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Opinión: “El turismo de la lectura”

Miércoles 22 de junio de 2016, Mirada propia, Licenciado Piña, HoyxHoy.

Mientras aquí se exagera con nuestra salud mental y física y se construye casi una farmacia por cuadra, en la pequeña localidad de Quintanalara (Burgos, España) apostaron por exagerar la lectura y dispusieron una biblioteca con 16.000 libros para un pueblo de tan solo 33 habitantes. Aunque suene increíble: su idea es generar un turismo basado en la lectura. Allí hay casitas de piedra habitadas por 33 personas, de las cuales solo nueve residen todo el año bajo un anonimato que también poseen los libros. Porque no tienen museos ni importantes autores que por sus calles hayan vivido o escrito. Es decir, no hay casas nerudianas ni peregrinajes mistralianos al Valle del Elqui, ni menos mega edificios con una programación cultural desconectada con el pulso del día a día, y que por aquí constituyen un orgullo cultural-comercial único. Quizás, pensaron en Quintanalara, el libro basta, pues en sus páginas está el inicio del recuerdo y de la historia. No interesa qué escapa de él. Menos en qué silla se escribió o qué pluma se utilizó. La biblioteca de aquella localidad es, en definitiva, un centro cultural creado sin una necesidad de homenaje más que a la lectura. He allí su trascendencia que está desprendida de la caducidad de los monumentos. Por lo mismo, Quintanalara no queda más lejos de lo que pueda imaginarse que está, pues su turismo-lector, de seguro carísimo para la actual billetera sudamericana, está accesible en lo que nos demoramos en hallar y empezar con un buen libro.

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Opinión: “La hazaña de leer”

Miércoles 22 de abril de 2015, LICENCIADO PIÑA, Mirada Propia, Miércoles de Libros, HoyxHoy

Leer un libro es lo más parecido a mirarse en un espejo roto. En la desesperación de armarlo, de hallarle un sentido al acto de hojear letras que no se sabe adónde nos llevarán, es que se habla de una mística de la lectura cuyo corazón conlleva una sufrida búsqueda por reflejarnos en una obra. De allí que se hable de una intimidad entre lector y autor. De allí que se busquen los huesos de Cervantes. De allí, también, que se celebre un Día del Libro para destacar lo bonito que es leer.

Sin embargo, para lectores y no, esta celebración, que será mañana, es una burla. Y no sólo por los ofertones de librerías o por las lecturas públicas que remarcan lo ridículo que puede llegar a ser la desesperación del fomento lector, sino porque devendrán una sarta de discursos de sobremesa de autoridades que argumentan esa superación personal que implica leer, en un sentido social y económico. Utopías. Leer no involucra ser mejor individuo o trepar en el escalafón social. En literatura, por ejemplo, no hay finales felices. Los humanistas se ahogan en penurias monetarias.

Celebrar un día del libro remarca esa dinámica cotidiana de pintar un país que no es tal, que vicia a nuestros niños con sistemas de lecturas antiquísimos, a títulos universitarios comprados con el valor del bolsillo y no con el estudio y, lo que es peor, que idealiza a una sociedad lectora cuando leer es justamente lo inverso: un proceso personal y crudo que destapa ese temor que cada cual lleva por dentro y que urge por salir. De allí que leer sea cosa de valientes.

Opinión: “De cuánto leer”

Columna de opinión de Pedro Gandolfo publicada en la página editorial del diario El Mercurio el Sábado 5 de enero de 2013

La lectura debe recuperarse como un exquisito y refinado placer, pero que, como los mejores vinos, es bueno paladear en pequeñas dosis.

Extremadamente poco. En verdad, de esta columna lo esencial está dicho en esas dos palabras iniciales. Es un error pensar que la lectura es un asunto de cantidad. Leo en este diario que uno de los puntajes máximos de la PSU se jacta de leer unos 40 libros al año, una maldición para mí que, sólo por las obligaciones de mi oficio de crítico, debo leer algo más que ese número.

Alguna vez escuché que, según estándares de la Unesco, un “buen lector” es quien lee cuatro o más libros al mes. La cifra, dicha de ese modo, tan escueta y sin matices, siempre me pareció una estupidez, un abuso de la estadística, como diría Borges.

Los libros son singularidades inconmensurables. La lectura de la Metafísica de Aristóteles, La crítica de la razón pura de Kant o Ser y Tiempo de Heidegger no puede ser medida por el mismo rasero que la de una novela de Agatha Christie o una rosa de Corín Tellado, ni estas con el de un relato de Joseph Conrad, un ensayo de Montaigne, Las memorias de Adriano o El Opus Nigrum de Marguerite Yourcenar o Al faro de Virginia Woolf.

