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"Algunos de los libros escapan a la intención original"

El Mercurio, Santiago, Chile. 07/10/2007.

Aciertos, pero también ausencias y repeticiones, observa la autora de “La Emperrada” en la selección de 49 libros que se dio a conocer esta semana. La escritora cuenta su experiencia en las reuniones en las que participó y manifiesta algunas aprensiones, como incluir cómics.

Marta Blanco

Escribo desde Nueva York, un lugar lejano, dinámico y millonario, pobre y hermoso, de altos edificios atemorizantes.

Una especie de Alejandría del siglo XXI, ciudad de magnos museos, espectáculos, diarios y revistas, artistas y diletantes, miles de libros buenos y malos a precios razonables y una biblioteca pública apabullante, donde hay universidades y cesantes, y un mundo agitado corre por sus calles en permanente ebullición.

No hay que ser Stanley para llegar a esta selva y perderse en ella. Aun así, es fácil sentirse en el Congo y echar de menos el país nuestro, ese Chile que intranquilo nos baña, donde la mezcla de opiniones y hábitos, impaciencias y conciencias nos mantiene distantes unos de otros porque casi todos creen en una sola verdad absoluta: la propia.

Es difícil hablar del llamado Maletín Literario desde Manhattan. Escribo un poco a tientas. Es una buena idea y llevarla a cabo será un esfuerzo porque no estamos de acuerdo en muchas cosas. Aun así, haremos una biblioteca inicial, terminaremos por decidir qué libros entran. Habremos ampliado la convivencia literaria, hecha aún de retazos y pedazos, de sueños y dolores, de ideologías y tecnologías, de hombres y mujeres que intentan un diálogo temeroso, inteligente o ingenioso, envuelto en silencios más decidores que cualquier palabra.

Me gusta participar en tan amplio plan de difusión de libros. Me he encontrado con otras generaciones -a estas alturas de mi vida significa los jóvenes y los no tanto-, algunos mayores que son cada vez menos, y muchos buenos amigos que regresaron del exilio en silencio y dejé de ver por más de treinta años. Hay muchos talentos reunidos. ¿Cómo no celebrar el abrazo con Omar Lara, estricto y espléndido poeta que edita la revista Trilce en Concepción? Y las prudentes, sabias palabras de don Hugo Montes, la audacia juvenil de Rafael Gumucio, Alberto Fuguet y Elicura Chihuailaf, los siempre jóvenes. Pues, así como algunos hacen voto de obediencia, pobreza y castidad, ellos han hecho voto de juventud eterna.

Ubiquémonos
Deberíamos seleccionar para este maletín tentativo sólo cuentos, poesías y fábulas que narren y amarren. No creo que los libros sirvan a los niños y a sus padres a la vez. Si la familia está en crisis, leer -si no saben leer- agudizará la carencia. El niño debe aprender a leer en la escuela. Luego tratará de leer los libros que le pertenecen. No es una ley absoluta. Es un azar. Pero quizás no romperán o venderán los libros si intentamos seducirlos y explicarles su contenido. La entrega debería ser una elección individual. Cada niño elegiría entre diez títulos. Se le explica en qué consisten. Y después de escuchar y preguntar, se llevaría los libros elegidos por él mismo. Apuesto que aprenderían muy rápido el valor de un objeto propio que le habla al oído.

La lista de la última selección me desconcierta (por motivos personales no asistí a la última reunión, lo que expliqué a la directora de la Dibam, señora Nivia Plama, en su oportunidad). En mi opinión, algunos de los libros escogidos escapan a la intención original. Ubiquémonos: son niños de la extrema pobreza, con padres que trabajan largas horas y salen al alba de sus hogares para regresar entrada la noche. Llegan rendidos, y créanme: una madre cansada no lee qué receta preparar. Además, no tendrá los ingredientes. Y por lo demás, basta de engaños, los pobres y los no tanto se contentan en la noche con una taza de té y una marraqueta que a veces será un sándwich. O sea un sánguche. No nos contemos cuentos chinos.

Como no somos la luna -aunque algunos habiten en ella-, no nos llenamos solos. Debemos buscar un camino común. Siempre entendí que debíamos elegir libros atractivos para niños de cuatro a nueve años. ¿Qué hacen ahí, entonces, “Hijo de Ladrón”, “Cien Años de Soledad”, “La Casa de los Espíritus”, “La Reina Isabel Cantaba Rancheras”, “El Hombre en Busca de Sentido”? Estos son libros para adolescentes y adultos que se podrían entregar en la segunda etapa. Vamos a generar un problema cultural al entregarles libros que los obligarán a pedirles ayuda a sus padres. Y ellos dirán, “Hijo, no sé leer”, o “Cállate, ¿no vis que está jugando el Colo?”, y la mamá dirá: “Déjame tranquila, ¿no cachái que estoy viendo la telenovela?”

¿Maletín o biblioteca?

