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El cerebro y la lectura: la transición del papel a la pantalla

El Mercurio. Santiago, Chile. 17/05/2009

La lectura no es algo natural, es una actividad aprendida de reciente masificación. Nuestra manera de leer está cambiando con la tecnología.

Óscar Contardo

En el libro “Proust y el calamar: una historia sobre la ciencia y el cerebro lector”, Maryanne Wolf recuerda un episodio en la historia de la lectura a veces pasado por alto. El episodio se refiere a Sócrates y su fuerte oposición a la expansión de la palabra escrita. La autora -experta en neurociencia y psicolingüismo- explica que el filósofo advirtió entre otros peligros la inflexibilidad de la escritura -“el discurso muerto” frente a la “oratoria viviente”-, la relegación de la memoria como principal herramienta y la pérdida del control sobre el lenguaje. Las cosas cambiaban y Sócrates veía en eso una amenaza.

En el libro de Wolf confluyen la historia y la ciencia para explicar el desarrollo de la lectura, una actividad humana de reciente masificación y que con las tecnologías digitales experimenta nuevos cambios que mantienen atentos a investigadores en neurociencia, lingüistas y educadores.

A diferencia del habla o la visión, la lectura no tiene un programa genético que se traspase a través de las generaciones. El desarrollo del cerebro lector no fue continuo en el tiempo ni en su aparición geográfica. Transcurrieron 2 mil años desde el primer sistema de escritura hasta el alfabeto griego del que Sócrates sospechaba. “Aprender a leer sólo es posible por la plasticidad del diseño cerebral, y cuando se logra, el cerebro del individuo cambia para siempre”, sostiene Maryanne Wolf. La flexibilidad del cerebro permite coordinar aspectos visuales, auditivos, semánticos, sintácticos y espaciales que de otro modo no entrarían en relación.

Las zonas cerebrales que se activan varían según las exigencias del sistema de lectura. Este hecho es un descubrimiento relativamente reciente. “Antes de los 70, las teorías sobre lectura eran muy débiles, se suponía que el cerebro guardaba una especie de fotocopia de lo que leía en la cabeza”, explica Ricardo Martínez, lingüista, magíster (c) en estudios cognitivos y académico de la U. Diego Portales.

Los jeroglíficos egipcios debían ser leídos de derecha a izquierda y luego de izquierda a derecha y de abajo hacia arriba o viceversa según la arquitectura del recinto. Esto exigía un espectro de habilidades distinto de sistemas más abstractos como el basado en el alfabeto que relaciona signos con sonidos. El chino -basado en ideogramas- involucra patrones neuronales diferentes del inglés y el castellano. Actualmente es posible rastrear esas diferencias a través de la tecnología de neuroimagen -que hacen visible el funcionamiento del cerebro- desarrollada a partir de los años 90 (ver recuadro).

Maryanne Wolf tituló su libro “Proust y el calamar” como un contrapunto entre la experiencia literaria y los intentos de la ciencia para comprender el funcionamiento de la lectura.

En su ensayo “Sobre la lectura”, Marcel Proust evoca los libros como un refugio, la posibilidad de un estado mental complejo: leer no sólo exige descifrar información, también despierta recuerdos, visiones, sensaciones, y en el mejor de los casos un “placer divino”, según el autor francés. Menos expresivos son los calamares. Wolf los eligió para su título porque los moluscos sirvieron como conejillos de indias en los 50 para las primeras investigaciones sobre transmisiones de neuronas. En un extremo la lectura es una actividad que involucra la vida misma del ser humano, por el otro (en el caso del calamar) se trata sólo de células que transmiten información de una manera aprendida que perfectamente podría ser otra.

“Uno puede entender entonces las aprensiones de Sócrates a una transición entre la cultura oral y la literaria reflejadas en nuestras propias preocupaciones en la inmersión de nuestros niños en el mundo digital”, apunta Wolf. Las nuevas tecnologías están cambiando los hábitos de lectura, y Google es para muchos el símbolo de lo que fue el alfabeto para el filósofo. De hecho, hace un año la revista Atlantic Monthly provocó una polémica cuando en su portada preguntaba “¿Está Google volviéndonos tontos?”. El artículo proponía que navegar en internet podría ser una amenaza para las capacidades de lectura profunda y concentración.

Pantallas encendidas

En abril pasado, un estudio de la Universidad Southern California reportaba que en un año los usuarios de Internet norteamericanos aumentaban el tiempo de lectura de diarios electrónicos. En 2007 eran 41 minutos por semana, en 2008 los lectores ocupaban 53 minutos de su semana para leer prensa en Internet, esto en medio de una cierta fiebre por los nuevos aparatos que permiten bajar literatura desde la red y leerla en pantalla. Inglaterra en tanto ha incorporado la lectura en Internet en sus estudios de lectoría mientras se desarrollan nuevos diseños de Kindle de Amazon o el Reader de Sony.

Actualmente la lectura en pantalla es un formato cotidiano que no existía hace 20 años: correos electrónicos, redes sociales (Facebook, Twitter), blogs, medios online. Este hecho provoca una paradoja: en tanto el sentido común indica que cada vez se lee menos, los datos constatan que gran parte de nuestra comunicación actual se basa en la escritura. “La lectura como proceso está probablemente en el momento más activo de la historia”, sostiene Ricardo Martínez. El punto es que cuando se piensa en lectura no se piensa en pantallas, sino en papel, “se asume que la lectura es de libros, diarios y revistas. Por alguna razón consideramos que los medios impresos son el fundamental sistema de difusión de la información y son más serios y nos parece que los medios electrónicos no tienen esa seriedad”, apunta el lingüista.