Cada libro pide de cada lector una respuesta distinta (porque leer es corresponder al texto), la cual en cada caso posee su propio tiempo, ritmo y forma de aproximarse. ¡Qué breve es, por ejemplo, el libro del Tao, y, sin embargo, cuán morosa e inacabable es su lectura!

El leer bien, que es la única lectura recomendable, no es un asunto acumulativo ni que tenga que ver con guarismos de ningún tipo. John Ruskin, en un célebre ensayo sobre la lectura, lleva este argumento al extremo: “Podrías leer todos los libros del Museo Británico (si vivieras lo suficiente para ello) y al mismo tiempo seguir siendo un simple “iletrado”, una persona sin educación; pero si leéis 10 páginas de un buen libro, letra a letra -es decir, con auténtico esmero-, os encontraréis en cierto modo por encima de una persona educada”.

No es leyendo mucho que se llega a leer bien, sino que lo esencial es enseñar a leer bien, esmeradamente, aunque sea poco lo leído y, quizás, porque sea poco. Esa lectura de lo poco significa, con todo, de parte del lector, en absoluto pereza, sino un ejercicio máximo de sus capacidades cognitivas y sensitivas.

La lectura no debe ser propuesta como un ascenso al Everest, como si nuestra educación terminara una vez que hayamos subido a la cima de una montaña de libros. Al contrario, pienso que debe recuperarse como un exquisito y refinado placer, cuyo gozo requiere cultivo, por cierto, pero que, como los mejores vinos, es bueno paladear en pequeñas dosis, para que las ganas estén siempre insatisfechas, la curiosidad despierta y la palabra eche raíces.

La magia de escuchar cuentos

Dibam. 31/03/2011

Un amplio grupo de narradores se reunirá en la Biblioteca de Santiago para efectuar el Primer Encuentro de Cuentacuentos Infantil y Juvenil, dedicado a la figura del célebre escritor danés Hans Christian Andersen. Las presentaciones serán este fin de semana.

El Primer Encuentro de Cuentacuentos Infantil y Juvenil, se realizará el 2 y 3 de abril, en la Biblioteca de Santiago. Esta iniciativa está inserta en el marco del Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil, que se celebra el 2 de abril, en homenaje al nacimiento del escritor danés Hans Christian Andersen (1805-1875).

Con el objetivo de sumarse a estos festejos, cuentacuentos profesionales y estudiantes de la Escuela de Cuentacuentos de la Fundación Mustakis –con el apoyo de la Fundación SM– impulsaron esta actividad.

La convocatoria fue a través de la Sala Infantil y la Sala Juvenil de la Biblioteca de Santiago, espacios en los que la narración oral es una actividad muy importante para aproximar la literatura a los noveles lectores.

“Escuchar un cuento es mágico y está muy relacionado con el fomento lector, porque las personas que escuchan un buen cuento, contado por un buen narrador o narradora, después quieren ir a la fuente, quieren seguir leyendo más de ese autor o quieren leer el cuento que escucharon”, expresa Eva Passig, una de las narradoras y organizadoras del evento.

Las presentaciones serán en los mismos horarios y espacios tanto el sábado 2 como el domingo 3 de abril. A las 12:30 y a las 15:30 horas, en Sala Infantil y a las 15:00 horas, en la Sala Juvenil. La entrada es gratuita, y los cupos son limitados.

Lecturas sobre la lectura

El Mercurio. Santiago, Chile. 13/02/2011

Patricio Tapia

Logros tan dispares como mejorar la ortografía, alcanzar el éxito económico o acceder a la sabiduría se cuentan entre los argumentos de los propugnadores de la lectura, aunque rara vez los aplican a ellos mismos. Leer, como ahorrar energía, es una actividad recomendable para los otros. Tres publicaciones recientes, sin embargo, se ocupan, desde perspectivas diversas, de las posibilidades de la lectura.

El arte de la lectura en tiempos de crisis (Océano), de la antropóloga francesa Michèle Petit, demuestra, mediante el estudio de casos, los poderes reparadores y de reconstrucción del leer en circunstancias de crisis o pérdida, ya sea personales (desamores, enfermedades, traslados o duelos) o colectivas (guerras, atentados, secuestros).

El acto mismo de la lectura es abordado en Saber leer (Aguilar), de Giovanni Parodi, Marianne Peronard y Romualdo Ibáñez, que se presenta como una obra orientada a un público amplio, con una perspectiva “psicosociolingüística” -aviso puede disminuir la amplitud del público- para ayudar a divulgar “lo que significa leer con pericia como lo hace un lector experto” y a aclarar “algunos núcleos conceptuales fundamentales”. Va desde las concepciones de leer, los conceptos de texto y de género hasta el aprendizaje y los textos digitales. Aunque provista de gráficos y ejemplos, suele documentar lo obvio. ¿Qué clase de lector no se percataría que expresiones como “en otras palabras” o “es decir” puestas entre una palabra técnica o nueva y una descripción, implican una suerte de definición?