Creo, además, que el título Maletín Literario no le calza. Nuestros niños no son nómades, no van de aquí para allá con su casa a cuestas como las hordas de Atila ¿No podríamos llamarla Pequeña Biblioteca Literaria?
Las diferencias entre la capital y las provincias, la enseñanza estatal y la privada, la disminución de las palabras ad usum y una televisión de mala calidad, de la que Karl Popper dijo hace años que era mala maestra, dificultan la tarea. Pero no son motivo para embutir libros completamente fuera del foco inicial. Mantengamos el timón hacia donde queremos ir. No hay que ser muy técnico para saber que el diccionario requiere más que capacidad lectora. Cuidado con convertir el libro regalado en motivo de desprecio hacia los padres.

Vuelvo a la lista. Hay temas repetidos y algunos olvidos graves. Homero no debe estar ausente. La adaptación de M. Luisa Vial de “La Ilíada” y “La Odisea” son ejemplos de belleza y lenguaje, aventura y metáfora, imaginación y búsqueda, honor y valentía humanas. No podemos dejar fuera la Antigüedad. Homero es el principio del canto del hombre. Aquí hay un desafío: El cómic gana terreno. No tengo nada contra Asterix, Tin Tin o Condorito. Pero si vamos a entregar libros donde el niño pequeño descubra la narrativa, el cuento, la poesía; la felicidad que procuran las palabras, su ritmo y su respiración, temo a los cómics como a la peste negra. Por lo pronto, es a lo único a que tienen acceso fácil. Para comprenderlos no necesitan el lenguaje y estaremos ayudando a volatilizar el castellano. De pronto, ya no serán setecientas las palabras en uso; ya hablan el coa delictual con la naturalidad de un reo. Y es que son reos de un lenguaje disminuido y selvático. El cómic me parece una reverencia inútil a lo conocido. No les estamos abriendo puertas sino cerrándolas a la lectura con los “monitos”.

Un libro es un llamado a la soledad del pensamiento, lo único que puede llevar a un niño por el camino de la reflexión y la madurez intelectual, entreteniéndolo hasta olvidar el paso de las horas. Es un mundo. Mejor dicho, es el mundo. Entrarán a las minas con Baldomero Lillo y correrán aventuras loberas con Francisco Coloane, serán el enano feliz que termina llorando en El Cumpleaños de la Infanta y más de alguno será Robinson Crusoe o algún héroe de Hans Christian Andersen, al que llamaba Ala de Cisne la escritora española A. María Matute.

Es arriesgado convertir el libro no en una sorpresa, eso son los regalos, sino en una donación del Estado a la familia para que los padres lean junto con los hijos. Si la familia está en crisis no la salvaremos con el aporte de unos cuantos libros. Al estructurar esta Pequeña Biblioteca pensé en el niño, los niños -y por supuesto en las niñas, he perdido la batalla del género incluido en el sustantivo común-. He pensado y aún pienso en los niños que miran el mundo desde una óptica en sepia o en gris. Merecen un destino mejor y debemos encontrar la fórmula para que accedan a él.

Quisiera verlos crecer llenos de la luz de la lámpara de Aladino, de palabras enhebradas de una y otra manera; deben encontrar en sus primeras lecturas la puerta abierta al mundo real.

Los libros salvarán niños

El mundo feliz no es feliz. Es mundo no más. Guarda dolores y errores, furias y penas. El libro de índole narrativa, que viene de la tradición de la Alta Edad Media, del cuento medieval que se transmitía oralmente, aquel que recopilaron Perrault, los hermanos Grimm, Andersen, son enseñanzas sin alarde. El aburrimiento es causa de mucha desesperación. Un niño debería aprender muy rápido a entretenerse solo, a soñar y reír y llorar con la literatura. La vida es un hilo de seda que nos lleva en volandas de la risa al llanto. Démosle herramientas de defensa que no sean metralletas, cuchillos o drogas. Los libros salvarán más niños que la televisión.

Termino diciendo que he sido y solo soy escritora. He trabajado toda mi vida, no sé mucho de nada, sólo tuve la suerte de un abuelo sabio que me leía “El varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial, el mínimo y dulce Francisco de Asís está con un rudo y torvo animal” a mis cuatro años. Tuve la fortuna de descubrir la poesía muy chica. Quisiera que todos los niños de Chile descubrieran en la lectura una defensa contra el dolor y la enfermedad, la muerte, el hambre y la soledad. Esa defensa es la literatura: los cuentos, las poesías, las fábulas. Luego vinieron las novelas, las preguntas con y sin respuesta y, finalmente, la escritura. No le deseo mejor vida que esta a nadie. El libro entra con curiosidad y silencio, en secreto. Entra para no salir. Por eso creo que hay que simplificar la primera entrega de esta Pequeña Biblioteca, dando sólo aquello que la edad de los niños les permita comprender.

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