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Alejandro San Francisco: Leer por placer y con pasión

El Líbero, 19 de abril de 2020.

No cabe duda que los libros y la lectura son considerablemente más relevantes que el minúsculo papel que le asignan las sociedades actuales, así como deberían ser más importantes en la vida de cada persona que quiera vivir otras vidas, para lo cual solo le basta con el placer de leer para conocer otros mundos.

Cada 23 de abril se conmemora el Día Mundial del Libro. Habitualmente, para esta ocasión, se organizan actividades culturales para promover la lectura y las librerías hacen descuentos especiales; también hay recuerdos de algún autor o una obra en especial, para resaltar el valor del libro. Este 2020, como muchas cosas, la celebración es muy diferente: la pandemia del coronavirus ha contagiado prácticamente todo, ha detenido muchas actividades productivas y también culturales, las librerías permanecen cerradas al igual que los eventos públicos con grupos más o menos grandes. En definitiva, quienes celebren lo harán en forma virtual o, quizá, de la mejor manera que podríamos rendir homenaje a este día: leyendo.

Leer es un privilegio que vale la pena agradecer y disfrutar. Durante gran parte de la historia de la Humanidad una mayoría importante de la población mundial permaneció en el analfabetismo, quedando fuera de las posibilidades de marchar paralelamente con las creaciones filosóficas o literarias, la aparición de obras históricas o científicas, la irrupción de la prensa o de la folletería política y tantas otras expresiones escritas de la cultura. A comienzos del siglo XXI las cosas son diferentes, pero podemos apreciar también un decaimiento del interés general por la lectura, que aparece derrotada frente a otras atracciones como las televisión, los videojuegos o las redes sociales. Es evidente que los minutos u horas que se gastan diaria o semanalmente en la lectura son prácticamente nada al lado de los que la gente dedica a otras actividades.

Hay muchas razones por las cuales las persona no leen. Desde luego, pueden influir malas experiencias educativas, falta de libros en el hogar, carencia de hábitos en la familia o simplemente una opción personal por otras alternativas de ocupación del tiempo libre. En cualquier caso, siempre es bueno volver a un factor fundamental de la pasión por la lectura: para leer, es necesario hacerlo por placer. Esto no implica que en algún momento no estemos obligados a leer un libro o un artículo para rendir un examen en el colegio o en la universidad, o por obligación laboral. Sin embargo, difícilmente eso se transformará en un hábito si la razón principal o única para haberlo leído fue la obligación escolar o profesional.

Nuccio Ordine ha señalado que “las grandes obras literarias o filosóficas no deberían leerse para aprobar un examen, sino ante todo por el placer que producen en sí mismas y para tratar de entendernos y de entender el mundo que nos rodea” (en Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal, Barcelona, Acantilado, 2017). En la misma línea, el crítico literario Ignacio Valente sostiene que “hay que leer por un imperativo del placer, por el extremado gusto que la lectura nos proporciona”, asegurando que “si la gente no lee, no es porque no conozca su deber. Es, más primordialmente, porque no sabe gozar” (en Crítica escogida, Santiago, Ediciones Tácitas, 2018).

Podría argumentarse en contra que llegaron a esa conclusión dos personas muy especiales, que han dedicado parte importante de sus vidas a leer y a promover la lectura, a hacer clases y a comentar libros, a disfrutar del placer de la lectura y a vivir esos mundos que emergen en cada libro. Es verdad. Sin embargo, hay muchas experiencias en la historia que muestran que el tema es mucho más profundo y amplio, y que la lectura no solo es una actividad placentera, en el sentido mínimo de la palabra, sino profundamente humana y realizadora.

