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Las transformaciones de nuestros hábitos de lectura

El Mercurio. Santiago, Chile. 6/06/2010

Los índices muestran que los chilenos leen cada vez menos y el 70 por ciento confiesa no haber comprado un solo libro en los últimos doce meses. Fenómeno que se conjuga con la aparición de nuevas formas de leer, imprimir y vender ejemplares. El horizonte aparece plagado de interrogantes.

Estefanía Etcheverría

Ipad, Kindle, Espresso Book Machine (en tres minutos imprime un libro completo de 300 páginas desde un archivo digital), bibliotecas en la web. La innovación tecnológica llegó hace tiempo al mercado del libro, pero su masificación aún no. Por el momento.

Andrea Palet, directora del Magíster en Edición UDP, no tiene certeza sobre qué pasará con el mercado editorial en diez años, pero cree que “todo o casi todo, desde el punto de vista del negocio, parece depender de qué hagan Google, Amazon y Apple para hacerse con la tajada más grande. Lo mejor que podría ocurrir, pero no ocurrirá, es que se den cuenta de que no es tan bueno el negocio y se vayan a Bollywood o algo así, y nos dejen trabajar más tranquilos”.

Para tener certezas, o lo que más se les parezca, sobre la consecuencia del cambio tecnológico, el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc) publicó un estudio sobre el futuro del libro en 2020 en siete países, entre ellos, Chile. Según esta investigación, el escenario para entonces transitará entre el universo analógico y el digital. En 10 años más, el 90% de los textos escolares ya no se producirían en papel, según el estudio de Cerlalc, pero la ficción seguiría publicándose en formato tradicional, salvo dos excepciones: best sellers (que se publicarían en formato digital y analógico) y obras de nuevos géneros que podrían surgir de la digitalización.

Librerías en la mira

A nivel regional, las predicciones hablan de una base interconectada de datos de publicaciones en español. En políticas públicas, los gobiernos pondrían en marcha iniciativas de exportación del libro que aprovecharían el enorme mercado latino que para entonces tendrá Estados Unidos.

La publicación y la difusión también se modificarían, sobre todo a partir del libro digital, la venta por internet y la impresión sobre demanda, es decir, hacer el ejemplar cuando ya ha sido encargado por el comprador. Este método implica menos riesgo económico, disminuye costos de almacenamiento y pérdidas por devoluciones. Javier Machicado, del Observatorio Iberoamericano del Derecho de Autor, agrega que este tipo de impresión “permite, por otra parte, reimprimir textos con frecuencia y a bajo costo, graduar el tiraje de acuerdo con la demanda, corregir errores sin costos mayores, y probar la aceptabilidad de un libro en diversos mercados e idiomas, entre otras ventajas”.

Se espera que para 2020 se produzca un reacomodo de la situación en torno al libro, más que la desaparición de alguno de los actores del mercado actual. Si en 1993 en Chile el 81% de los libros se compraban en librerías, en 1999 la cifra caía a 63,1% y en 2008 a 44,6%. Las razones de este descenso se explican por la compra de libros en puestos “piratas” y en menor medida en ferias, supermercados y otros espacios comerciales.

Algunos expertos pronostican que la redefinición de la librería deberá ampliarse a una especie de “centro cultural” con una diversidad de funciones, lo que le permitirá sobrevivir de mejor manera, cuando el débil 0,1% que representan hoy en Chile las ventas de libros por internet suba precipitadamente, según algunos pronósticos.

Cifras pesimistas

Cada vez se registran en Chile más títulos publicados. De 2.420 hace 10 años pasamos a 4.462 títulos en 2009. En literatura, hasta 2008 lo que más se editaba era poesía, pero en 2009 la literatura infantil y juvenil aumentó sus ediciones en 60%, desplazando a la poesía.

La gran pregunta es si alguien los lee, ya que nuestras cifras de lectura son más que preocupantes.

Los chilenos cada vez leen menos. El último estudio “Chile y los libros“, de la Fundación La Fuente y Adimark, estableció una caída en el porcentaje de lectores respecto de la versión anterior del mismo estudio. Si en 2006 el 55,1% de los encuestados se definía como lector (“lee libros alguna vez en el año”), en 2008 sólo lo hacía el 49,2%. Además, en 2008 el 58% reconocía leer menos que hace cinco años, y el 70,2% confesaba no haber comprado un solo libro en los últimos 12 meses.

En el panorama regional, el país tampoco está de lo mejor. A nivel editorial, Chile es considerado en el grupo de producción media, junto con Venezuela y Perú, bien lejos de las grandes industrias de Argentina, México y Colombia. Y en porcentajes de lectoría tampoco encabeza la lista.

Según cifras publicadas en el Observatorio Iberoamericano del Derecho de Autor, la población que reconocía haber leído al menos un libro al año en 2007 representaba el 72% en Argentina, 68% en República Dominicana, 57% en Uruguay, 56% en México, 55,2% en Perú y sólo 41,5% en Chile.