Por último, en Cómo aprendemos a leer (Ediciones B), Maryanne Wolf plantea cómo la lectura, una invención cultural más bien reciente en términos evolutivos, ocupa estructuras cerebrales antiguas, de manera que, para leer, un cerebro tiene que hacer algunas adecuaciones. Algunos cerebros nunca lo logran o lo hacen imperfectamente: es el caso de los disléxicos, que le interesa particularmente a la autora. En el libro se sostiene que las zonas del cerebro y los circuitos neuronales varían según el sistema de lectura, alfabético (como el nuestro) o no (como el chino). La neurociencia, mediante la tecnología de la neuroimagen, puede demostrar, que se utilizan distintas partes del cerebro en uno y otro caso. Wolf se muestra desconfiada frente al “universo Google”, aunque no aporta ninguna evidencia de que leer en un libro o en una pantalla active el cerebro de forma distinta.

Sin leer, sin saber, sin vivir

El Mercurio. Santiago, Chile. 07/02/2011

Día a Día. Editorial

Se ha discutido bastante sobre la incomprensión lectora promedio de nuestro país, algo evidente para quienes trabajamos en la educación universitaria, pues la mayoría de los alumnos que recibimos vienen sin hábitos de lectura y con muy poco interés por entablar una amistosa relación con los libros. Por ejemplo, forzarlos a concentrase en un volumen de poco más de 100 páginas se les hace cuesta arriba y reclaman por la “excesiva” extensión de la obra.

¿Qué ocurrió para que en Chile y en otros lugares se dejara de leer? Hay varias respuestas. Una de ellas es que nuestra época, de una invasión visual y sonora casi sin límites, apenas impulsa el tiempo, el espacio y el silencio para sentarse en un sillón con un libro en las manos y concentrarse un par de horas en este ejercicio intelectual, mirado por muchos con desdén o sospecha. A tal punto es esto cierto, que, incluso, un buen lector debe dar explicaciones por dedicar parte de su día a esta actividad “improductiva”.

Sin embargo, me sumo a las voces que aprecian sinceramente la lectura, reconocen su necesidad y conservan el gusto por ella, pues las páginas leídas, sea para aprender, disfrutar, comprender, no son una negación de la vida, sino un puente para que nuestro paso por la existencia sea auténticamente humano.

Escolares de colegios particulares muestran poco interés por leer

El Mercurio. Santiago, Chile. 31/12/2010

Estudio de la Universidad de Los Andes.

Se califican como malos lectores, y los docentes no se responsabilizan de ello.

Manuel Fernández Bolvarán

Si bien tener padres lectores ayuda a que los niños se interesen por los libros, el rol de sus profesores es igual de fundamental. Precisamente para saber si los docentes están motivando a sus alumnos a leer, la investigadora de la U. de los Andes Pelusa Orellana hizo un estudio en colegios particulares subvencionados y privados de Santiago.

Al analizar las prácticas de 48 profesores, concluye que estos no asumen como una de sus tareas el desarrollo del interés lector de sus alumnos. De hecho, parecieran no tener las herramientas para hacerlo: “Un 20% de profesores no sabe qué es la lectura recreativa, uno de los tipos de lectura que debieran desarrollar en las aulas para favorecer el placer lector”, dice Orellana, quien dirige la carrera de Pedagogía de la U. de los Andes.

Los docentes sostienen que si los alumnos no se motivan por leer no es su culpa, sino de los padres, que no aportan buenos modelos, o porque los niños carecen de las habilidades. Por eso, no es raro que, al consultar a 2.321 escolares de 2° a 6° básico, el estudio encontrara que se perciben como malos lectores. En una escala de 1 a 4, los alumnos se ponen nota 2. En cuanto a motivación por leer, la nota es 1,9.

“Si bien los resultados de las niñas suelen ser superiores a los de los niños en lenguaje, no se aprecian diferencias importantes entre ellos ni en cuanto a su autoconcepto como lectores ni a la valoración que le dan al tema”, enfatiza la académica.

La desmotivación también es transversal a todos los cursos. El único factor que parece influir en el nivel de interés de los alumnos es si el colegio es bilingüe o no. “Los niños bilingües se consideran mejores lectores y se muestran más interesados por leer”, resume.

Según Orellana, esto puede deberse a factores como el concepto de lectura que manejan los docentes de este tipo de establecimientos o al hecho de que los textos de inglés ofrecen lecturas más misceláneas que los de lenguaje y comunicación.

DESINTERÉS

Sólo 36% de los profesores lleva a sus alumnos cada semana a la biblioteca.