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El espíritu del oficio librero en un mundo digital

El Mercurio. Santiago, Chile. 31/01/2010

XVIII Feria de Libros Usados: Los libreros entablan una estrecha relación con su cliente, sea neófito o erudito, y lo asisten en una búsqueda “epidérmica”, de tacto, olfato y gusto. Por ello desestiman la amenaza del libro digital, el nuevo refugio de bibliotecas que, como la arena, se disuelven en los vericuetos de la tecnología.

Patricio Contreras Vásquez

Una hilera de mostradores cubiertos por libros -algunos en posición privilegiada, otros envejeciendo en canastos del olvido- delimita el sendero literario por donde ingresa el peatón ocasional, el lector voraz y el comprador compulsivo a las veraniegas ferias de libros usados. Luis Rivano, dramaturgo y librero por antonomasia, tiene el primer puesto en la feria de anticuarios de Providencia. Cuatro mesas y varias repisas soportan el peso y la historia de los tres mil ejemplares que vende, algunos en inglés, varios a mil pesos, la mayoría de literatura chilena, su especialidad.

Ese número de libros, vaya paradoja, es similar al que puede almacenar el dispositivo de lectura digital Kindle DX, la aventura tecnológica con que la empresa Amazon pretende conquistar el naciente mercado de los libros digitales, y que hace dos semanas puede ser adquirido desde Chile.

“No me afectaría -reflexiona al respecto José Manuel Sepúlveda, librero con medio siglo de experiencia- si para estos aparatos se venden libros ‘para secretaria’. Yo trabajo libros más serios”. Muy cerca suyo, Octavio Rivano, hijo de Luis, pero librero autónomo, asiente: “Existen libros que será imposible poner ahí, porque van a ser anticomerciales. Pueden tener a García Márquez, a Oscar Wilde, a Stefan Zweig, pero resulta que yo de repente quiero leer ‘Memorias de un buey’, de Pierre Faval”, dice aludiendo a la obra de Fabio Valdés Larraín, publicada con seudónimo en 1952.

José Manuel y Octavio bosquejan un horizonte auspicioso. En la edición pasada de “Artes y Letras”, el agente literario Guillermo Schavelzon aseguró que sólo las grandes editoriales, productoras masivas de sandías caladas, podrán adaptarse al mundo digital, dominado por fabricantes de hardware como Amazon o Sony.

¿Quedará en buen pie, en este panorama, el mundo del librero, aquel del libro roñoso, pero descatalogado; del título antiguo, pero insustituible? La XVIII Feria del Libro Usado del Bicentenario, organizada por la Universidad Mayor y que comenzó el pasado jueves, será el nuevo epicentro de un negocio que tiene más de piel que de balances contables.

Bibliotecas infinitas
El ultimátum al libro -y la consumación de la biblioteca física- forman parte de las reflexiones de rigor propiciadas por los adelantos tecnológicos. Hoy el Kindle de Amazon o el Sony Reader materializan algunas ideas que la literatura ya proyectó, quizás con precaria sofisticación técnica, pero sí con imaginación análoga.

En su cuento “La biblioteca universal” (1901), el alemán Kurd Lasswitz divagaba -influido, tal vez, por la literatura fantástica de su compatriota E.T.A. Hoffmann- sobre la posibilidad de abrazar en un espacio la totalidad de la producción escrita. Casi medio siglo después, y valiéndose de una arquitectura de interminables galerías hexagonales, Borges persistió en la idea de un depósito infinito (“La biblioteca de Babel”), preludiando, sin saberlo, la cruzada de Michael Hart, quien en 1971 comenzó a mecanografiar obras de dominio público, cobijándolas en los anaqueles virtuales del llamado Proyecto Gutenberg.

En “El libro de arena” (1975), cuento en que un individuo compra un ejemplar abstracto y maldito, Borges fantaseó con anhelos tecnológicos que en el pasado eran una utopía descabellada: por ejemplo, la tinta electrónica que da ilimitadas formas al texto, cual materia movediza controlada por un chip (“El número de páginas de este libro es exactamente infinito -dice el vendedor del cuento-. Ninguna es la primera; ninguna, la última”). Los actuales dispositivos de lectura digital, algo así como potenciales refugios de bibliotecas disueltas, como arena, en circuitos electrónicos, se promocionan bajo esa semejanza con el libro impreso.