Por ejemplo, tenemos ejemplos del siglo XX que nos muestran cómo en los campos de concentración se formaban círculos de lectura y comentarios sobre autores determinados; algunas obras extraordinarias debieron sortear la censura y la persecución, y solo pudieron nacer algunas décadas después  –incluso cuando sus autores estaban muertos– o bien tuvieron que ser publicadas en el exilio; un libro, una pequeña biblioteca, se transformó en la salvación infantil de una niña que acompañó a sus padres en las rutas del Gulag; algún profesor pudo rescatar a sus estudiantes de la droga o la delincuencia precisamente porque los motivó con la lectura y las posibilidades que ofrece esta vida, frente al abatimiento previo de sus existencias. Y así podríamos seguir con tantos ejemplos que afirman esta grandeza cotidiana, abierta para todos y a la que todos están invitados, como es leer, disfrutar los libros, transformar la lectura en un hábito y una pasión.

A la hora de elegir resulta claro que podemos tener preferencias distintas, gustos e intereses que nos motivan a leer poesía o novela, ensayos o historia, filosofía o política, actualidad o textos más clásicos. Hay quienes han señalado que prefieren historias largas, con cientos de páginas, ambiciosas y con aspiración de totalidad; otros quizá se motivan por libros breves, pero sabios (El PrincipitoEl hombre en busca de sentidoApología de Sócrates). Algunas personas se motivaron a leer una obra por consejos de amigos o profesores, otros por reseñas o por comentarios de escritores; hay quienes siguen a algún autor específico o un tipo de literatura (poesía, memorias, literatura fantástica, realismo); no faltan los que cultivan la lectura por países o regiones (el “boom latinoamericano”; los rusos, habitualmente largos y duros existencialmente; autores españoles o norteamericanos, y así cada uno con sus preferencias).

Entre los mejores libros que he leído en mi vida, los hay de orígenes muy diversos. Uno me lo recomendó algún profesor y estuvo esperando largo tiempo en la biblioteca antes de leerlo (más de dos décadas tardé en abrir La hora 25, de Virgil Gheorghiu); otros fueron comentarios o regalos de amigos, que agradecí mucho después de leerlos; había libros a pie de página de una obra que leí por razones profesionales (así llegué a Stefan Zweig y su extraordinario El mundo de ayer); incluso un jefe me dijo que no podía dejar de leer alguna obra (así llegué a Carlos Ruiz Zafón y La sombra del viento); un curso universitario me hizo conocer la literatura de C. S. Lewis y J. R. R. Tolkien; un tío me animó siendo muy niño a que leyera al poeta Pablo NerudaLos Miserables fue una invitación a la lectura a través de un magnífico comentario que leí de Mario Vargas Llosa. Y así cada uno puede contar su propia historia.

En lo personal, debo decir que soy lector tardío y que hasta los 18 años solo me motivaba el fútbol. Recién pasados los cuarenta años leí a varios franceses del siglo XIX (Stendhal, Flaubert, Balzac), gracias a un extraordinario taller de lectura con Mercedes Monmany (que continuó con otro sobre autores rusos). ¿Había perdido el tiempo previamente? No lo pienso así, y en todo caso da lo mismo. Cada persona vive su propia experiencia y solo me queda agradecer a profesores, amigos, parientes y escritores por abrir las puertas al maravilloso mundo de la lectura. Son admirables lectores como Mario Góngora, de quien podemos leer en su Diario (Santiago, Editorial Universitaria / Ediciones UC, 2013, Edición crítica de Leonidas Morales) como leyó más de ¡500 libros! en tres años, mientras cursaba además sus estudios de Derecho. Sin duda un caso excepcional. También es notable la iniciativa de la escritora y académica María José Navia, quien día a día está recomendando escritoras a través de su cuenta de Twitter, lo que permitirá a muchas personas conocer autoras y seguramente se animarán a leer algunas de sus obras. Otros tendrán diferentes experiencias y cada uno su propia historia, ciertamente menos abundante que los casos mencionados. Pero igual podremos gozar de la lectura, cada uno con su ritmo y tiempos.

Creo que exagera Todorov cuando afirma que “la literatura es la ciencia humana más importante” (en Leer y vivir, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2018). Pero no cabe duda que los libros y la lectura son considerablemente más relevantes que el minúsculo papel que le asignan las sociedades actuales, así como deberían ser más importantes en la vida de cada persona que quiera vivir otras vidas, para lo cual solo le basta con el placer de leer para conocer otros mundos.

