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Opinión: “¿Cuánto más podemos leer?”

El Plan Nacional de la Lectura se ha propuesto objetivos ambiciosos en el aumento de las cifras de los lectores chilenos. Son metas difíciles de alcanzar, pero hoy más que nunca las consideramos posibles.

Ernesto Ottone, Ministro de Cultura, Opinión & Posteos, Revista Qué Pasa, 6 de mayo de 2016.

Qué bien habla de la sociedad chilena que las disputas en torno al libro sigan ocupando titulares. Es sorprendente que una niña de 17 años haya movilizado a miles de personas a través de redes sociales para pedir la rebaja del IVA al libro. ¿Quién dijo que a nuestros jóvenes chilenos no les gusta leer? No sólo les gusta sino que les preocupa cómo poder acceder a la lectura, que es justamente lo que nos interesa fomentar a todos.

Se ha cumplido un año desde que la Presidenta de la República dio el vamos a la nueva Política Nacional de la Lectura y el Libro 2015-2020. Un marco institucional que contiene orientaciones que han guiado y guiarán nuestro camino hacia este objetivo. Esto significa un esfuerzo transversal único en la historia de las políticas culturales de Chile que resulta de un proceso participativo, en el cual más de 700 actores del ecosistema de la lectura y el libro dieron a conocer los principales temas de su quehacer y definieron los objetivos para el desarrollo del sector.

Entre los participantes de las mesas de trabajo que funcionaron entre agosto y octubre del 2014 en Santiago y regiones se cuentan autores, editores, representantes de la Cámara Chilena del Libro, de los Editores Independientes de Chile, de la Cooperativa Editores de la Furia; representantes de la Asociación Gremial de Industriales Gráficos, Asimpres; libreros, SECh, Letras de Chile, entre otros organismos e instituciones públicas y privadas que hoy hacen de la Política de la Lectura y el Libro una herramienta de trabajo concreta para los próximos cinco años.

En ese sentido, me gustaría destacar lo que ha sido el primer aterrizaje y concreción de la política y continuidad del Plan Nacional de Fomento de la Lectura Lee Chile Lee. Me refiero al Plan Nacional de la Lectura. Un instrumento que se ha propuesto números ambiciosos, entre los que se cuenta aumentar en un 10% la población que declara leer libros en formato impreso, por motivos de estudio o trabajo, o por entretención u ocio; y aumentar del 26% al 28% la población que declara leer libros en formato digital.

Estas cifras, proyectadas en base a los resultados obtenidos en los dos estudios de comportamiento lector realizados por el Consejo del Libro en 2011 y 2014, respectivamente, son difíciles de alcanzar, pero hoy más que nunca las consideramos posibles. Esto gracias a que las acciones diseñadas para lograrlas han sido creadas tomando en cuenta los saberes y acuerdos de estos actores en cada una de las regiones del país.

Es así que otro de los objetivos principales del Plan Nacional de la Lectura ha sido impulsar la creación de planes regionales de lectura, considerando cada contexto para generar un real impacto en las distintas realidades del país. Esta es una medida inédita, pero ineludible en vista a la evidencia de que frente a un problema tan estructural como la falta de lectores, las medidas centralizadas (territorial e institucionalmente) están destinadas al fracaso.

Las once instituciones públicas que forman parte del plan se encuentran llevando a cabo 40 programas de fomento lector a lo largo de Chile, tan diversos como el impulsado por Mineduc de bibliotecas de aula en las salas de clases de prekínder a segundo básico, una biblioteca pública digital con 12 mil títulos disponibles desarrollada por la Dibam, el programa de visitas de escritores a escuelas públicas del Consejo de la Cultura o la inclusión de libros en el Programa de Apoyo al Recién Nacido de Chile Crece Contigo.

Esta labor conjunta nos permite instalar un horizonte común. Un horizonte que incluye a la sociedad civil y el Estado bajo un solo gran compromiso: hacer de Chile un país de lectores y lectoras durante todo el ciclo de la vida, desde la más primera infancia hasta la adultez.

Los libros que necesitan nuestros hijos

Neva Milicic, Sicóloga y autora del libro “Cuánto y cómo los quiero”, Escuela para padres, Revista Ya, El Mercurio, Martes 3 de Octubre de 2006.

A veces pareciera que no se concede la suficiente importancia al papel que la lectura juega en la vida de las personas. Gran parte de la información que se tiene proviene de ella, y sin duda leer puede ser un gran placer para muchas personas.

