van de bolos.

Momento. Pausa. Stop.

¿Sí? ¿No será como mucho? ¿No estaré exagerando? ¿Por qué, en vez de estar asqueado y deprimido como me han programado, siento que estoy en medio de algo así como una revolución cultural?

Hace tiempo que me quedó claro que este tipo de librerías son centros sociales (hay parejas que coquetean en el café mientras que un grupo de orientales teclean en sus laptops en el sector de las novelas gráficas), pero lo que me tiene más sorprendido es que, por primera vez, capto que la mayoría de la gente que viene a estos sitios también se interesa por los libros.

¿Qué? Esto se sale del libreto. Totalmente. ¿Los norteamericanos leen? Al parecer, sí lo hacen. Por algo hay tantas librerías. Desde luego, compran libros. Es verdad que compran mucha basura, pero yo al menos soy de la idea que la basura literaria siempre es mejor que la basura televisiva (prefiero tres Paulo Coelho que un capítulo de “Rojo”). El escéptico podrá argumentar que aquellos que compran estos libros ni siquiera los leen. Puede ser. Pero, de un tiempo a esta parte, en especial durante este último mes, mi impresión es que sí. Sí, los leen. Pero no leen a solas. Han encontrado la manera de leer más y mejor, de combatir las innumerables vallas que atentan contra el respetable hábito (o vicio) de la lectura. La solución, dentro de todo, es simple.

Ahora leen acompañados.

Si lo piensan, hace sentido. Hacer algo acompañado es tanto más fácil que hacerlo solo. En especial cuando esa tarea es, de alguna manera, una tarea. Una tarea para valientes o fanáticos o estudiantes de doctorados. Leer no es tan fácil como parece. Todo – y todos- atentan en su contra. Pero leer acompañado, en cambio, es otra cosa.

Es, desde luego, mucho más fácil y, por cierto, más atractivo. Este concepto no implica compartir físicamente un libro con otra persona. Eso, por ahora, es imposible. Un libro debe leerse solo. No hay otro modo. Pero, a través de los clubes de los libros y de ciertos fenómenos mediáticos, de pronto, pareciera que, en el caso de algunos títulos, esa soledad se rompe cuando el lector se percata de que no es el único que está leyendo ese libro. Lectores de un mismo autor se topan en el metro y, sin presentarse, comentan el libro. “Ya llegaste a la parte en que”. En ciertas oficinas, algunas secretarias se saltan hablar del último romance de J-Lo y, en vez, están más preocupadas de la madre que se transforma en regenta de Al este del paraíso de Steinbeck.

Esto, se me ocurre, es lo verdaderamente revolucionario. La piedra de toque que está alterando el rol que juegan los libros y la lectura en esta sociedad digital. Hubo una época en que los lectores esperaban el barco que traía las novelas nuevas y se devoraban los diarios con los capítulos que iban siendo publicados por entrega.

Durante las últimas semanas que he pasado acá en los Estados Unidos me ha tocado presenciar en tres ocasiones (en tres ocasiones seguidas) mediathons o maratones mediáticas ligadas a temas literarios. Según los expertos en comunicación, ya no basta con quince minutos para ser famoso o para que algo o alguien se quede grabado en la retina del otro. Ahora que todo el mundo es famoso, esos escurridizos 900 segundos sirven de bien poco. En la era post-reality/post-Iraq, el bombardeo debe ser constante, sostenido y en todos los frentes. Nada de quince minutos: ojalá quince horas y, mejor aún, quince días (esto, por suerte, no implica necesariamente que esa fama durará mucho; al revés, despúes de quince días de explosión mediática, la saturación es tal que la persona termina sumida en el más desolado de los silencios hasta que resucite años después en eso que ahora se llama el “minuto 16”).

Las tres maratones literarias que me tocó presenciar fueron, en orden de aparición, el de la biografía de Hillary Clinton, el regreso de John Steinbeck y el nuevo Harry Potter. Me saltaré el Huracán Hillary por no ser propiamente literatura (aunque sí fue una clase de cómo un libro puede ser el inicio de una campaña). La senadora y ex primera dama y, acaso, futura presidenta, entendió que, para que la leyeran, debía estar en todas partes. Y en todas partes estuvo. Desde la portada del “Time” a Larry King y el especial de Barbara Walters en televisión, más artículos en cuanto diario y revista existe, la Clinton logró recuperar su adelanto de 8 millones de dólares en una semana; Living History vendió 200 mil ejemplares en un día.

