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Página negra: crisis del libro

La Nación, Santiago, Chile. 8/02/2004.

Los textos tienen una doble dimensión: son mercancía económica pero también soporte simbólico de lo que esuna sociedad. En tiempos de globalización y competencia, las editoriales y librerías están apostando sólo alnegocio. ¿Debe el Estado comprar libros para asegurar la continuidad histórica de la República? Se abre el debate.

Danielo Maestre

La industria editorial chilena está pasando por una suerte de crisis invisible. Editoriales históricas, como Universitaria, salvada dos veces de su cierre e incluso controlada en períodos por un síndico de quiebra; o Andrés Bello, que este tiempo se ha visto tambaleante y en una situación de violenta reducción de títulos publicados así como de librerías funcionando, son parte de un capítulo complejo para los libreros nacionales. ¿Razones? La premisa es simple: aunque esta industria funcione sobre las lógicas del libre mercado, vender libros no será nunca como ofrecer zapatos o manzanas. ¿Por qué? La edición de libros es un microcosmos de cada sociedad. Imprime sus tendencias y ‘fabrica’ ese intangible que son las ideas y creencias. O sea, ningún problema en que Morris West o Stephen King vendan millones de dólares, pero ¿las obras de los científicos Humberto Maturana y Francisco Varela -por ejemplo-, sólo deberían imprimirse si son negocio?

La historia
A finales de los años 80 la industria del libro en Chile experimentó un nivel de crecimiento significativo, coincidente con elaumento en el nivel de ingresos y el advenimiento de la democracia. Esto se tradujo en el surgimiento de una serie depequeñas editoriales independientes y la consiguiente instalación de las editoriales transnacionales que vieron en el mercado chileno una excelente oportunidad de expansión. ¿Ejemplo? La Nueva Narrativa Chilena impulsada a comienzos de los 90’ por la Editorial Planeta Chile, que con su colección “Biblioteca del Sur” logró una especie de boom de autores jóvenes post dictadura. Tal fue el éxito editorial, que no tardaron en sumarse otras transnacionales como Alfaguara, que quisieron explotar la misma veta. Alberto Fuguet, Marcela Serrano, Gonzalo Contreras o Carlos Cerda, fueron las estrellas indiscutibles del fenómeno.

En ese contexto se crearon instancias como el Consejo del Libro y la Lectura y también se instalaron varias librerías, algunas independientes, otras en cadena, o relacionadas con las mismas casas editoriales y distribuidoras. Pero este boom acabó cuando en 1997, el virus económico de la crisis asiática contagió a la producción local, ocasionando la caída en picada de las ventas.

Juan Carlos Sáez, dueño y fundador de las desaparecidas editorial Dolmen y librería “World Book Centre”, habla desde su experiencia: “No sólo la crisis económica condicionó el estancamiento o retroceso en el desarrollo de esta industria. Múltiples son los factores estructurales que la afectan: niveles pobrísimos de comprensión de lectura; debilidad financiera en todas las etapas de la cadena de valor; insuficiencias en las instituciones públicas y privadas ligadas al libro; ausencia de una Política Nacional del Libro y de la Lectura; invisibilidad del libro en los medios de comunicación; reprografía (fotocopia) indiscriminada en universidades, colegios e instituciones privadas y públicas”.

Mercancía y significado
Otro de los factores que en la actualidad condiciona a la industria editorial es la expansión y fusión de los grandes conglomerados transnacionales, conocidos como “grupos editoriales”. En Chile, desde los ’90, lo han sido Planeta, Sudamericana, Alfaguara, Grijalbo, Ediciones B, Santillana, Arrayán o Norma, entre otras. El porcentaje de propiedad que tienen los grupos editoriales extranjeros en las empresas chilenas es variable y eso mismo hace distintos los grados de control que ejercen. En general, se puede afirmar que las filiales actúan con autonomía en lo referido a gestión editorial y administrativa. Sin embargo, se encuentran totalmente sujetas a control en el plano financiero, es decir, se les exige rentabilidad con mano férrea y esa exigencia articula y orienta las otras libertades.

