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Centro y periferia

El Mercurio. Santiago, Chile. Revista de Libros. 16/05/2010

Nuestro medio literario será endogámico, mezquino, anémico, y nuestros compatriotas relativa o absolutamente iletrados mientras no haya un cambio sustancial en el acceso y calidad de la lectura.

La columna de Mauricio Electorat

Cuando se enojaba con mi padre, mi madre, que era peruana, solía reclamar contra los chilenos, a su juicio, una sociedad de gente ignorante, pretenciosa y arribista. Acto seguido, esgrimía su arma mortal, un pequeño disco de vinilo, con un solo tema: el himno nacional del Perú. Así, cuando escuchábamos los acordes del “Somos libres, seámoslo siempre” mi hermana y yo sabíamos que las cosas iban mal. Mi padre soportaba estoicamente ese soterrado belicismo conyugal hasta que, poco a poco, la vida cotidiana volvía a cauces más normales. Esto es, volvían a sonar en la radio los cantantes de aquellas épocas: Gloria Simonetti, Buddy Richard, Camilo Sesto; estábamos de regreso en la patria y, cosa no menor, en la armonía del hogar, en esa aurea mediocritas que mi madre soportaba con resignación y que era para nosotros la vida misma. Reconozco que esta es una entrada en materia ligeramente psicoanalítica: explica, de alguna manera, mi relación un tanto oblicua con la Fértil Provincia, como la llamó don Alonso de Ercilla.

Escribo esto porque la semana pasada estaba en París. París, como dice Vila-Matas, no se acaba nunca… y esa es, de alguna manera, una bendición y, también, una maldición. Bien, vayamos al grano. O sea, a los libros, que son aún, a pesar del e-book y de Google Books, un engranaje clave de la cultura. Una de las cosas que sigo extrañando poderosamente cada vez que estoy en París es que en esa capital del lujo, donde todo es bastante más caro que en Santiago, haya un solo objeto que sigue siendo más barato que acá, e incluso, a veces, mucho más barato: el libro. Hablo de París, porque es lo que tengo más cerca ahora mismo en mi experiencia personal, pero lo mismo ocurre en Buenos Aires, México, Bogotá. Para muestra, algunos botones: si usted este fin de semana va a la FNAC (algo así como la Feria Chilena del Libro), podrá encontrar las obras completas de Marguerite Duras, comentadas y anotadas, como dicen los filólogos, por unos veinte mil pesos chilenos. Lo mismo sucede con los ensayos de Montaigne, Cioran o las novelas de John Dos Passos. Suponiendo que estuviesen publicadas, ¿cuánto valdrían en Chile las obras completas de Manuel Rojas, de Alberto Blest Gana o de José Donoso? Vuelvo al viejo tema de siempre: ¿cómo es posible que en Chile, país que se encuentra, nos dicen la izquierda y la derecha unidas, a un par de empujoncitos del desarrollo, uno de los instrumentos cruciales en la transmisión de la cultura (el mundo aún no está enteramente en internet) sea tan inaccesible? Cuidado, no estoy hablando del precio del libro, ni del IVA, al menos no sólo de eso.

Elizabeth Costello, en la novela homónima de Coetzee, tan peculiarmente realista, explica a sus interlocutores norteamericanos que es errónea la condescendencia con que los círculos universitarios de Estados Unidos consideran a la literatura australiana. La literatura de Australia, les dice, no necesita de Norteamérica, porque sus escritores tienen un mercado propio, tienen, por lo tanto, una masa de lectores que les permite existir con autonomía de ese pretendido centro que es Estados Unidos en el mundo anglosajón. Curioso. En una entrevista publicada el mes pasado en estas mismas páginas, el conocido hispanista Julio Ortega afirma exactamente lo contrario respecto de la literatura chilena. En su opinión, la nuestra es una de las literaturas más provincianas del español. No es que carezcamos de grandes escritores, sino de grandes lectores. Son los lectores los que permiten que una literatura se arraigue en un país y prospere. Así, la mayoría de los escritores chilenos estamos obligados a confiar en la suerte y esperar que el reconocimiento nos llegue de afuera. Lo dice Ortega, no yo. Pero, ¿no fue ya el caso de la Mistral y de Neruda y, más recientemente, el de Donoso y Edwards?

Nuestro medio literario será endogámico, mezquino, anémico, y nuestros compatriotas relativa o absolutamente iletrados mientras no haya un cambio sustancial en el acceso y calidad de la lectura. Y esta es una transformación social, es decir, pasa, en primer lugar, por la política. O “las políticas”. ¿A quién se le ocurrió, por ejemplo, cambiar la asignatura de Castellano, o sea de literatura española, por algo tan errático como Lenguaje y Comunicación? ¿Cómo les vamos a exigir a nuestros jóvenes que sepan leer, si nuestros docentes no han podido formarse cabalmente por falta de dinero para acceder al libro y de una red de bibliotecas bien abastecidas? Mientras esto no cambie, la situación de nuestra cultura no cambiará. Pero quizá sea más fácil seguir repitiendo que mañana seremos Finlandia, Portugal, Nueva Zelandia… Quizás ese sea nuestro destino: soñar eternamente que mañana seremos otros.

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Una respuesta

  1. La última frase me recuerda al imprescindible libro, recomendable para bibliotecarios y profesores, por lo menos:

    MOLINA, Óscar Luis
    Siempre mañana y nunca mañanamos: el círculo vicioso de la cultura oral.
    Santiago, Chile; Barcelona: Ediciones B, 2004.
    ISBN: 9567510938

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