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La ruta de las nuevas libreras

Un lugar donde convergen libros con el diseño textil y la gastronomía, o donde la ilustración y el terror se toman las estanterías, son las personales apuestas de Ximena Muñoz, Paulina Coronado, Paz Rebolledo y Dayanna Sobrevía. Cuatro mujeres que, al frente de Kalimera, TXT, Gatopez y Miskatonic, buscan ofrecer algo más que solo libros.

Por Claudia Guzmán V., Revista Ya El Mercurio, Martes 30 de Julio de 2019.

Hasta hace un año, a esta casona de techos altos y patio interior, en la calle Girardi al llegar a Santa Isabel, llegaban las novias a probarse sus vestidos. Ximena Muñoz, diseñadora de vestuario, tenía ahí, en medio de atelieres de pintores y artistas varios, su taller. Pero, entre las horas de costura, empezó a sentir que quería algo más.

—Me iba bien, pero siempre quise impulsar algo más grande. No quería estar cosiendo toda la vida. Porque me encanta el diseño de vestuario, pero no me gusta la moda —explica Ximena, quien hace dos meses inauguró en el lugar Kalimera, librería que abre la galería de locales comerciales que ahora ocupa los espacios que antes se destinaban a la creación.

Ximena cuenta que se echaron abajo unos muros, se unieron espacios y así ella pudo combinar la venta de artículos diseñados por ella —bolsos, estuches y cosmetiqueros— con el que era el proyecto de vida que, con su pareja, tenía para el futuro: abrir una librería.

—En nuestros viajes siempre era una parada obligada visitar librerías: Buenos Aires, Barcelona, uno siempre conoce espacios, librerías de barrios que te dan lo que no se encuentra en las librerías de cadena que hay acá. Y siempre hay cosas que son complementarias; souvenirs, café, puedes sentarte a conversar. Uno aprende mucho. Y ese era el sueño que teníamos —cuenta.

Dice que al sueño le pusieron nombre hace tres años, en Grecia. En la Isla San Torino conocieron la Librería Atlantis Books, con su construcción blanca en desniveles, la historia del lugar inscrita en cada pared y balcones que dan al mar.

—Lo único que aprendimos de griego fue a decir “buenos días”: “kalimera”. Así que por eso bautizamos esta librería así —dice riendo esta flamante librera a la que basta mirar para imaginar el catálogo del lugar.

Ximena, mujer de ojos grandes y expresivos, es amante de la poesía. Viste de cuero negro y tiene la mitad de su melena rapada. Le gusta la música, de preferencia el punk.

—Mi idea es que Kalimera tenga mucha música y mucha poesía, me la voy a jugar por eso. Pero yo sé que tengo que tener los libros que se venden. Tengo que tener los libros que la gente me pide, porque no saco nada con que entre una señora preguntando por el último de Isabel Allende y que le diga que “no lo tengo”. No vuelve más. Yo necesito mantenerme a flote. Pero la gente puede ver que no solo tengo a Isabel Allende en el mesón: está la poesía, los libros de música, las editoriales independientes, los autores que están recién saliendo. Los pongo en el mismo lugar —dice y muestra una biografía de Pogo, vocalista de la banda local Los Peores de Chile, y una antología de cuentos de terror clásicos protagonizadas por gatos, del sello Santiago Ander.

Ximena es parte de un grupo de mujeres menores de 40 años que en el último tiempo decidieron cambiar sus vidas para sacar adelante, cada una, un proyecto de librería muy personal. Lo que ella, Paulina Coronado, Paz Rebolledo y Dayanna Sobrevía comparten es el amor por el libro como objeto. Ninguna de ellas creció queriendo ser escritora. Ni estudió una carrera afín. Solo fueron lectoras que no encontraron en el mercado un espacio que satisficiera lo que ellas esperaban de una librería. Todas ansiaban que en sus lugares de compra y venta de libros hubiera algo más.

DE OUTLET A EMPRESA FAMILIAR

En el nacimiento de la calle Huérfanos están algunas de las librerías más tradicionales de la capital. En la década del 2000 apareció ahí con fuerza la cadena TXT, una liquidadora de saldos editoriales y discográficos que llegó a tener seis locales diseminados por el centro de la ciudad. Desde 2012, Paulina Coronado, ingeniera industrial, administraba uno de ellos. Había llegado hasta ese puesto porque antes había trabqjado en la imprenta Salesianos.