Libros e inteligencia emocional

Los libros pueden ser grandes aliados a la hora de fomentar el desarrollo de la inteligencia emocional en los niños. Pero ojo: los expertos no recomiendan volúmenes que les dicen qué hacer o explicitan mensajes valóricos demasiado definidos. Lo ideal, coinciden, son las buenas historias, donde se presentan situaciones con las que ellos pueden identificarse. También los textos que incluyen actividades que los invitan a reflexionar, crear y expresarse.

Sofía Beuchat, Revista Ya de El Mercurio, Martes 6 de agosto de 2019.

El concepto de inteligencia emocional en los niños, no difiere demasiado del sentido que esta expresión tiene en los adultos. Finalmente, se trata de entender nuestros sentimientos y saber modular las intensas emociones vinculadas, por ejemplo, con la rabia o la pena. Pero, en los más pequeños, este es un aprendizaje que se puede reforzar mucho con ayuda de libros. En especial cuando se trata de historias que tocan temas en los que ellos pueden reconocerse: la llegada de un hermano, la muerte de una mascota, la separación de los padres.

-Un libro es siempre un maravilloso regalo. La literatura, en general, es por excelencia un lugar propicio para aprender sobre inteligencia emocional. Cuando leemos historias con situaciones, personajes y conflictos, tendemos a vivenciar eso mismo. Uno se va imaginando ahí, piensa en cómo uno reaccionaría. En ese sentido, las buenas historias te permiten ponerte en el lugar de otros, desarrollar empatía, entender lo que se siente y aprender a reaccionar, a contenerte -dice Pelusa Orellana, PhD en Educación por la Universidad de North Carolina at Ghapel Hill y vicedecana de Investigación en la Universidad de los Andes.

Pero la elección adecuada de los libros es fundamental para potenciar este aprendizaje en los niños. La idea es estimular en ellos el placer de la lectura, y no pretender que lean con el objetivo de aprender o informarse, como tanto hacen los adultos. En ellos, los volúmenes demasiado didácticos, demasiado explícitos en su enseñanza, pueden generar rechazo. En especial de tercero básico hacia arriba, edad en la que Pelusa Orellana recomienda que empiecen a elegir sus propias lecturas.

– Soy una enemiga del tono manual, del hay que hacer tal cosa en tal situación -precisa.

Una opinión similar tiene Claudio Aravena, educador y gerente de Desarrollo de Fundación La Fuente, quien lleva más de 15 años trabajando en el fomento de bibliotecas para escolares:

– Las buenas historias hablan por sí solas y ayudan mucho más que esos textos que tienen un membrete valórico demasiado evidente -dice.

A su juicio, los libros muy dirigidos, conducidos, coartan la posibilidad de que los niños puedan desarrollar sus propios valores. En cambio, esto se potencia con la buena literatura y también con los volúmenes que les permiten expresarse, dibujar, anotar cosas, crear y reflexionar. Conocerse más, en definitiva.

Los especialistas coinciden en que la lectura es un espacio fecundo para conversar con los niños sobre las emociones, ayudarlos a procesar lo que sienten e incluso abordar asuntos morales y éticos. Cuando son muy chicos, este diálogo es clave para algo tan fundamental como el desarrollo del lenguaje, y las ilustraciones son de gran ayuda para ello. Pero, recalcan, no puede desarrollarse en un clima “de tarea”: debe ser lo más espontáneo posible. La sobreintervención, recalca Pelusa Orellana, puede ser contraproducente.

– A todo libro se le puede buscar un contenido relacionado con la inteligencia emocional si se trabaja sin sermonear -acota.

