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La súper biblioteca de Santiago

La Nación. Santiago, Chile. 7/11/2010

Sólo basta llegar a este rincón, entrar a sus secciones diversas, para comprender que la relación del público con los libros es distinta. Es algo más directo, donde el manoseo, la lectura distendida a pierna suelta sobre un espacioso diván está permitida.

Mauricio Valenzuela

Si hay algo bueno que tiene la capital, específicamente el barrio poniente y sus calles recorridas por el frescor maravilloso de un verano que se anuncia, es la Biblioteca de Santiago.

Mole de exorbitante espacio, ofrece a la vista el estupendo candor de un panorama que con el tiempo ha ido ganando adeptos, convirtiéndose, para muchos -sobre todo para la fauna del mundo intelectual capitalino no carente de una obsesión por lecturas de toda índole- en una verdadera rutina, llena de minuciosas e interesantes costumbres.

Aunque al principio dudé que este lugar pudiera competir con la Biblioteca Nacional, ya porque no tiene la cantidad de libros suficiente o no alberga ninguna joya de la mítica y llena de antihéroes literatura chilena vieja, hoy veo lo contrario. No se trata de competir en libros polvosos ni en mística anticuada.

Nuestra Biblioteca Nacional, con sus carencias, personajes raros y fauna de locos, es un reducto muy diferente a esta biblioteca de calle Matucana, que ha logrado construir un alma a base de esfuerzo y conquistar a sus propios dementes y artistas: han pasado por sus salas innumerables exposiciones de pintores, dibujantes y fotógrafos geniales, lecturas de poesía -y es que aquí trabaja el gran poeta Raúl Hernández, que les da su estilo particular a los eventos-, obras de teatro, ciclos de cine y talleres de cuanta cosa se nos ocurra.

Y es de este modo que por fin podremos decir que ha sido así, piedra por piedra, como hemos visto crecer el espíritu de algo nuevo y refrescante que ha dado vida a estas viejas paredes remozadas hace menos de una década y que hoy parecen históricas.

Sólo basta llegar a este rincón, entrar a sus secciones diversas, para comprender que la relación del público con los libros es distinta.

Es algo más directo, donde el manoseo, la lectura distendida a pierna suelta sobre un espacioso diván está permitida, y no sólo permitida sino que es parte de lo que se espera aquí del lector que incluso puede echarse a dormir escandalosamente y eso no le importa a ningún viejo pesado.

El público no es ese montón de lateros o intelectualoides que no conocen la risa y que encontramos en el Archivo Nacional, por ejemplo, donde a uno lo atienden fríamente y todo el rato lo mandan para otro lado. Hay aquí un público que llena de color los pasillos: son estudiantes revoltosos, son viejos que vienen a aprender cómo mandar un correo electrónico o a hacerse un Facebook.

Hay una rutina de venir para acá y hacer una vida en torno a los libros, pasando todo el día frente a las letras, con un cuaderno abierto donde los versos que escriben los poetas ocasionales que tanto abundan en Chile, se dejan fluir con la naturalidad que prodiga un espacio cómodo, donde las palabras nacen libres, donde la vida entra a la existencia con la naturalidad de la luz que se cuela por un ventanal abierto a un cielo de brisa exquisita.

Porque así es este espacio: luminoso, cómodo, entretenido. Pocas son las veces cuando uno puede hablar bien de un lugar y decir, como decimos los que todavía nos consideramos jóvenes: “Este lugar la lleva”.

El circuito poniente, con sus museos y biblioteca, está dando aún sus primeros pasos. Es un espacio en blanco donde nos falta escribir con la pluma de la curiosidad un buen libro, una tesonera obra que quizás, un día de estos, sea un best seller que sólo podamos encontrar aquí, en la Biblioteca de Santiago y alrededores.

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