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Un impuesto fatídico

Radio universidad de Chile. 2/06/2010

Por Juan Pablo Cárdenas

Pese a los recursos que se han destinado en los últimos años para fomentar la lectura, las encuestas y estudios indican que todavía la mitad de los chilenos no leen y, entre los que lo hacen, más de un 20 por ciento prácticamente no comprende satisfactoriamente lo que lee. Según los sondeos de la Fundación la Fuente, en el 40 por ciento de los hogares de nuestro país hay menos de 10 libros, sólo en un 8, más de 100 textos, y apenas en un dos, por sobre 500 ejemplares. Patético resulta comprobar, asimismo, que entre los que leen casi un 60 por ciento declare hacerlo menos que hace 5 años, argumentando falta de tiempo para tal actividad.

En las cifras anteriores, cabe consignar la incidencia de quienes leen los diarios de papel o electrónicos en el afán de mantenerse informados, por lo que se reduce al mínimo los lectores de libros y textos de estudio en el afán de formarse más sistemáticamente o como un entretenido pasatiempo. En este sentido, dramático resulta comprobar que las lecturas científicas y la poesía no alcanzan al 4 por ciento de esa mitad de la población que lee.

Esta realidad no mejora sustantivamente pese a que las bibliotecas se han elevado de 290 a 425 en los últimos 20 años, como al éxito experimentado por la excelente iniciativa del Bibliometro, auspiciada por el Estado y el tren subterráneo de Santiago y que reúne ya a más de 50 mil socios lectores y a 21 locales que ofrecen más de 3 mil títulos. Al parecer, esta iniciativa lo que estimulado es la mayor lectura de los que lo hacen, mientras que los otros se mantienen impertérritos en su desinterés cultural.

Todo indica que es en la primera edad cuando debe estimularse el hábito de la lectura, es decir tempranamente en los hogares, los jardines infantiles y la educación primaria. Para ello, resulta fundamental que los maestros y los establecimientos educacionales tengan acceso a los libros, la Red, los diarios y revistas. Se argumenta que el impuesto del 19 por ciento con que el fisco grava la lectura de los pobres y de los jóvenes no tendría mayor incidencia en las cifras señaladas; sin embargo, la amplia mayoría de los encuestados reclama por el alto precio de los libros. Por algo es que este fatídico impuesto no existe o ha sido derogado por las naciones de más alto estándar ciudadano e, incluso, en países más pobres que el nuestro. Ni qué hablar de aquellos países democráticos en que el papel de imprenta es subsidiado a objeto que los libros y los periódicos no incidan mayormente en el presupuesto de las familias. En Finlandia y Alemania, por ejemplo, cada hogar al menos llega un diario y una revista a la semana.

Parece increíble que en 20 años de post dictadura, ninguno de los gobiernos haya resuelto terminar con este vergonzoso impuesto en esto de administrar fielmente el modelo económico heredado del gobierno castrense que, desde luego, miraba con sospecha la inteligencia y se proponía formar “mano de obra barata”, más que chilenos reflexivos y libres. De esta forma, la derogación de este impuesto podría convertirse en una nueva oportunidad para Sebastián Piñera para deslindarse de las ideologías retardatarias y demostrarles a sus antecesores que puede ser más progresista y republicano que ellos. Puesto que en la incultura, es evidente que los pueblos no pueden ser soberanos.

No es extraño, entonces, que la cifra de los que no votan en las elecciones sea prácticamente la misma de los que no leen.

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