El arte de leer

La Nación. Santiago, Chile. 10/04/2010

Releo al maestro Donoso en sus notas de sus diarios privados. Lo que delata es simple, es un hombre, fue humano, creyó en el leer y el escribir como un sitio donde aferrarse desesperadamente a la vida.

Marco Antonio de la Parra (*)

El lector también es un artista. Tras leer a los grandes poetas, a los grandes narradores, tras recorrer la textura de las palabras y descubrir que la gramática tiene más que ver con las bellas artes que con las matemáticas, que los signos de puntuación son pautas musicales y la ortografía una conexión secreta con la voz humana y su expresión superior: el canto. Que al fin la escritura es ritmo, no solamente imagen, y así es danza y mucho más que información, sueño.

Poco saben leer los que meramente se informan, poco saben leer los que no se detienen al borde de un punto aparte como de un abismo, los que no descubren el juego laberíntico de las frases subordinadas en un Proust bien traducido o el tecleo fiero y lúdico de Joyce, perdidos en conformarse con ese primer nivel de la lectura que es el mero argumento. ¿Quién ha podido leer a San Juan de la Cruz sin detenerse a sujetar el corazón en la boca? Son las mismas letras, son las mismas sílabas que de pronto cobran un poder secreto y mágico.

Releo y me alegro de poder hacerlo, pues es signo de haber ascendido un grado más en el arte de leer, las páginas de Onetti vuelto a editar con sus cuentos completos y puedo respirar su melancolía húmeda, su palpitar nervioso y tardío antes de siquiera preguntarme qué me están contando. Al fin enterarme de que en ese modo de utilizar los gerundios hay un país, una tradición, una biblioteca, una idiosincrasia, una forma de llevarme al origen de las palabras que es el silencio absoluto, el ojo del huracán.

Releo al maestro Donoso en sus notas de sus diarios privados. Lo que delata es simple, es un hombre, fue humano, creyó en el leer y el escribir como un sitio donde aferrarse desesperadamente a la vida. Se siente en su prosa la lectura de tantos que leyó, de sus paseos, sus jardines, sus pesadillas, sus deseos realizados y deshechos. Alguna vez, lo he pensado, tengo que escribir un texto sobre el arte de leer, pero me doy cuenta que debo leer todos los libros del mundo y eso ya es imposible y hasta peligroso. Dicen que Coleridge fue el último que pudo decir que había leído todo lo publicado en su lengua. Lo dice Borges que nunca se supo muy bien si decía o decía que había oído decir y recordaba esa maravilla de la palabra y el lenguaje que violentaba a Wittgenstein: una misma palabra puede decir la verdad y también la mentira. Como desafiando al lector a descifrar en cada línea ese camino secreto a través de la ficción para llegar a lo revelado. El secreto de cada párrafo. El artefacto que encierra la verdad investida de mentira. La bella mentira de la fábula que es lo único que permite descubrir lo que no tiene hasta ahora otro soporte: el soplo primero del espíritu. No queremos leer ni escribir otra cosa, una palabra que nos haga dignos de que entre algún dios en nuestra morada, la desconocida, la fugitiva, la prisionera. Tantas palabras para decir que estamos en trance entre un mundo y otro. Trance, tránsito. Somos apenas menos que la respiración balbuceante de una coma. Y si no sabemos leerla, cómo atrevernos a escribirla.

El nombre de Dios está entre letra y letra, dice el poeta. Hablamos sin saber que siempre estamos a medio camino entre la bendición y la blasfemia. Leer es el gran laboratorio del espíritu. Escribir es sólo una práctica introductoria. Sólo los grandes saben leer en voz alta. Los realmente superiores recitan de memoria. Llevan los libros escritos en el alma.

(*) Director de la carrera de Literatura de la Universidad Finis Terrae.

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