Escogidos

“Es tu turno, Adrián”, de Helena Öberg, con ilustraciones de Kristin Lidström (Ekaré, 2017)

Según Claudio Aravena, de Fundación La Fuente, las editoriales nórdicas destacan por su buen trabajo en literatura infantil, y este libro es un buen ejemplo. Aborda temas universales -la amistad, la vulnerabilidad y la diversidad- a través de la historia de un niño que todos los días va al colegio con un nudo en el estómago. Es tímido, suele ser blanco de burlas y tiene pavor a leer en voz alta o hablar en público. En 2015, esta novela gráfica fue nominada al August Prize, premio literario sueco que la Sweedish Publisher’s Association entrega desde 1989.

“Con todo mi yo”, de Carolina Bunge y Laura Hurtado (Laurel Editores, 2018)

Carolina Bunge es psicóloga con magíster en Psicología Infanto-Juvenil; Laura Hurtado es ilustradora. Juntas crearon este libro que ha sido definido como “un diario de autoconocimiento infantil”, porque permite a los niños llevar un registro de su mundo interno, de manera libre y creativa, en compañía de acuarelas que hablan del valor de lo imperfecto, del trazo no tan definido, de la mancha. Carolina explica que el libro les ayuda a conocerse mejor, a fortalecer su autoestima e identificar las cualidades que les permiten ser más resilientes. “Cada página es una invitación a la expresión emocional, a la fantasía y a la creatividad”, dice. El libro va haciendo preguntas, que los niños responden escribiendo o dibujando y que les permiten conectarse con su cuerpo, sus sensaciones, sus sentimientos. Por ejemplo: “El camaleón cambia de colores según la ocasión. ¿Tú cambiar tu forma de ser con distintas personas?” o “Escribe dentro de estas alas las cosas favoritas de tu vida, que de solo pensarlo te hacen volar”. El resultado es un registro precioso, ideal para guardar y revisitar años después. Según la psicóloga, es apropiado para niñas y niños de 6 a 12 años; entre los 4 y los 6 se puede trabajar con la guía de los padres u otros adultos.

“El árbol de los recuerdos”, de Britta Teckentrup (Hueders, 2015)

La ilustradora alemana Britta Teckentrup -formada en el Royal College of Arts y en Central Saint Martins, ambos en Londres- ha escrito más de 30 libros, los que han sido traducidos a más de 20 idiomas. Claudio Aravena, de Fundación La Fuente, recomienda este volumen en particular para ayudar a los más chicos a procesar el siempre complejo tema de la muerte de un ser querido. Aquí se aborda con ternura, sin negar el dolor, a través de la historia de un zorro que “decide ir a dormir para siempre” y el poder sanador de los recuerdos. El gremio de libreros de Madrid le entregó el premio al mejor álbum ilustrado. Desde los 6 años.

“Ni calladitas ni perfectas”, de Nerea de Ugarte (Penguin, 2019)

Creado por la impulsora del movimiento La Rebelión del Cuerpo y la fundación Niñas Valientes, este libro invita a niñas y adolescentes a rebelarse contra la presión social por cumplir con estereotipos, tanto físicos como de otro tipo. Si bien entrega información “dura” sobre el tema -algunas estadísticas sobre la falta de autoaceptación son impactantes-, su tono apunta a empatizar con las jóvenes lectoras, hablándoles en su idioma sobre lo que viven a diario: el miedo a defraudar, a parecer “tonta”; la inseguridad; las dudas sobre la propia capacidad de liderar. Incluye ejercicios y espacios para anotar las propias reflexiones. Recomendable para niñas de 6 a 14 años.

“Pueblo frente al mar” de Joanne Schwartz, ilustraciones de Sydney Smith (Ekaré, 2019)

Pelusa Orellana, de la Universidad de los Andes, destaca este libro por su belleza y también por su capacidad de evocar la empatía, esa capacidad de ponerse en el lugar del otro y que en general no fluye con facilidad en muchos niños. Es un cuento aparentemente simple, donde todo gira en torno a las reflexiones de un niño sobre el precario trabajo de su padre, en una mina bajo el mar. El libro ha ganado ya cuatro premios de literatura infantil en Canadá y Estados Unidos. Ideal para mayores de 6 años.

