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Maletín literario: sin derecho de elegir (sic)

La Tercera, Santiago, Chile. 07/10/2007.

Al mismo chileno pobre, a quien se le reconoce el derecho a escoger Presidente de la República , se le desconoce el derecho a escoger lo que desea leer. Se les debió haber dado cupones para canjearlos por libros en cualquier librería del país. De ese modo hubiesen podido decidir qué comprar, dónde y por qué

Roberto Ampuero

“There is no free lunch”, advierten los estadounidenses en relación con los obsequios que las empresas ofrecen dentro de sus campañas promocionales. Puede tratarse de almuerzos gratuitos, pero también de desayunos o cenas, o de productos de belleza, viajes, prendas de vestir y libros. Lo primero que me dijeron cuando comencé a enseñar en la universidad norteamericana fue eso: “No hay almuerzo gratis”, menos de un alumno. Nunca un desconocido te regala algo a menos que planee cobrártelo de alguna manera. Y es cierto, un día casi terminé comprando una semana anual de vacaciones a perpetuidad en Alaska durante un espectacular desayuno gratuito que ofrecía una cadena hotelera en Miami.

Recuerdo la escéptica máxima “gringa” al analizar el “maletín literario”, la iniciativa gubernamental de regalar millares de libros a familias de escasos recursos.

El maletín también me trae a la memoria a los vendedores ambulantes latinoamericanos que montan la mesita con mondadores y moldes para hacer picarones, anunciando a voz en cuello: “¡Aquí no vinimos a vender, señoras y señores, sino a regalar!”. Y no puedo dejar de recordar en ese contexto el maravilloso proverbio chino que dice: si quieres que una persona se alimente, no le regales un pescado, sino enséñale a pescar.

El maletín es justamente eso: regalar pescado, no enseñar a pescar, que es más complejo. ¿Quiénes van a entregar esos maletines llenos de libros financiados con los impuestos de los chilenos? ¿Lo harán autores de las obras, maestros de literatura, funcionarios ministeriales, alcaldes, los propietarios de las distribuidoras beneficiadas, comisiones pluripartidistas, o derechamente el gobierno? ¿Y a quién deberán agradecer los beneficiados? ¿Y cómo se supone que deberán agradecer el regalo? ¿Sólo leyendo?

Populismo y miopía

La iniciativa de regalar libros a los más pobres tiene dos caras. Por un lado, la del populismo, que vuelve a aparecer. ¿Puede alguien oponerse a una medida filantrópica de esta naturaleza? Desde luego que no, a menos que quiera quedar como el villano que se resiste a que el pueblo se cultive. No obstante, siguiendo la lógica de la repartición de maletines, que solucionaría, según las autoridades, la falta de lectura en sectores populares, habría que esperar medidas adicionales: repartición de maletines atestados con textos de ciencias y matemáticas, de historia y gramática; de otros con CD con la música que los pobres deben escuchar, de algunos con DVD de las películas que deben ver y, ¿por qué no? de maletines con medicamentos, anteojos, frazadas y hasta con acciones bursátiles, porque serían igual de beneficiosos que los maletines de literatura.

Por otro lado está la filosofía que rige la repartición. Es una filosofía simplista: cree que la afición por la literatura surge por un acto de donación aislado, desvinculado del ambiente en que uno crece. No ve las condiciones sociales ni la forma en que se enseña literatura. Es la filosofía de quien cree que resuelve la pobreza dando limosna a la salida de la iglesia, sin tocar estructuras. Es una filosofía que busca apaciguar la propia conciencia y elude las causas del fenómeno: una educación que es una estafa para los pobres, a quienes les impide entender y desear libros, y les niega la movilidad social.