En 1894, el escritor Octave Uzanne escribía “El fin de los libros”, advirtiendo que la invención de Gutenberg sucumbiría a la invención del fonógrafo. “Es fácil hacer ciencia ficción sobre los efectos que tendrán los cambios tecnológicos en la lectura en el actual escenario”, comenta Ricardo Martínez aludiendo a la fascinación que suelen ejercer las nuevas tecnologías entre los entusiastas del minuto.

Pero hay cosas que no son ciencia ficción y es que la pantalla provoca patrones distintos de lectura. La interacción con un texto electrónico hace más relevante la tarea de localizar información por sobre las tareas de interpretar y evaluar. “La lectura es diagonal, de revisión y general, que permite hacernos una idea general”. Una suerte de lectura algunas veces caracterizada como “promiscua”, que depende de las decisiones del lector de pinchar un link, mover la barra de la pantalla o acceder a alguna ventana audiovisual. “El papel, por el contrario, ata al lector a una obra determinada, pero eso no es necesariamente malo”, decía en una columna de El País el escritor español José Antonio Millán. En una columna titulada “Leer sin papel”, Millán comentaba la gran cantidad de reflexiones y estudios que se están haciendo sobre el avance de la lectura digital. “Y de ellos podemos concluir que leer en papel es una operación muy diferente de la lectura en pantalla: mucho más de lo que podría parecer”.

Mundo post-tipográfico

Un estudio de comprensión lectora realizado por la Universidad Católica de Valparaíso en un grupo de alumnos arrojaba que cuando buscaban una comprensión profunda de un texto, no basta con la pantalla y se recurre a la impresión. “Los datos científicos recabados indican que la comprensión profunda y el aprendizaje perdurable exige una lectura dedicada y ésta se alcanza muchas veces de mejor modo a través del papel”, añade Giovanni Parodi, director del programa de posgrado de lingüística de la UCV. Parodi hace hincapié en la cantidad de variables que condicionan el proceso de lectura, “muchas de ellas no indagadas científicamente aun, como por ejemplo la motivación, los conocimientos previos, la edad, el nivel de escolarización, la extensión del texto, el tipo de organización lingüística y retórica de la información”.

La variable edad es especialmente relevante si se trata de comparar la generación educada antes de la irrupción de Internet con aquellos nacidos en la segunda mitad de los 90: la llamada generación Google. Es posible que para esa generación la valoración cultural que se le atribuye al texto impreso en nuestra sociedad ya no sea la misma.

El investigador norteamericano David Reinking habla de un mundo post-tipográfico como una forma de etiquetar el impacto de las nuevas tecnologías en la alfabetización o “literacidad”. Reinking plantea que las tecnologías -y particularmente internet- transforman la experiencia de la lectura. En lugar de seguir un texto de principio a fin de manera unidireccional, Internet hace posible crear una ruta propia dependiendo de los intereses y de las opciones de links de la pantalla. Una experiencia distinta que también implica saber evaluar y escoger la ruta de información que puede sobrepasar los miles de páginas con un solo clic. Frente a esto, Maryanne Wolf, la autora de “Proust y el calamar”, ensaya una respuesta parafraseando a Darwin: “Biológica e intelectualmente, leer le permite a la especie ir ‘más allá de la información dada’ para crear infinitos pensamientos más bellos. Debemos evitar perder esta cualidad esencial en el momento de transición histórica actual hacia nuevas formas de adquirir, procesar y comprender información”.

Las neuronas frente a las letras

Los distintos sistemas de escritura y lectura activan diferentes áreas del cerebro. A diferencia de los sistemas alfabéticos (como el inglés o el castellano) el chino (logosilábico) “involucra áreas considerables del hemisferio derecho, conocido por contribuir a requerimientos de análisis espacial” explica Maryanne Wolf. Un grupo de científicos de la U. de Pittsbourgh descubrió que las áreas de memoria motora resultan más activadas en la lectura del chino que en la de otros idiomas, porque esta es la manera en que los jóvenes lectores de símbolos chinos los aprenden: escribiéndolos una y otra vez. En esta diferencia en el uso de hemisferios hay un caso curioso registrado en 1930. Se trata de un hombre de negocios bilingüe en inglés y chino que sufrió un ataque severo en las áreas posteriores del cerebro. Lo curioso es que el paciente perdió la habilidad de leer en chino, pero no en inglés. Por otra parte el japonés integra dos sistemas lectores: un silabario (kana) usado para palabras extranjeras, neologismos y nombres y una escritura logográfica (kanji) de origen chino. “Cuando leen kanji los lectores japoneses registran patrones de actividad cerebral similares al de los chinos; cuando leen kana, registran patrones parecidos al de los lectores de alfabetos”.

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5 comentarios

  1. […] de nuestro cerebro se adapta a una lectura continuada en pantallas, acostumbrado como está al papel, los datos de lectura de contenidos digitales señalan que esta tendencia va en aumento y, al […]

  2. […] de nuestro cerebro se adapta a una lectura continuada en pantallas, acostumbrado como está al papel, los datos de lectura de contenidos digitales señalan que esta tendencia va en aumento y, al […]

  3. […] último, en Cómo aprendemos a leer (Ediciones B), Maryanne Wolf plantea cómo la lectura, una invención cultural más bien reciente en términos evolutivos, ocupa […]

  4. […] qué ocurre cuando pasamos de una lectura impresa a una lectura en pantalla? La lectura en papel obliga a un movimiento ocular antinatural, exige fijar la atención un tiempo […]

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