Pese a la simulación libresca que logran estos adminículos, la tecnología no deja indiferente al mundo bibliófilo. Schavelzon cuestionó esta mera imitación del papel y la tinta, carente de la interactividad propia de la era digital. “Yo tengo una teoría”, plantea Graziella Rivano, otra integrante del clan. “El hombre siempre va a ser epidérmico. ¿Qué quiere decir? Que necesita tener el objeto. Para mí, que soy lectora, si me gusta el libro -bien editado, con una buena tipografía, un buen papel, que venga empastado, que venga cosido-, el libro digital simplemente no existe”.

El negocio vivirá
En el nostálgico rubro librero, la sensación frente al formato digital no es catastrófica. Graziella prefiere ignorar cualquier amenaza para su negocio. “Somos libreros no para hoy, ni para ayer, sino para mañana -dice al sintetizar el espíritu de su trabajo-. La librería de nosotros está manejada pensando que va a durar doscientos años. Cuando haces un proyecto siempre tienes que mirar hacia algo superior, que es la permanencia”.

“El libro, como libro, no muere”, afirma Luis Rivano. “Y a medida que los nuevos sistemas de impresión -los papeles, la química- vayan degenerándose, el libro antiguo, el de los años cuarenta, va a tomar mucho más valor”. Con ese afán, su familia sostiene un negocio que se empina al medio siglo de vida. “Si yo pensara que el libro muere -acota su hija Graziella- pongo una botillería, porque alcohólicos va a haber siempre”.

Su mundo, además, se vale de otros códigos que trascienden la mera venta de un producto de segunda mano que pueda estar disponible, eventualmente, en internet. La búsqueda de obras desconocidas, el almacenaje mental del catálogo propio y una cálida conversación con el comprador son atributos valiosos en las librerías de lance.

“Nosotros transportamos la cultura a la gente”, dice Juan Adriazola, vinculado al rubro por tres décadas. “Lo que vendes le va a servir al lector. Tú buscas en sus rasgos lo que sea más adecuado para él. Como nos gusta el libro, no nos importa el dinero. Prefiero que el cliente se vaya contento, pues después vuelve hacia ti”.

Como Graziella y otros comerciantes, Adriazola opina que serán las futuras generaciones las que se adaptarán con facilidad a los nuevos formatos. Y aunque sientan que los avances tecnológicos fracturan la columna de su negocio, confían en que la venta de libros usados -ya sea por la seducción de un tomo inexplorado, por la amena plática con un cliente busquilla o por la inconmensurable cantidad de libros impresos- no está sentenciado, aún, a desaparecer.

XVIII Feria del Libro Usado
28 de enero al 14 de febrero, 10 a 21 horas.
Santo Domingo 711

Graziella Rivano: “Los libros serán un objeto de lujo”
Graziella Rivano siempre acompaña a su padre, Luis. “Me considero librera, no vendedora de libros. El librero le dice al especialista: ‘Me llegó tal cosa’. Cuando el lector es una persona ávida por interesarse, va a tomar el libro. Hay otros que son soberbios y no les interesa. Para mis adentros digo: ‘Te perdiste un buen libro’ “.

Asegura que el costo del negocio es el almacenamiento -con su padre tienen cien mil ejemplares de literatura chilena-, pero eso les da ventaja para manejar los precios. “Cuando tú tienes un libro repetido, puedes bajar el costo”.

Graziella, declarada amante del libro, predice que la digitalización de la lectura favorecerá al librero antiguo. “Los libros se van a transformar en un objeto de lujo. ¿A quién va a beneficiar eso? Al librero que disfrute su trabajo. Uno ha llegado a un punto en que el disfrute de la relación con la persona que compra traspasa el si le vendes o no le vendes un libro. Yo gano igual”.

