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Libros con olor a café

El Mercurio. Santiago, Chile. 22/03/2009

En Providencia: El exitoso modelo de los “cafés literarios”:
En ellos se puede leer un libro u hojear una revista rodeado de árboles. También comer un sándwich, navegar por internet y asistir a talleres. Son los cafés literarios, cuyo éxito tiene al alcalde Cristián Labbé con la idea de hacer otro en la plaza Las Lilas.

Juan Ignacio Rodríguez Medina

Si en una biblioteca pública, junto a los estantes de libros y revistas, usted encuentra una cafetería y sus respectivas mesas, entonces está frente a lo que se ha llamado un “café literario”. Espacios que al placer de la lectura suman, para quien lo desee, el de la cafeína.

Usuales en Europa, Estados Unidos y hasta en México y Argentina, también puede descubrirlos en Santiago de Chile. Si camina por los parques Bustamante o Balmaceda o por la calle Santa Isabel, quizás se tope con uno. Son los tres enclaves que forman parte de la red de bibliotecas de Providencia (que completa la biblioteca municipal) y cuyo éxito augura réplicas.

Mochilas permitidas

Abiertos todo el año, de domingo a domingo, en los cafés literarios hay libros, revistas, diarios, cursos, talleres (literarios y otros), exposiciones, cine, charlas, teatro, lanzamientos y cuentacuentos. Y también emparedados, pasteles, jugos, gaseosas y, por supuesto, café.

Cada uno tiene su identidad. El de Balmaceda -cerca del metro Salvador- se caracteriza por sus talleres literarios y los lanzamientos -algunos lo definen como el “más intelectual”-; el de Bustamante, por su apertura al parque, que le permite a su público sentarse a leer al aire libre en un espacio de arquitectura moderna, con un entorno casi bucólico de árboles y agua. El de Santa Isabel tiene un perfil más “de barrio”, enfocado a sus vecinos. Pero los tres comparten su carácter ameno y abierto, con acceso libre a las estanterías (cualquiera puede tomar un volumen y sentarse en los sillones, lo que no es común en otras bibliotecas públicas), estacionamientos para las bicicletas y conexión abierta a internet.

Aunque los guardias en la entrada y el interior podrían intimidar a algunos, su presencia no alcanza a ser invasiva y ni siquiera se exige dejar las mochilas o bolsos en alguna custodia (si se quiere, hay casilleros disponibles). El consumo no es obligatorio y no hay que asociarse para leer o estar ahí, salvo que se desee una lectura para la casa.

Una vez inscrito, el usuario puede pedir y devolver libros en cualquiera de las sedes (incluida la biblioteca municipal), de modo que tiene a su disposición cerca de 45 mil volúmenes; y en el caso de los discapacitados, un servicio a domicilio.

Mil visitas diarias

La experiencia es exitosa. Según cifras de los propios recintos, las visitas diarias van de 800 a 1.000 en la sede de Bustamante, 550 en Balmaceda y 120 a 150 en Santa Isabel. Por eso, la idea es replicarlos en otros barrios de Providencia (ver recuadro).

En los tres cafés la adquisición de libros se guía por las sugerencias de la gente, las novedades y los rankings de venta. Según Bárbara Valdés, quien dirige la sede de Bustamente, la compra mensual allí es de cerca de 300 volúmenes. En el caso del espacio del parque Balmaceda, su encargada, Ana María Valdivia, señala que la colección crece anualmente en un diez por ciento. Sobresalen la narrativa y la literatura juvenil e infantil; también hay lugar para la poesía, los ensayos, la historia, el teatro y las biografías.

Un aspecto que muchos celebran es su horario continuado, toda la semana y todo el año, salvo el 25 de diciembre y el 1 de mayo. “O sea, si hay farmacias de turno, si los bancos pueden funcionar las 24 horas, no es posible que la cultura no pueda tener los 365 días del año”, espeta el alcalde Cristián Labbé, y agrega, “si no funcionan en la noche es porque no hay demanda”.