En una actitud miope que no ve que debajo de esto se halla además un sistema insensible, continuado en los últimos 17 años, que construye un país cada vez menos equitativo y en el cual la cultura pierde espacio; un sistema que enseña literatura con programas y métodos desvinculados de la sensibilidad de los niños y jóvenes actuales. Repartir maletines literarios lo elabora quien confunde el parche curita con la cirugía, y se quedó atascado en el paternalismo de patrón de fundo. Lo promueve alguien que es conservador en lo económico, pero jacobino en el discurso, y que ahora, gracias al cobre, desea calmar su conciencia como el que entrega con aire santo su dádiva al limosnero.

Este tipo de donación crea relaciones de dependencia y servilismo, de pasividad y clientelismo: el receptor se acostumbra a recibir y se convierte en deudor; pero el donante de recursos ajenos capitaliza prestigio individual. Se transforma en acreedor, y regresará a recordar discretamente, tal vez con su mera presencia o una palmadita, el regalo en alguna coyuntura decisiva.

¿Derecho a elegir?

También llama la atención el estilo vertical con que se implementa la iniciativa: una comisión -con integrantes conocedores de la materia- define los títulos a repartir. Curiosamente, al mismo chileno pobre, a quien se le reconoce el derecho a escoger Presidente de la República , se le desconoce el derecho a escoger lo que desea leer. Parece que a libro regalado no se le miran las páginas. ¿No hubiese sido más democrático y respetuoso de la dignidad del receptor elaborar una lista de obras clave de la literatura mundial y nacional, de la cual los beneficiados pudiesen escoger? A las personas se les debió haber dado cupones válidos para canjearlos por libros en cualquier librería del país. De ese modo hubiesen podido decidir qué comprar, dónde comprar y por qué comprar. Así hubiesen entrado a una librería y comparado precios. Ese modus operando habría sido transparente, hubiese funcionado dentro del sistema de venta de libros y hubiese entregado poder a los receptores.

Sorprende que en la época de la libertad de opción, a ésta se la restrinja. Asombra que en el libre mercado rijan imposiciones culturales, y se olvide una iniciativa de mercado, ideada por la propia izquierda en una época en que el libre mercado era tabú: la editorial Quimantú, que no regalaba libros, pero ofrecía textos clásicos a precios módicos, en tiradas aun hoy inalcanzables. Aquí el jacobino prefiere el parche a la cirugía.

Curiosamente ni en Cuba se regalan libros a los pobres (sí textos básicos a estudiantes). Los libros son simplemente baratos. Lo mismo ocurría en la Europa comunista. En Suecia, Alemania o Estados Unidos, donde los libros son más baratos que aquí y no pagan impuestos tan elevados, son claves las bibliotecas públicas bien surtidas. El que quiere leer, que llegue a ellas. ¿Por qué no financiar la construcción de más bibliotecas y equipar mejor las existentes? ¿Por qué no crear un sistema efectivo de bibliotecas móviles que recorra el país prestando libros? Se podría aliviar el impuesto a las librerías de viejos, que es donde circulan los libros usados, preferidos por quienes leen a bajo costo. Se podría eliminar el IVA a los libros, uno de los más altos del mundo. O se podría impulsar programas de préstamo de libros a la tercera edad, respaldar encuentros de escritores con adultos o estudiantes en zonas apartadas, dar más facilidades a empresas para que formen bibliotecas, o contribuir a la producción de documentales relacionados con la literatura y la cultura.

El hábito emerge también en un sistema educativo que enseña a disfrutar la literatura, que recoge las expectativas de los niños y jóvenes, y no se encaja el corsé de programas diseñados por especialistas ajenos a las nuevas sensibilidades. Pasa también por abordar la literatura estimulando la discusión de contenidos, no imponiendo interpretaciones sacramentadas. Pasa por incorporar Internet, Youtube(sic) y el cine a su enseñanza, pero también pasa por estimular la expresión en un país en donde no fomentamos la redacción escrita u oral de las opiniones. Aprovechar productivamente la literatura es mucho más complicado que tener un libro en las manos o el pescado en la sartén.

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