Que leer es importante, en el contexto escolar, es un asunto fuera de discusión. Por sí sola se dice que la lectura explica el cincuenta por ciento de la varianza del rendimiento escolar. Entre los malos lectores, se encuentran la mayor parte de los estudiantes que repiten de curso.

Además de los factores genéticos que puedan explicar el hecho de ser un buen lector o un niño disléxico, la influencia de la familia en el interés del niño por la lectura es decisiva. Los niños aprenden ya en el período preescolar a querer los libros, cuando sus padres les cuentan cuentos y les proveen libros atractivos, de manera de garantizar que el encuentro con ellos esté lleno de magia. Un niño así estimulado asociará la lectura con afecto, con agrado y con una oportunidad de aprender cosas relevantes.

Cuando Constanza hojea sus libros de animales y grita ¡guau! cuando ve un perro en el dibujo correspondiente, y muestra con su dedito para que le digan el nombre del oso, no sólo aprende el nombre del oso, sino que aprende que de los libros se obtiene información relevante. Y este efecto no es menor; por ello se recomienda que los regalos de los abuelos y los tíos incluyan libros que llamen la atención de los niños por sus ilustraciones y coloridos.

Cuando van creciendo, la mejor manera de favorecer una actitud positiva frente a la lectura es seguirle sus intereses. El fenómeno Harry Potter, que logró que niños que eran pésimos lectores esperaran con ansias por cada nuevo tomo de la autora inglesa, algunos de los cuales tenían más de cuatrocientas páginas, demuestra lo central que resulta la motivación por el tema que se lee. Para orientarse en la lectura de los niños hay un sitio español en internet que puede ser de utilidad: http://www.sol-e.com.

En una biblioteca personal de niños o adolescentes se recomienda que haya diversidad de textos:

-Libros bien ilustrados, que favorezcan el gusto estético.
-Libros de textos breves que introduzcan a la lectura.
-Libros que cultiven la fantasía y la imaginación.
-Libros muy literarios.
-Libros de conocimientos, por ejemplo de geografía y naturaleza.
-Libros de arte.
-Enciclopedias, diccionarios.
-Cd rom, cassettes.

Estos libros deben estar al alcance de los niños para que puedan ser hojeados cuando quieran. En este sentido, que el niño tenga su propio rincón de lectura, desde donde puede disponer libremente de sus libros, es altamente aconsejable.

Los libros deben ser vividos como espacios de encuentro y diálogo, no como una presión. Intente sintonizarse con los intereses de los niños, pasee con ellos al menos una vez al mes por las librerías durante una media hora. Si usted es buen lector no exagere, puede producir sobresaturación.

Si usted no es muy buen lector, busque temas de lectura que le interesen y ojalá su hijo lo vea leer. Recuerde que también en esta área el aprendizaje por modelo es esencial.

“El beneficio social de la cultura”

Si queremos tener un país más educado, más creativo, que no se lamente en el futuro por lo que perdió, debemos incorporar políticas públicas para cultura a la agenda política.

Magdalena Krebs K., Directora Centro Nacional de Conservación y Restauración.

El Mercurio, Domingo 25 de diciembre de 2005.

Durante 2005 nos hemos enterado de que los museos Precolombino y San Francisco atraviesan por una delicada situación financiera, que el Teatro Municipal continúa teniendo extremas dificultades para costear sus programas y que la radio Beethoven se encuentra a punto de cerrar. Es dramático: son todas entidades de excelencia, poseen colecciones de mucho valor o prestan servicios de gran calidad.

¿Por qué es tan difícil sostener las actividades culturales en Chile? ¿Se considera la cultura un bien suntuario?

Nadie discute que las prioridades del país sean mejorar la calidad de la educación, la salud y la vivienda. Sin embargo, pretender que la educación del país pueda cambiar significativamente, actuando sólo en escuelas y claustros universitarios es una ingenuidad. La educación no la constituyen solamente la cantidad de lecciones impartidas, sino el nivel de valoración que le otorgue la sociedad completa al conocimiento. Es indispensable instalar el tema de la educación y por ende de la cultura como un valor, como una aspiración nacional, ofreciendo espacios de desarrollo a las familias, donde se den oportunidades para ver más, pensar más, comparar más y desarrollar un espíritu crítico.

Causó gran impresión el estudio que señaló, un tiempo atrás, que un 80% de la población chilena tiene dificultades para comprender lo que lee. ¿Cómo sorprenderse, si una vez que se concluyen los estudios formales, existen escasas oportunidades de ejercitar lo aprendido? La lectura, internet, el cine, la música, el teatro, la danza y los museos ofrecen oportunidades para seguir educándose y sin duda para entretenerse.

