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Señores candidatos, ¿qué hacemos con nuestro analfabetisma funcional?

El Mercurio. Santiago, Chile. 25/10/2009

Los pobrísimos índices de lectura en Chile remiten a una realidad grave, que debería preocupar a los políticos tanto como la salud, la economía o la delincuencia.

Mauricio Electorat

Ahora que es tiempo de elecciones, que vemos a conocidos actores y escritores apoyar a uno u otro candidato, vale la pena volver a poner una cuestión central en el debate: la de nuestro analfabetismo funcional. Todas las encuestas lo dicen: en Chile una abrumadora mayoría de ciudadanos prácticamente no lee libros (y, obviamente, no hablo sólo de novelas). Esto nos lleva a una cuestión más inquietante aún, porque si no leer libros no tuviera ninguna incidencia en la vida de una nación, salvo la de formar parte de una grey de iletrados e ignorantes, el hecho no pasaría de ser un rasgo folclórico más, que podría incluso ser aprovechado por la industria turística (“visite Chile, el país donde nadie lee”, por ejemplo).

Pero el caso es que los pobrísimos índices de lectura remiten a una realidad grave, que debería preocupar a los políticos tanto como la salud, la economía o la delincuencia. Y esta realidad tiene que ver con la capacidad de comprensión, de análisis, de simbolización, en definitiva, de los chilenos. Me explico: quienes, como muchos de nuestros compatriotas, a pesar de saber leer y escribir, no practican la lectura, tienen crecientes dificultades para comprender un texto y, con ello, para formarse opiniones, tomar decisiones, evolucionar profesionalmente, en una palabra, para ser hombres y mujeres plenamente conscientes del mundo que los rodea y comportarse como personas libres.

En un artículo reciente, Jorge Edwards menciona una encuesta de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) que arroja un dato alarmante: un alto ejecutivo chileno demuestra la misma comprensión de lectura que un obrero alemán. Si nuestros políticos fuesen realmente conscientes de lo que está en juego, este sólo dato bastaría para tomar medidas radicales con el objetivo de hacer salir a Chile de la zona roja en materia de índices de lectura. Y es que lo que está en juego no es el negocio editorial, sino sencillamente la posibilidad de que seamos, algún día, un país desarrollado. Pretender, como se lo venimos escuchando a tantos políticos desde hace tanto, que en veinte, diez o cinco años seremos como Portugal, como España; que Dinamarca o Nueva Zelandia podrían ser nuestros modelos, cuando nuestros ejecutivos, o sea quienes toman las decisiones (no me atrevo a pensar en artesanos, obreros y otras categorías), no son capaces de interpretar cabalmente un texto sencillo, ni de expresarse por escrito con un mínimo de corrección, es sencillamente una quimera, cuando no una pura fantasía demagógica.

En Alemania, España, Francia los libros tienen un impuesto diferenciado, pues son considerados objetos culturales, y la cultura, prioritaria en la vida nacional. En México, Brasil y Argentina, los libros no pagan IVA. Se me objetará que el hecho de rebajarle el IVA a los libros no hará aumentar su difusión. ¿Por qué entonces en todos aquellos países a los que pretendemos parecernos el libro tiene una fiscalidad preferencial? Se me dirá que, en ese caso, sería igualmente prioritario rebajarle el IVA al pan o a los medicamentos de primera necesidad. Es cierto, pero a esas razones es necesario oponer otra: una política cultural supone necesariamente inversión estatal. No estoy descalificando los esfuerzos que se han hecho en materia de política cultural en Chile, pero estamos muy lejos de aquellos modelos a los que pretendemos alcanzar (las estadísticas son elocuentes).

Desde luego, rebajar el IVA a los libros ayudaría, pero no es de ninguna manera suficiente. Hace falta una verdadera política de Estado en esta materia. Esa política pasa por fomentar y crear hábitos de lectura en la población. Alguien que jamás ha abierto un libro, no va a comprar uno, por muy barato que sea, ni probablemente leerá El Quijote, aunque se lo regalen. El fomento de la lectura debe ser una campaña nacional, fruto de una política pública en la que, sin duda alguna, debería tomar parte activa la empresa privada. Ya existen, al respecto, iniciativas de ciertas fundaciones y empresas que podrían servir como embrión para diseñar una política nacional de fomento de la lectura. Crear bibliotecas en barrios y provincias, que funcionen como centros culturales, con animadores y formadores de esos animadores, con el aporte del Estado y de los privados; mejorar y actualizar la llamada Ley Valdés; considerar al libro como un bien cultural indispensable, esto es, accesible; revisar los aranceles, así como los programas de formación de docentes y de enseñanza básica y media, todo ello es posible, a condición de que nuestros dirigentes tomen conciencia de la gravedad del problema. De lo contrario, seguiremos marchando alegremente al despeñadero.

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