Casi en forma paralela, la animadora Oprah Winfrey, que tiene el talk-show de más rating de la tarde y que, según todos, es la mujer más poderosa del mundo de las comunicaciones, decidió volver a leer en público. Oprah transformó el club de lectores (lectoras, en rigor) en algo masivo. Llevó a la televisión lo que vio que estaba sucediendo en pequeñas bibliotecas y en ciertas librerías: un grupo de personas, casi siempre mujeres, se encontraban para comentar lo que habían leído. No eran exactamente como los salones literarios parisinos del siglo 17 y 18 pero, de alguna manera, algo tenían en común. Rompían el círculo de soledad. Hacían público lo que el escritor creó en la soledad de su escritorio. Al comentar y discutir acerca de una historia ajena, sin darse cuenta comenzaban a hablar de sí mismas y de sus propias historias.

Lo que Oprah hizo revolucionó la industria editorial y, según muchos, la salvó y la obligó a replantearse. En 1986, The Deep End of the Ocean era una novela nueva, de una escritora nueva, que no tuvo grandes críticas y tampoco grandes ventas. Oprah leyó el libro, le gustó y decidió partir su club televisivo con esa novela. En menos de un mes, debió reimprimirse sin parar pues se necesitaron más de 600 mil ejemplares para saciar el apetito de las noveles lectoras, muchas de las cuales no habían abierto un libro desde que se sacaron una mala nota durante la secundaria. The Deep End of the Ocean no fue un voladero de luces. Libro que seleccionaba Oprah, libro que se disparaba al número uno. Así sucedió con todos los títulos a lo largo de cinco años. Oprah eligió muchas novelas francamente impresentables, donde el tema (generalmente femenino, y específicamente acerca de vencer la adversidad) importaba más que la prosa (“un típico libro de Oprah”). Esas novelas vendieron aún más ejemplares pero, y para no asustar a los recelosos que cuidan el panteón literario de aquellos intrusos que no merecen estar, lo cierto es que esos títulos tan vendidos sólo vendieron. Oprah no los transformó en arte; hoy apenas son parte de la trivia de la página web de la Winfrey. Pero, al momento de ser discutidos, sin duda sirvieron para abrir ventanas e iluminar sitios eriazos, lo que es respetable, pensando además que no se trata de gran literatura.

“Por alguna razón, nuestra sociedad valora la rapidez”, señaló la propia Oprah hace poco. “Hemos crecido esperando que la gratificación sea siempre instantánea. En este contexto, ¿puede el lento arte de leer – el lento y sensual arte de leer- sobrevivir? Yo, al menos, creo que sí porque yo necesito leer; leer me da confort, es lo que me da mayor placer, me permite comunicarme y unirme a otros. Leer me enseña cosas de mí y de otros. Leer demanda tiempo, es cierto, pero es mi tiempo y es un lujo que me doy. Es el regalo que me doy a mí misma”.

El interés mediático y la fuerza de la recomendación de Oprah proyectó a autores de otro nivel como el alemán Bernard Schlink, André Dubus, Joyce Carol Oates, nuestra propia Isabel Allende y la premio Nobel Toni Morrison. La debacle del Club de Oprah llegó cuando la carismática animadora decidió seguir subiendo el nivel de sus autores y optó por Jonathan Franzen y Las correcciones. Franzen resultó el típico atado de contradicciones: “soy un artista y no vendo pero quiero vender pero no quiero venderme y sólo quiero que me lean mis amigos y los críticos pero me da asco que me lean señoras que yo desprecio”. A diferencia de otros, Franzen lo dijo y no aceptó ir al show y Oprah se sintió humillada y, con algo de histeria, canceló su Club y le declaró la guerra a los intelectuales snob.

Dos años y tantos después, Oprah se tendió en una hamaca a leer Al este del paraíso del premio Nobel John Steinbeck (ese estupendo fracaso novelístico, según Vargas Llosa) y se dio cuenta que este clásico podría seducir a su audiencia. Pero lo más importante era que el autor estaba muerto. No podía revolver el gallinero, armar polémica, jugarle una mala pasada.

Al día siguiente de anunciar que Al este del paraíso sería el nuevo libro, la novela saltó al número dos. En tres semanas, sumó 600 mil ejemplares, más que 550 mil más que lo normalmente vende en un año (lo piden en colegios y universidades). Oprah salió una vez más con la suya pero quizás lo más importante es que los medios captaron que los libros son entes ajenos, separados, de los autores. Que un autor no necesita hablar y contar chistes o explicar sus enfermedades para que alguien lea su libro. El autor, a veces, hasta puede lograr que la gente no lea su novela. Parece obvio pero no lo es. En una industria que apuesta por nombres que son marcas registradas y donde interesa más la historia detrás del autor que la historia que escribió el autor, el exitazo de Al este del paraíso es un hito y, es de esperar, sentará un precedente.