Un beneficio social apreciable de los centros urbanos, con sus edificios emblemáticos y sus espacios dedicados a la cultura, es que son lugares de interacción social que generan sentido de pertenencia y forjan identidad, preocupación creciente en el globalizado mundo en que nos toca vivir y competir. La cultura genera también beneficios económicos. No es casualidad que Isla de Pascua, San Pedro de Atacama y el valle del Elqui sean turísticamente relevantes. Lo son, porque conjugan naturaleza y cultura. Y hay también beneficios sociales silenciosos: ¿cuántos saben que las bibliotecas públicas tienen una importante afluencia los días lunes, pues muchos acuden a revisar los avisos económicos en busca de trabajo?

Es hora de formular políticas públicas que asignen con eficiencia los aportes del Estado y que permitan acrecentar el mecenazgo. Me animo a proponer algunas ideas:

Es indispensable contar con un diagnóstico de los servicios, usuarios y presupuestos de la institucionalidad cultural que percibe financiamiento estatal, incluyendo al recientemente creado Consejo de la Cultura. Sería relevante conocer el valor económico que tienen los edificios que albergan museos, bibliotecas o teatros y también sus colecciones, vinculando metros cuadrados, objetos patrimoniales o actividades a financiar con usuarios. Ello debiese hacerse para todo Chile, de manera de establecer densidades y carencias. Tal vez podríamos ser audaces y reunir instituciones con características similares con el fin de bajar costos, sumar capacidades y tener menos pero mejores entidades. Y urge repensar la Ley de Monumentos Nacionales, donde hoy el Estado sin asumir responsabilidad alguna impone costos sobre bienes ajenos.

Debe reestudiarse el financiamiento. Se ha planteado el mecenazgo como una alternativa, pero éste se encuentra estancado en parte debido a las desafortunadas modificaciones a la ley Valdés y en parte a que siempre se acude a las mismas empresas. Reponer esta ley no basta: ¿por qué no atreverse a estudiar la legislación que ampara los grandes fideicomisos norteamericanos? ¿Por qué no abrir las instituciones a una gestión más abierta y transparente, incorporando a la sociedad civil a sus decisiones?

Los recursos del Estado para cultura se han enfocado tradicionalmente a fomentar la oferta; sería útil estudiar bien a los usuarios y orientarlos a la demanda. En vez de crear nuevas entidades podríamos destinar recursos a publicitar lo existente de manera de ampliar sus áreas de acción. Si queremos tener un país más educado, más creativo, que no se lamente en el futuro por lo que perdió, por lo que no fue capaz de sustentar, debemos incorporar políticas públicas para cultura a la agenda política.

Opinión: “Lectura y pereza”

En el preciso momento en que un libro nos muestra su máxima virtud, allí también señala su insuficiencia.

Columna de opinión de Pedro Gandolfo publicada en la página editorial de El Mercurio, 28 de agosto de 2004.

“Acaso no hay en nuestra infancia días que hayamos vivido tan plenamente como aquellos que creímos dejar sin haberlos vivido, aquellos que pasamos leyendo un libro favorito”. Así empieza Proust su ensayo sobre la lectura. La afirmación, escrita desde una aparente madurez y sabiduría, reivindica esos días que se fueron leyendo un libro (los más plenos) y que, sin embargo, en aquel momento parecieron perdidos.

La tensión entre lectura y vida, que el niño Proust resuelve a favor de ésta (y, por eso, lee culposamente), y que el ya adulto Proust, en cambio, parece resolver a favor de aquélla, lo acompañará, no obstante, siempre: a veces, la vida le resta horas para esa lectura esencial, retardada durante demasiado tiempo; a veces, es esta última la que se convierte en un enfermizo pasatiempo, que lo priva de los verdaderos goces de la amistad, del amor o del espíritu.

Siendo el autor francés un hombre que, finalmente, hizo de su vida una obra literaria, estuvo muy consciente de los beneficios de la lectura, pero, a su vez, de sus estrictas limitaciones: “La lectura se halla en el umbral de la vida espiritual; puede introducirnos en ella, pero no la constituye”. ¿Cuál es ese umbral en el que se detiene? Allí donde “las conclusiones” (para el autor) se convierten en “incitaciones” (para el lector).

Los buenos libros, llevados a los límites de sus posibilidades, nos inducen a plantearles preguntas para las cuales no tienen respuestas; en verdad, más bien generan deseos, “al alzar parcialmente ante nosotros el velo de la fealdad y de la insignificancia que nos deja insensible ante el universo”. Paradójicamente —señala Proust—, si la lectura es sana, cuando percibimos el máximo de belleza que un autor puede lograr, al mismo tiempo nos atrapa el sentimiento de que “todavía no nos han dicho nada”, y de que, por ende, el final de su sabiduría ha de ser el comienzo de la nuestra. En el preciso momento en que un libro nos muestra su máxima virtud, allí también señala su insuficiencia.