“Cerebros en construcción”, de Facundo Manes y María Roja (Planeta, 2019).

Al ver la tapa, puede pensar que este libro trae una serie de ejercicios y juegos de ingenio, pero no: su idea de “desarrollar el cerebro” es mucho más amplia: habla de emociones, enseña hábitos sanos -como la buena alimentación, la higiene del sueño, la regulación del tiempo de exposición a pantallas- y hasta analiza el valor de una buena vida social. Todo esto planteado como un juego y en tono de aventura, en un lenguaje cercano y atractivo para los niños, que incluye actividades y espacios para autorreflexión. Los autores -Facundo Manes, neurólogo y neurocientífico argentino; María Roja, psicóloga argentina- explican que el objetivo es ayudar a los niños a lograr lo que llaman “capital mental”: una reserva de bienestar que les ayudará a ir sorteando los desafíos que inevitablemente se presentarán. Llaman a hablar con adultos de confianza al sentirse rechazado, estresado o con problemas relacionados con la autoimagen. Recomendable para niños y niñas de 8 a 12 años.

“El árbol de la escuela”, de Antonio Sandoval (Kalamandraka, 2016)

El protagonista de este libro es un árbol que crece con el amor de los niños, clara metáfora del poder del afecto. Pelusa Orellana destaca, además, su capacidad de estimular en los niños la generosidad y transmitir el valor que tiene el cuidado del medio ambiente, asunto que por estos días tiene gran poder de convocatoria. Además, habla sobre trabajo colaborativo. Ideal para niños entre 6 y 8 años.

Opinión: “El turismo de la lectura”

Miércoles 22 de junio de 2016, Mirada propia, Licenciado Piña, HoyxHoy.

Mientras aquí se exagera con nuestra salud mental y física y se construye casi una farmacia por cuadra, en la pequeña localidad de Quintanalara (Burgos, España) apostaron por exagerar la lectura y dispusieron una biblioteca con 16.000 libros para un pueblo de tan solo 33 habitantes. Aunque suene increíble: su idea es generar un turismo basado en la lectura. Allí hay casitas de piedra habitadas por 33 personas, de las cuales solo nueve residen todo el año bajo un anonimato que también poseen los libros. Porque no tienen museos ni importantes autores que por sus calles hayan vivido o escrito. Es decir, no hay casas nerudianas ni peregrinajes mistralianos al Valle del Elqui, ni menos mega edificios con una programación cultural desconectada con el pulso del día a día, y que por aquí constituyen un orgullo cultural-comercial único. Quizás, pensaron en Quintanalara, el libro basta, pues en sus páginas está el inicio del recuerdo y de la historia. No interesa qué escapa de él. Menos en qué silla se escribió o qué pluma se utilizó. La biblioteca de aquella localidad es, en definitiva, un centro cultural creado sin una necesidad de homenaje más que a la lectura. He allí su trascendencia que está desprendida de la caducidad de los monumentos. Por lo mismo, Quintanalara no queda más lejos de lo que pueda imaginarse que está, pues su turismo-lector, de seguro carísimo para la actual billetera sudamericana, está accesible en lo que nos demoramos en hallar y empezar con un buen libro.

Opinión: “La hazaña de leer”

Miércoles 22 de abril de 2015, LICENCIADO PIÑA, Mirada Propia, Miércoles de Libros, HoyxHoy

Leer un libro es lo más parecido a mirarse en un espejo roto. En la desesperación de armarlo, de hallarle un sentido al acto de hojear letras que no se sabe adónde nos llevarán, es que se habla de una mística de la lectura cuyo corazón conlleva una sufrida búsqueda por reflejarnos en una obra. De allí que se hable de una intimidad entre lector y autor. De allí que se busquen los huesos de Cervantes. De allí, también, que se celebre un Día del Libro para destacar lo bonito que es leer.

