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Lecturas sobre la lectura

El Mercurio. Santiago, Chile. 13/02/2011

Patricio Tapia

Logros tan dispares como mejorar la ortografía, alcanzar el éxito económico o acceder a la sabiduría se cuentan entre los argumentos de los propugnadores de la lectura, aunque rara vez los aplican a ellos mismos. Leer, como ahorrar energía, es una actividad recomendable para los otros. Tres publicaciones recientes, sin embargo, se ocupan, desde perspectivas diversas, de las posibilidades de la lectura.

El arte de la lectura en tiempos de crisis (Océano), de la antropóloga francesa Michèle Petit, demuestra, mediante el estudio de casos, los poderes reparadores y de reconstrucción del leer en circunstancias de crisis o pérdida, ya sea personales (desamores, enfermedades, traslados o duelos) o colectivas (guerras, atentados, secuestros).

El acto mismo de la lectura es abordado en Saber leer (Aguilar), de Giovanni Parodi, Marianne Peronard y Romualdo Ibáñez, que se presenta como una obra orientada a un público amplio, con una perspectiva “psicosociolingüística” -aviso puede disminuir la amplitud del público- para ayudar a divulgar “lo que significa leer con pericia como lo hace un lector experto” y a aclarar “algunos núcleos conceptuales fundamentales”. Va desde las concepciones de leer, los conceptos de texto y de género hasta el aprendizaje y los textos digitales. Aunque provista de gráficos y ejemplos, suele documentar lo obvio. ¿Qué clase de lector no se percataría que expresiones como “en otras palabras” o “es decir” puestas entre una palabra técnica o nueva y una descripción, implican una suerte de definición?

Por último, en Cómo aprendemos a leer (Ediciones B), Maryanne Wolf plantea cómo la lectura, una invención cultural más bien reciente en términos evolutivos, ocupa estructuras cerebrales antiguas, de manera que, para leer, un cerebro tiene que hacer algunas adecuaciones. Algunos cerebros nunca lo logran o lo hacen imperfectamente: es el caso de los disléxicos, que le interesa particularmente a la autora. En el libro se sostiene que las zonas del cerebro y los circuitos neuronales varían según el sistema de lectura, alfabético (como el nuestro) o no (como el chino). La neurociencia, mediante la tecnología de la neuroimagen, puede demostrar, que se utilizan distintas partes del cerebro en uno y otro caso. Wolf se muestra desconfiada frente al “universo Google”, aunque no aporta ninguna evidencia de que leer en un libro o en una pantalla active el cerebro de forma distinta.

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