—En el 2014, y luego de intentarlo durante harto tiempo, quedé embarazada —cuenta—. Entonces surgió la primera inquietud de querer tener algo propio. Y justo los dueños de la cadena me ofrecieron comprar el local de Alameda, que era el que tenía incorporada una cafetería. Y eso era lo que me imaginaba yo cuando pensaba en tener mi propia librería, algo como más romántico, como de Buenos Aires. No tenía las lucas, pero ellos me ofrecieron un modelo de negocio que evaluamos, que fue grande de abordar. Al año siguiente me ofrecen hacer lo mismo con el local de Huérfanos, que era más grande, con dos pisos. Ya daba para poner mesas, y ofrecer un menú. La verdad que ahora, mirando atrás, es una decisión muy apresurada, pero también uno entiende que si no tomas la decisión tú, la toma otra persona. Y, bueno, después ellos cerraron las otras TXT y quedaron estas nada más.

En su decisión, Paulina involucró a toda la familia.

—No fue solo mía con mi marido. Yo hablé con mi mamá, que trabajó durante muchos años en otra cosa, y se vino conmigo. Mi papá había sido independiente y tenía un servicio técnico electrónico toda la vida, pero siempre le gustó la cocina, así que también se vino. Cada uno dejó sus pegas. Mi hermana, que es traductora, también está acá.

Sentada en el segundo piso del local de Huérfanos junto a su madre, Cecilia, Paulina cuenta cómo, cuando recorren el amplio catálogo de TXT, van recordando a la abuela que les enseñó el amor por los libros.

—Ella era fanática de las Selecciones del Reader’s Digest. Leía todo lo que llegaba a sus manos. Sherlock Holmes, Isabel Allende. Lo que fuera. Por eso a mí me hace sentido que esta librería sea diversa, pero potenciando la líneas de catálogo de las editoriales, ya no saldos. Y sí, mi objetivo es mantener esa promoción histórica el 3 por $9.990 —describe Paulina, quien reconoce que poco a poco ha ido desarrollando su propio gusto literario. Hoy está obsesionada con el francés Édouard Levé (“Autorretrato”) y descubriendo a la chilena Eleonora Aldea, con su propuesta de voz narrativa y gráfica a través del lettering.

En esta etapa de TXT, los jueves son días de actividades. Hay charlas de cine y literatura, clubes de lecturas sobre autores malditos y también música en vivo. Los sábados la librería abre para acoger al público infantil, y ahí es la hija de Paulina, Violeta, de 5 años, la que toma protagonismo.

—Yo siempre quise que mi librería fuera un lugar donde pasaran cosas —define Paulina—. Uno tiende a pensar erróneamente que tener un negocio propio implica tener más tiempo, y es absolutamente todo lo contrario. Es solo que puedes gestionar mejor los tiem-pos, haciendo algo que te gusta.

NICHOS PARA TODO PÚBLICO

Gatopez y Miskatonic, los proyectos de Paz Rebolledo y Dayanna Sobrevía, tienen un par de cosas en común. Ambos locales están ubicados apenas a una cuadra de distancia en Avenida Italia, Providencia. Y sus dueñas tuvieron una experiencia laboral común: trabajaron en la galería de arte Plop!, en el barrio Lastarria, que cerró sus puertas en marzo tras no poder sustentar su operación fisica (se mantiene vía web).

Paz, diseñadora gráfica de profesión, fue de las primeras empleadas de la galería que se propuso dar cabida preferente al mundo del cómic y la ilustración. Cuando Paz quiso emprender su negocio propio, lo hizo junto a su expareja y optó por una mezcla de ilustración y literatura fantástica. La mixtura duró lo mismo que la relación. Al final, solo quedó la ilustración.

—Había muy poquitos libros de ese tipo cuando partimos, y era más hacia lo infantil. Ahora recién en los últimos años se está ilustrando para adultos. Yo tengo libros de ilustración para todo público. Lo único que filtro, en el caso de los niños, son aquellos que tienen un idioma más complejo o imágenes muy fuertes, pero ya la industria ha ido creciendo y cada dos meses acá en Chile ya sale un libro ilustrado —cuenta Paz.

—Aprender el negocio no es fácil, es prueba y error —añade Paz, repitiendo la experiencia que todas han tenido en común—. Empiezas a conocer a los proveedores y a ver cómo se paga, porque a cada uno se le paga distinto. Es un enredo, porque a veces hay que esperar embarques. Se pagan algunos al contado, otros son en consignación, otros se paga un porcentaje de ganancia. Depende de cada editorial. Uno tiene que ir viendo caso a caso. Y ellos te investigan entera, investigan tu liquidez, vienen a verte para ver dónde pones sus libros.