Hay, con todo, una excepción: se dan ciertos casos patológicos, de depresión espiritual, para los cuales la lectura puede convertirse en una disciplina curativa: a través de repetidas incitaciones, lograría encauzar a una mente perezosa hacia la vida del espíritu.

La pereza consiste, en este caso, en la incapacidad para descender espontáneamente a las regiones profundas de sí mismo. Se vive, entonces, en la superficie, en completo olvido de lo que se es, en una suerte de pasividad, a merced de los goces y penalidades que excitan y envuelven. A menos que un impulso exterior lo venga a reintroducir, de cierto modo a la fuerza, en la vida del espíritu, donde encuentre súbitamente el poder de pensar por sí mismo y de crear.

Proust tiene la convicción, no obstante, de que el trabajo fecundo del espíritu sobre sí mismo sólo se logra en soledad. El auxilio del otro no puede provenir, por consiguiente, de la amistad o de la benévola conversación. Es en esa encrucijada donde la lectura jugaría un papel precioso: el buen libro se tiende hacia el que se hunde en la pereza; desde el exterior, aunque sin vulnerar su soledad.

“Monos con biblioteca propia”

Viene un reality show en que los adolescentes podrán leer. ¿Títulos adecuados? Richard Bach, Paulo Coelho, Marcela Serrano. Algo de García Márquez, para que el asunto parezca mínimamente culto y, por qué no, “El día decisivo”, de Pinochet.

Columna “Tiro al aire”, de Jaime Collyer, Las Últimas Noticias, Domingo 16 de marzo de 2003.

Se nos informa con beneplácito que el próximo reality show, esa especie de caverna contemporánea en que ahora se encierra a los adolescentes para que se martiricen durante semanas, tendrá una biblioteca. Es la competencia diseñada por TVN para compensar la ventaja que el rival les ha sacado en estos meses.

Con un grupo de amigos nos encerramos a comentar el asunto y especular en torno a los títulos que habrá de contener esa biblioteca anunciada. ¿Qué libros serán los seleccionados para fomentar la introspección entre los enclaustrados?

De inmediato nos surgen algunos títulos posibles. Seguro que estará la muestra completa de los chicos McOndo, que resultan todos muy estimulantes para cualquier biblioteca juvenil empeñada en subir el ráting y para que los muchachitos redescubran el valor del malditismo (dentro de un orden, se entiende). Y “El principito” de Saint-Exupery, que se lee rápido y fácil, y hasta viene con ilustraciones, para los que deseen ahorrarse el texto.

Alguien propone además “Juan Salvador Gaviota”, para que haya una pizca de esoterismo light, como solía gustarnos a los espíritus añejos de los 70, cuando a la confrontación entre “upelientos” y “fachos”, el tal Richard Bach oponía su gaviota individualista y remota, que buscaba por su cuenta su propia realización entre las nubes. ¿Y qué otros libros? Paulo Coelho, desde luego: el nuevo favorito del star system, un gurú como debe ser, desideologizado y neutral, como la papilla que se sirve a las guaguas. Es un mundo en esencia desideologizado y Coelho su profeta. Y si se trata de conflicto, se puede incluir algo de Marcela Serrano, una novela y media de las suyas, para que alguna de las adolescentes destinada a la mazmorra las extraiga cada tanto de los anaqueles y emplace a sus coetáneos varones por sus abusos milenarios.

Después, los tópicos que todo el mundo cita alguna vez: algo de García Márquez, para que parezca mínimamente culto, y quizás alguno de esos diagnósticos optimistas al estilo de Tironi, para que se enteren esos chicos de cómo fue que sus tíos de izquierda se traicionaron tan metódicamente a sí mismos y terminaron cambiando a las masas por alguna tajadita en Inverlink.

Y para los sobrinos de algún coronel en retiro, “El día decisivo”, la obra magna del Capitán General, que igual les servirá para conocer la gesta aquella en que se eliminó “por convivencia” a tantísima gente que andaba revolviéndola. Es todo un acontecimiento, esa biblioteca que se nos anuncia. Bastará luego con echar una ojeada a los títulos disponibles y tendremos todos una idea de lo que ha sido nuestro devenir en los últimos años: una idea de cómo derivamos, de ser un país razonable, a la jaula de monos con biblioteca en que hoy tendemos a convertirnos.