Los bajos índices nacionales tienen de fondo, según la encuesta 2008 de Fundación La Fuente, el poco gusto por la lectura y la falta de tiempo. Así, ni el menor costo ni el fácil acceso del libro digital podrían revertir las cifras. Y aunque se llegara a leer más, no bastaría. Basta recordar los resultados nacionales en el estudio “Nivel lector en la era de la información”, que la OCDE publicó en 2000, que mostraba que el 80% de los chilenos entre 16 y 65 años carecía de un nivel de lectura mínimo para funcionar en el mundo de hoy.

De seguir las cosas así, la situación de Chile para 2020 no se ve bien. Lily Ariztía, directora pedagógica de la Sociedad de Instrucción Primaria, cree que de no tomarse medidas “es probable que la lectura cada vez vaya perdiendo más terreno frente a las nuevas tecnologías, atractivas por su inmediatez y la predominancia de un lenguaje visual”.

Posibles antídotos

¿Cuáles son las medidas que revertir la caída de la lectura en el transcurso de una década?

Placer más que rigor es lo que propone Lily Ariztía para lograr los mismos objetivos. La estrategia: “Que en la escuela se generen más instancias de lectura que el niño o joven pueda asociar con el goce también es primordial. Lo más importante para crear lectores es que la lectura haya sido una experiencia significativa y esto no se logra a través de comprensiones de lectura o dictados, sino apelando al impacto afectivo que puede tener la lectura en el lector”. Así, el placer de una primera lectura gozosa lograría incitar a buscar nuevos placeres en nuevos textos.

Rebeca Domínguez, directora de la Fundación “Había Una Vez“, quien trabaja para incentivar la lectura infantil y juvenil, sugiere integrar las iniciativas públicas y privadas de fomento a la lectura y crear bibliotecas vecinales “que acerquen la lectura a todos los segmentos etarios de la comunidad, transformando estas bibliotecas en espacios públicos que generen identidad y sentido de pertenencia en torno a la cultura y sus distintas manifestaciones”.

En ese sentido, el Plan Nacional de Construcción de Bibliotecas, a cargo de la Dibam, ha buscado dotar de bibliotecas a las comunidades con más de quinientos mil habitantes, lo que significó entre 2007 y 2009 una inversión de diez mil millones de pesos.

Verónica Abud, ex directora ejecutiva de Fundación La Fuente y actual jefa de la División General de Educación del Mineduc, propone algunas medidas: capacitar a profesores en la animación de la lectura, fomentar el trabajo y la difusión de escritores e ilustradores, ampliar la cobertura de bibliotecas públicas, crear bibliomóviles para las comunidades rurales, reforzar el rol comprador de libros del Estado, abrir las bibliotecas escolares a los padres y la comunidad, y crear bibliotecas en jardines infantiles. “Hay que desarrollar programas de bibliotecas con estimulación lectora en todos los jardines infantiles del país, capacitando a los padres y educadoras en animación lectora”.

Si estas medidas se aplicaran, Chile en 2020 podría tener mejores índices de lectoría y, en palabras de Verónica Abud, “habría una revitalización social y cultural: más libros circulando y a un precio inferior, nuevos escritores, más ilustradores. Un mercado editorial amplio para libros infantiles y juveniles de calidad. En fin, una sociedad mejor, más informada, más libre y amplia de criterio”.

Los riesgos de una educación posliteraria

La vulgaridad siempre ha existido a lo largo de la historia. Pero hoy los medios de comunicación le otorgan una caja de resonancia y una amplificación del todo inédita. El 80% de la población prefiere, y está en su derecho, la televisión más estúpida, la película trepidante, sobreabundancia de fútbol, telenovelas, el culto a la actualidad informativa, la navegación sin rumbo por internet, el chateo insustancial, la cultura de revista… a leer a Platón o Esquilo. Frente a gustos tan primitivos la verdadera cultura es más exigente.

Por lo tanto, “capea” televisión, prescinde del blackberry, del celular, de facebook, del I-pod, del videojuego; afronta la riqueza del silencio y toma un libro. No tomes un libro que acaba de salir. Deja que el tiempo, que es el gran seleccionador y discriminador, cumpla su trabajo silencioso que elimina lo mediocre. El clásico es un libro que todavía se imprime y que no cesa de aparecer, que acaba incluso de reaparecer. Ya que dispones de poco tiempo, lee los libros que han pasado la prueba del tiempo. La lectura y la vida no se oponen entre sí como proclaman los pragmáticos. Como si el ejercicio de las más altas capacidades de la mente no fuera la forma más intensa de vivir. Con buenos libros el pensamiento y la imaginación se dilatan, amplían nuestro horizonte vital. En cambio, la pura vitalidad es mera agitación. Es hora que elijas, como lector, alguno de tus amigos e interlocutores entre las cabezas más lúcidas y sensibles de la humanidad. Esos que expanden y enriquecen tu vida al entrelazarla con la de ellos. Comprobarás que tu inteligencia crece, tu imaginación se agranda; te pasearás por los vericuetos de la historia, los laberintos de las ideas o por las maravillas de la fantasía. Tendrás una mente educada que te hará capaz de comprender mejor a los demás, plantearte alternativas inéditas y recorrer sendas inexploradas.

En fin, una educación que prescinda de los clásicos, y todo lo fíe a las nuevas tecnologías y al activismo, es una mala educación. Hay que afrontar con finura y buen gusto el peligro de una educación posliteraria tosca y cercana a la barbarie.

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