Un recorrido

El modelo de los cafés literarios, inspirado en sus símiles extranjeros, nació el año 2001 con la sede del parque Balmaceda. Está ubicado en un lugar de circulación masiva, cerca del metro y al lado del puente peatonal que cruza el Mapocho.

Son 700 metros cuadrados, distribuidos en tres niveles, que incluyen un auditorio para 140 personas que se usa para talleres, conferencias y presentaciones. También posee la sala infantil María Cristina Zegers Vial, con pequeñas mesas y sillas ad hoc para los niños y sus padres. En el segundo nivel, donde están la sala de lectura y los estantes, las mesas del café ocupan una terraza que mira hacia el parque.

Ana María Valdivia elucubra las razones de la buena respuesta de los usuarios: “Una variedad de actividades en su mayoría gratuitas, dirigida a diferentes segmentos de edades, combinada con una cantidad importante y actualizada de ejemplares, todo en un entorno llamativo”.

El edificio está inserto en el parque, pero no lo invade. Alrededor se ven grupos de jóvenes tendidos en el pasto y desde el techo se desprende hiedra que logra cierta mimetización con el entorno. “Lo principal es entregar al público un recinto funcional, iluminado y cómodo que no interfiera con el eje vegetal del parque”, decía en 2001 Germán Bannen, el arquitecto del lugar.

El moderno y el íntimo

El café literario más reciente es el del parque Bustamante, inaugurado en mayo de 2008 y situado en las cercanías de la estación Baquedano del metro. Para Labbé es “el más espectacular de todos, el más moderno”.

El lugar consta de dos niveles. En el primero está la hemeroteca, sillones con mesas de centro y la cafetería con sus mesas que se abren hacia el parque y una gran pileta, en la que una vez al mes se hace modelismo naval. Se ve gente que lee el diario o aprovecha el wifi (que se extiende más allá del recinto). Otros conversan en torno a un café.

En el segundo piso están las instalaciones más “literarias”: estanterías, sala de lecturas y un espacio para los niños, además de una terraza que permite mirar hacia la pileta. “Es un gran punto de encuentro”, resume Bárbara Valdés, la encargada.

La intimidad es, en cambio, el rasgo que caracteriza al Espacio Literario Santa Isabel. Abierto en 2003 e instalado en un sector residencial, con casas de dos pisos y calles pequeñas, de esas donde en la mañana se ve a alguien regando o barriendo las hojas, es un sitio al que los niños van en la tarde a hacer sus tareas y en el que muchos se saludan. Según sus funcionarios, se saben los gustos y hasta los nombres de los usuarios.

Ocio en la ciudad

A siete años de la creación del primer café literario, hay planes concretos para fundar más en la zona. ¿Es un modelo replicable en otras comunas? “Absolutamente”, afirma enfático Labbé.

Mientras tanto, los tres de Providencia están ahí, abiertos toda la semana hasta las ocho de la noche para librarnos de excusas sobre el libro y su acceso. Lugares para el ocio dentro de la ciudad, con un tiempo algo más lento, para demorarse -al menos- lo que demora disfrutar, en medio de un parque o de su barrio, un café y un libro.

Nuevos proyectos

La demanda por cafés literarios es alta. Ya en 2007 los vecinos apoyaron en una consulta el proyecto de uno en la plaza Pedro de Valdivia; y hace algunos días, el alcalde Cristián Labbé propuso a Penta, la constructora responsable del proyecto inmobiliario en la plaza Las Lilas, instalar una nueva sede en ese sitio. Aunque el edil prefiere ser “prudente” y no entregar mayores antecedentes, sí adelanta que están evaluando localidades para dos nuevos cafés, uno en Pedro de Valdivia norte y otro en Bellavista. Por ahora sólo están en estudio y no hay montos definidos. “Hay que buscar que tengan cierta personalidad, cierta imagen de marca, no puede ser en una casa cualquiera”, apunta el alcalde. Estos planes se suman al café anunciado para El Aguilucho, que se construiría en los próximos dos años, con un costo de mil millones de pesos.

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