Juan Adriazola: “Somos orientadores del lector”
Hace quince años que Juan Adriazola participa en la Feria de la Universidad Mayor. Hoy tiene dos locales en San Bernardo y se declara afín al libro chileno. Trabaja revistas antiguas, libros infantiles y técnicos, amén de joyas como una “Biblia Vulgata Latina” de 1851, dividida en 5 volúmenes, que vende en 800 mil pesos.

Juan se pregunta qué sucederá con la búsqueda de información en una sociedad digitalizada: “¿De qué sirve que tengas algo resumido si no acudes a un libro y estás horas y horas metido? Los niños no tienen esa capacidad de ir al libro, revisar y sacar la información”. Pronostica, con dureza, que el libro morirá eventualmente. “No me gustaría verlo, pero vamos a llegar a eso. En internet aprietas una tecla y sacas la información. Es malo para nosotros como libreros”.

Por lo mismo, define su trabajo como aventurero, marcado por la honestidad hacia el cliente, por una relación menos comercial y más íntima. “Somos como orientadores, por el hecho de que tenemos más conocimiento que ellos”.

José Manuel Sepúlveda: “Yo amo a los libros”
José Manuel Sepúlveda preside la Asociación de Libreros de Libros Usados y Libreros Anticuarios de Santiago. Dice manejar una amplia gama de títulos y se proclama el librero más antiguo de Chile: comenzó a los once años y hoy está en edad de jubilar.

Sepúlveda relata que cuando partió sólo había una docena de libreros. Hoy hay más de doscientos y la venta del libro supera los confines del centro de Santiago. Además, cree que se ha restablecido el hábito de la lectura, pues en los colegios ya no hacen leer “antologías con resúmenes de las obras”.

Al tener en sus manos un dispositivo de lectura digital, José Manuel se sincera: “Yo, que soy amante de la lectura, creo que lo usaría. No puedo andar con dos mil libros a la cuesta ni con doscientos. Igual tendría mis libros; he estado tanto tiempo con los libros, que son mi pasión. Yo amo a los libros”.

Alejandro Cortés: “Trabajamos con la memoria”
De sus 16 años en el negocio del libro, Alejandro lleva tres como independiente. Ofrece libros descatalogados como “El juego de ajedrez”, de Braulio Arenas, una obra que rara vez lucirá en vitrinas. “Después que vino la crisis mundial -cuenta-, el rubro de los artículos de arte, de antigüedades y de libros bajó a la mitad, pero ahora se ha retomado la venta”.

Alejandro no conocía los dispositivos de lectura de libros digitales, y desconfía de las bondades de internet: “Siempre le he recomendado al público lector que no se vaya a internet, porque hay cosas que vienen como compendios, y ahí se pierde mucho”.

Aunque plantea que la tecnología es necesaria, también saca a relucir el espíritu de su labor: “No tenemos base de datos, computador ni nada. Trabajamos con la memoria. Esto, esto -enfatiza mostrando sus libros-, no va a desaparecer nunca. Tiene muchos seguidores y amantes: el coleccionista, el comprador compulsivo”.

Octavio Rivano: “El librero debe saber de todo”
Octavio Rivano nació y se crió en el negocio de la venta de libros usados. A los catorce años comenzó a trabajar con Luis Rivano -su padre, “el dramaturgo” como lo llama-, hasta que decidió independizarse. Hoy declara tener títulos para cada gusto. “El librero debe saber de todo”. Según él, cada vez hay más comerciantes de libros usados, lo que confirma las apreciaciones de José Manuel Sepúlveda.

Octavio tiene unos veinte mil ejemplares en su bodega. “El costo de almacenamiento -explica- va a influir mucho en el precio del libro: el que tenga mejores bodegas, mayor cantidad de libros, mejores libros. Y, también, el que sepa más”.

La emergencia del libro digital, sostiene, favorecerá a libreros como él, especialistas en obras fuera del circuito de venta. “Este sistema va a encarecer al libro usado. A medida que salgan todos estos libros electrónicos, va a ser mejor para el libro usado”.

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