A su librería, con un ventanal que da a la calle —y que ella ocupa como vitrina para exhibir tanto títulos infantiles y adultos como para público general; versiones ilustradas de filmes como “E.T” y “Volver al futuro” —, suele entrar un público mayoritariamente infantil. Eso, pese a que Paz se ha esforzado por decorar el lugar con letreros que insisten en mensajes como “para adultos” o “apto para todo edad”.

—Hay días que me da rabia que piensen que solo somos librería infantil, hay días en los que ya no. Hay días en los que me estreso más. Al final, he ido aprendiendo a soltar. Por ejemplo, después de años, ahora tengo una asistente que viene los días domingo. Eso ha sido todo un logro —dice sonriendo.

Con la independencia ganada, Paz espera poder desarrollar más proyectos para Gatopez:

—Me gustaría, para este fin de año, poder hacer una agenda con el logo del Gatopez, que es reconocido. O hacer unos planners. Entonces tener una ayudante me puede dar tiempo para ir a la imprenta. Aprender a delegar es importante —admite la diseñadora, que sentada en un rincón de su pequeña y acogedora librería administra las ventas, caja y empaque de su local.

Paz sueña más aún:

—No es que quiera tener una cadena de librerías, pero quizás sí ampliarme, tener un espacio más grande donde pueda hacer talleres, porque acá —dice mirando el espacio de no más de 12 metros cuadrados— o damos todos vueltas para un lado, o damos todos vueltas para el otro.

Tener la libertad de soñar sin límites y sin miedos es lo que ha conquistado Dayanna Sobrevía gracias a su librería Miskatonic, quien se especializó en el género fantástico y el terror. Diseñadora Industrial de la Universidad del Biobío, de Concepción, llegó a Santiago y comenzó a trabajar como administradora de un showroom de muebles. Entró en contacto con el mundo de la ilustración y llegó a trabajar a galería Plop!

—Para ser sincera, llegó un momento en que me di cuenta de que las cosas no iban bien en mi trabajo, de que necesitaba independizarme. Conversé con mi pareja y vimos que lo que a mí me gustaba del diseño industrial, que era la sustentabilidad, acá, en Santiago, no lo iba poder lograr. Me había ido a la parte de mobiliario y
a las ventas, y nunca me sentí vendedora. Entonces, me quedaba el amor por los libros. Algo que compartíamos, además. En Concepción nosotros habíamos querido abrir una comiquería. Y entonces pensamos hacer algo así.

Dayanna cuenta que, como en un cuento de giros inesperados y vertiginosos, todo se empezó a precipitar. Renunció a su trabajo a mediados de diciembre de 2016, consiguieron un local, constituyeron sociedad y a mediados de enero de 2017 ya estaban listos para inaugurar. El nombre elegido selecciona el público espontáneamente: Miskatonic, universidad ficticia creada en los relatos de HP Lovecraft (“Los mitos de Cthulhu”), que en su biblioteca alberga libros prodigiosos. En el caso de esta librería se trata de publicaciones relacionadas con la literatura fantástica, misterio y terror. Sin distinción de edad.

—Tener una librería de nicho es un riesgo, pero es importante abrirse a que sea un público súper transversal. Nosotros cuando nos cambiamos a este local, el tercero que tenemos, que es más grande, pudimos abrir un sector para niños. Tenemos público de niños pegados con el terror de 9 o 10 años, y tenemos clientes de 70 u 80 años que leen ciencia ficción —cuenta Dayanna, quien se aficionó al género leyendo mitología cuando era escolar—. Este es un género bien despreciado, porque no hay premio para esta literatura y tiene como mala fama. Pero a través del terror, del misterio más bien, igual se enseñan cosas. Por ejemplo, tenemos un libro de las redes sociales, de cómo tener cuidado con qué se comenta en las redes sociales, de autocuidado, pero con trasfondo de que puede pasar esto, de que puede ser real o no es real. Misterio, al final.

Aprender a lidiar con esa incertidumbre ha sido un aprendizaje de vida para Dayanna. De 35 años, la joven empresaria cuenta que hace dos meses fue mamá de Gael. Sus horas ahora están más concentradas en él que en la librería, que ha tenido que delegar y visita por turnos con su esposo. Por eso cuando piensa sobre el futuro de Miskatonic, responde sin ansiedad que este próximo diciembre cumplirían tres años de operación.

—Cuando llegué a Santiago, yo empecé a sufrir crisis de pánico. Así que comencé a cuestionarme mucho si lo que hacía me satisfacía. Entonces, cada año, lo hago justo por esta fecha. Y este proyecto me permite hacerlo. Eso es algo muy bueno. Que tengo esa libertad.

“Aprender el negocio no es fácil, es prueba y error. Empiezas a conocer a los proveedores y a ver cómo se paga, porque a cada uno se le paga distinto. Es un enredo”.

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