El otro evento “literario” fue aún más mediático puesto que incluyó dos continentes y varios husos horarios. Tal como el mundo se alineó para esperar, hora tras hora, la llegada del año 2000 (y averiguar si el mundo iba a estallar o no), el nacimiento del nuevo Harry Potter fue una obra maestra de coordinación. Lo que más impacta del fenómeno del chico de los lentes redondos es que, tal como “The Matrix” o los cómics de Marvel, esta máquina de hacer dinero comenzó sin ese propósito y, al parecer, y a pesar de todo, sigue encandilando a sus lectores. Harry puede tener dinero, pero no se ha vendido. Eso, hoy en día, es importante. El público conoce la diferencia y no le pasan gato por liebre. Y a pesar que uno podría creer que no hay nadie más vendido que la Rowling, lo cierto es que sus jóvenes lectores diferencian entre vender mucho y venderse. Y, a diferencia de otros fans que inician un fenómeno de culto, los lectores de Potter son generosos: no les molestan que otros lean a su Harry porque tienen claro que la experiencia es tan intensa que, a la larga, da lo mismo: Harry, pase lo que pase, le habla a cada uno en forma individual. Es más: sin hilar muy fino, pareciera que Harry es cada uno de esos millones de lectores. Por algo se disfrazan. Los lectores de Potter no son snobs; no les molesta que sean muchos. Al revés: la historia de la Pottermanía es la del grupo guerrillero que ahora tiene la mayoría del electorado y, aun así, no presentan candidato a la elección. Lo de ellos es Individualismo colectivo.

La noche que “llegó” Harry Potter a las librerías (la misma noche, dicho sea de paso, que debutó “Hulk”), pasé por una Borders y lo que presencié fue impresionante. Había una fiesta ad hoc, y filas de niñitos disfrazados de Harry esperando a que dieran las doce. Nunca, ni durante Halloween, había visto tal energía y derroche de disfraces. Pero de la Pottermanía, dos hitos me impresionaron del todo. El primero ocurrió en un rincón de la Borders (en el sector autoayuda, para ser riguroso): una docena de lectores adolescentes y veinteañeros con la, digamos, estereotipada cara de lo que la sociedad tradicional visualiza como “un lector” (poco agraciados, anteojos, sobrepeso, esa mirada que sólo tienen aquellos que pasan todo el día solos o aislados) estaban leyendo, en voz alta, una página por persona, la novela anterior de Harry Potter. Me senté a escucharlos y sentí un poco de envidia. Nunca me he sentado con doce fans a leer, en voz alta, un libro. Una cosa es sentirse tocado por Proust o Kafka o Fresán; otra muy distinta es conversar con ellos con tus amigos. O hacer amigos justamente porque son adictos a Tolkien o a Potter o a la Serrano.

Lo más cercano que me ha tocado vivir en ese aspecto fue cuando el nombre de Charles Bukowski reventó en la Universidad de Chile como si el propio Dios hubiera ingresado por Beca Deportiva al campus de La Placa. Bukowski se volvió uno más del grupo, el nombre infaltable que animaba todos los recreos. No se formó un club de lectores en el sentido tradicional porque sólo existían dos ejemplares de sus cachondos títulos pero se armó una comunidad, los libros se prestaban y, por un breve instante, creamos un club de Bukowski.

A la mañana siguiente, un sábado, “The New York Times” colocó su crítica de Harry Potter y La Orden del Fénix en su portada. El diario más importante se hacía cargo del frenesí y, en vez de reírse o bajarle el perfil, el Times consideró que, en efecto, esta aparición de Potter no sólo era un evento cultural sino un evento que había afectado el orbe.

“Es bastante más oscuro y psicológico que los libros anteriores y ocupa el mismo lugar emocional y narrativo que El Imperio Contraataca en la trilogía Star Wars”, escribió con brío la Kukatani. “Harry puede ahora incorporarse a una galería de personajes como Luke Skywalker, Telémaco e incluso Jesús, mientras Voldemort vibra con las auras de Darth Vader o Hitler”.

Es probable que tanta prensa, tanto ruido, cansa y, sin duda, distorsiona. No me cabe duda que los grandes libros no necesitan ni de marketing ni de prensa ni de ser elegidos por un club de lectura para encontrar sus lectores. Aquellos que leen saben cuáles son los libros que necesitan, cuáles son sus favoritos, y confían en las recomendaciones de sus amigos, de sus libreros, de las reseñas que leen en revistas como éstas. Pero para aquellos que no se ven a sí mismos como iniciados o intelectuales, pero que sí leen, tener este apoyo mediático y colectivo sin duda ayuda. Desde luego, no daña. Tener doce años y ver que el “NYT” coloca a Harry en su portada debe ser algo grato. Estar jubilada y tener un grupo de amigas que se juntan los jueves a comentar Al este del paraíso o, no sé, Santa María de las flores negras, sólo mejora y potencia la experiencia literaria. Porque de eso se trata. Uno siempre leerá solo pero es bueno saber que tampoco es el único. Que hay otros excéntricos como tú que también hacen lo mismo.

Una cosa es sentirse tocado por Proust o Kafka o Fresán; otra muy distinta es conversar con ellos con tus amigos.