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La Lectura: ¿Hábito o placer?

Radio U. de Chile. 27/01/2005

Resolver el problema del analfabetismo funcional, o sea, lograr que la gran mayoría de los niños que egresan de 4to año de Educación Básica entiendan lo que leen, es condición necesaria para masificar los beneficios de la buena literatura. ¿Pero es suficiente?

Columna de Educación
Marcelo Lewkow

Los especialistas dan todo tipo de recetas para fomentar el hábito de la lectura placentera. Desde dotar a las escuelas de bibliotecas completas y accesibles, hasta programas de Lectura Silenciosa Sostenida, en que se instauran 15 minutos diarios de lectura placentera simultanea a toda la escuela, de capitán a paje.

Pero a pesar de estos esfuerzos por fomentar el hábito de la lectura placentera, los números no repuntan. ¿Qué estará fallando?

Según la experiencia de los especialistas de los países desarrollados, y algunos locales, lo que falla es precisamente el objetivo inicial, o sea, la intención de fomentar el hábito de la lectura.

Ello, dicen los especialistas, porque la lectura placentera no es un hábito. Es una actividad voluntaria y creativa, a la que se llega por curiosidad intelectual, no por la obligación conductual impuesta por la repetición de una actividad mecánica. De hecho, dicen los expertos, presionar, no importa de que manera, para que la lectura se convierta en hábito, es la mejor forma de asegurar que los niños y jóvenes huyan de ella, en una edad en que las imposiciones de los adultos generan una y sólo una reacción: la rebeldía.

Y si no se puede imponer la lectura placentera, ¿Cómo presentar la lectura a los jóvenes y niños de manera que entiendan e incorporen la capacidad de la literatura de entretener, de informar, de educar, de emocionar y de recrear mundos que tanto nos atraen a los adultos?

He aquí algunos consejos prácticos:

No seleccionar los textos de lectura placentera escolar a partir de criterios académicos del tipo “qué deberían leer los niños” sino a partir de los intereses del niño, para lo cual es necesario conocer y validar su mundo y conocer las características de su etapa de desarrollo.

Fomentar la recomendación Inter. – pares: Como nos pasa a nosotros, nada como un amigo recomendando un buen libro. Publicar comentarios acerca de libros en el diario mural o revista escolar.

Transformarlos en consumidores de libros: Crear dinero virtual, y que tengan derecho a arrendar cierta cantidad de libros de la biblioteca, para que se esfuercen en escoger bien y en cuidarlos [sic].

Evaluar la lectura significativamente (para el niño): ¿Quién leería con placer Cien Años de Soledad si supiera que al terminarlo le harían una prueba en la que tendría que recordar de memoria la mitad de los nombres de los personajes? También se puede evaluar preguntando qué habría hecho el lector si hubiese sido el protagonista; qué le habría cambiado si hubiese sido el autor; cómo lo transformaría en comic, etc.

Pero sobre todo, educar con el ejemplo. Si usted, profesor o padre no busca libros para solucionar problemas prácticos o filosóficos, si no le cuenta a los niños (en palabras que comprendan) que libro esta leyendo y porque le gusta, sino sale a comprar libros con ellos, y les da dinero para que ellos también elijan el suyo, difícilmente ellos se sentirán estimulados a hacer lo mismo.

Se trata de darles a entender, con el ejemplo, que la lectura es más que una actividad racional y relacionada con tareas o deberes, se trata de mostrarles los diferentes mundos que los libros pueden abrir.

A propósito de entender como captar la atención de los niños hacia la lectura y su verdadero valor, me viene a la memoria un foro de un simposio internacional en que me tocó participar y en que se discutía arduamente, entre expertos, si era conveniente leerle cuentos a los niños que aún no sabían leer por si mismos. Nadie parecía dar con el argumento definitivo en pro o en contra, hasta que una parvularia presentó un video en que sus niños contaban que les parecía la experiencia de que la tía les leyera un cuento.

Y allí, con simplicidad y certeza propia de su edad, una hermosa niña de cinco años acabó con el debate explicando porque le fascinaba que la tía le leyera cuentos:

“Es que su boca cambia, y de ahí salen palabras tan hermosas como canciones”.

Si los adultos sacáramos nuestros queridos libros por la boca en palabras tan hermosas como canciones frente a nuestros niños y jóvenes, ellos desearían tanto como nosotros poder experimentar la lectura placentera, sin necesidad de mecanizarlos, obligarlos o calificarlos.

¿No le parece?

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