Sin embargo, para lectores y no, esta celebración, que será mañana, es una burla. Y no sólo por los ofertones de librerías o por las lecturas públicas que remarcan lo ridículo que puede llegar a ser la desesperación del fomento lector, sino porque devendrán una sarta de discursos de sobremesa de autoridades que argumentan esa superación personal que implica leer, en un sentido social y económico. Utopías. Leer no involucra ser mejor individuo o trepar en el escalafón social. En literatura, por ejemplo, no hay finales felices. Los humanistas se ahogan en penurias monetarias.

Celebrar un día del libro remarca esa dinámica cotidiana de pintar un país que no es tal, que vicia a nuestros niños con sistemas de lecturas antiquísimos, a títulos universitarios comprados con el valor del bolsillo y no con el estudio y, lo que es peor, que idealiza a una sociedad lectora cuando leer es justamente lo inverso: un proceso personal y crudo que destapa ese temor que cada cual lleva por dentro y que urge por salir. De allí que leer sea cosa de valientes.

Opinión: “De cuánto leer”

Columna de opinión de Pedro Gandolfo publicada en la página editorial del diario El Mercurio el Sábado 5 de enero de 2013

La lectura debe recuperarse como un exquisito y refinado placer, pero que, como los mejores vinos, es bueno paladear en pequeñas dosis.

Extremadamente poco. En verdad, de esta columna lo esencial está dicho en esas dos palabras iniciales. Es un error pensar que la lectura es un asunto de cantidad. Leo en este diario que uno de los puntajes máximos de la PSU se jacta de leer unos 40 libros al año, una maldición para mí que, sólo por las obligaciones de mi oficio de crítico, debo leer algo más que ese número.

Alguna vez escuché que, según estándares de la Unesco, un “buen lector” es quien lee cuatro o más libros al mes. La cifra, dicha de ese modo, tan escueta y sin matices, siempre me pareció una estupidez, un abuso de la estadística, como diría Borges.

Los libros son singularidades inconmensurables. La lectura de la Metafísica de Aristóteles, La crítica de la razón pura de Kant o Ser y Tiempo de Heidegger no puede ser medida por el mismo rasero que la de una novela de Agatha Christie o una rosa de Corín Tellado, ni estas con el de un relato de Joseph Conrad, un ensayo de Montaigne, Las memorias de Adriano o El Opus Nigrum de Marguerite Yourcenar o Al faro de Virginia Woolf.

Cada libro pide de cada lector una respuesta distinta (porque leer es corresponder al texto), la cual en cada caso posee su propio tiempo, ritmo y forma de aproximarse. ¡Qué breve es, por ejemplo, el libro del Tao, y, sin embargo, cuán morosa e inacabable es su lectura!

El leer bien, que es la única lectura recomendable, no es un asunto acumulativo ni que tenga que ver con guarismos de ningún tipo. John Ruskin, en un célebre ensayo sobre la lectura, lleva este argumento al extremo: “Podrías leer todos los libros del Museo Británico (si vivieras lo suficiente para ello) y al mismo tiempo seguir siendo un simple “iletrado”, una persona sin educación; pero si leéis 10 páginas de un buen libro, letra a letra -es decir, con auténtico esmero-, os encontraréis en cierto modo por encima de una persona educada”.

No es leyendo mucho que se llega a leer bien, sino que lo esencial es enseñar a leer bien, esmeradamente, aunque sea poco lo leído y, quizás, porque sea poco. Esa lectura de lo poco significa, con todo, de parte del lector, en absoluto pereza, sino un ejercicio máximo de sus capacidades cognitivas y sensitivas.

La lectura no debe ser propuesta como un ascenso al Everest, como si nuestra educación terminara una vez que hayamos subido a la cima de una montaña de libros. Al contrario, pienso que debe recuperarse como un exquisito y refinado placer, cuyo gozo requiere cultivo, por cierto, pero que, como los mejores vinos, es bueno paladear en pequeñas dosis, para que las ganas estén siempre insatisfechas, la curiosidad despierta y la palabra eche raíces.