Como reacción a esta tendencia del mercado, y ante el dato de que cerca de 100 librerías tuvieron su epílogo, se creó la Asociación de Editores Independientes de Chile.

Paulo Slachevsky, su actual presidente y fundador de Editorial Lom, explica que “el desarrollo de enormes economías de escala y la concentración vertical de la producción cultural en el mundo, dominada por la industria del entretenimiento norteamericana -principal fuerza comercial de ese país-, ha tenido efectos devastadores en la producción cultural local de diversas partes del mundo, que han debido contentarse con el rol de receptores de estas industrias viéndose incapacitados de producir su propia y natural creación intelectual, o de generar visiones de mundo.”

Para estos editores el tema de fondo es que el libro es un objeto de dos caras: económica y simbólica. Es a la vez mercancía y significado, por tanto editar hoy en Chile -plantean- es buscar un equilibrio entre la importancia otorgada al significado y la concedida a la dimensión mercantil que posee el libro.

¿Cómo hacerlo? Tienen una propuesta temeraria y políticamente muy incorrecta para el discurso dominante: que el Estado compre un porcentaje de todo cuanto se edite en la industria nacional, y que estos se destinen a bibliotecas públicas y colegios municipales.

Bartolo Ortiz, gerente comercial de Editorial Planeta Chile, como voz de los grandes, no está para nada de acuerdo: “Son unos locos, unos obtusos. Obligar a un Estado a comprar malos productos es absurdo. Imagina que hoy por hoy cualquier hijo del vecino que tenga un poco de plata puede autoeditar cualquier mugre. Nosotros el 2003 editamos 16 libros de autores chilenos, pero son libros que tienen perspectivas o algún nivel de trascendencia…”

la cultura Jumbo
Las librerías son una extensión del problema. Desde 1999 irrumpió la llamada venta de libros en “grandes superficies”, esto es la oferta de textos probadamente exitosos a nivel de supermercados y multitiendas. Esto generó un desequilibrio en gran parte de las librerías más pequeñas, que con la venta de los libros masivos o “best-seller” subsidiaban a aquellos otros que tienen menor movimiento, como es el caso de los géneros poéticos o los relacionados con ciencias sociales. Sin poder aguantar la presión, muchas cerraron, tal como la Trolley Bookstore del Jumbo de Bilbao, que se vio enfrentada a su propia casa matriz, cuando este hipermercado introdujo libros en su multiforme canasta de productos.

“Existe deslealtad desde varios puntos de vista, primero esta el asunto del mismo Jumbo, que te arrienda un local, a un valor astronómico y después se transforma en tu competencia, y también las editoriales en menor grado, que ante la compra masiva de estas enormes cadenas, les ofrecen mayores descuentos que se ven reflejados en sus precios”señala amargamente María Liliana Sáez, gerente y socia de la desaparecida librería.

En Francia y España ocurrió una situación muy parecida. ¿Qué hicieron? Las autoridades optaron por establecer un precio fijo a los libros, con el objeto de evitar las diferencias en el precio que ofrecen “grandes superficies”; para los discos se propuso la misma alternativa pero no se llegó a acuerdo. Pasado unos años, se vio que la misma cantidad de librerías seguían existiendo, en cambio mas de un 60 por ciento de las disquerías habían desaparecido, quedando solo las grandes cadenas y supermercados.

Jorge Edwards, el galardonado escritor nacional, socio de una distribuidora de libros (Fernández de Castro) y dueño de una conocida librería, señala: “ La Constitución chilena no permite la fijación de precios, y no veo por qué el libro debiese ser la excepción, sin embargo lo que me preocupa es el IVA que paga el libro en Chile, es el más alto en el mundo. En los países de Europa no supera el 5 por ciento, acá es del 19 por ciento, es decir una quinta parte del valor del libro va para el fisco. O sea, estamos condenados por el IVA.”

La función de la librería en esta cadena de producción cultural es clave. Pero la mayoría en este rubro debe enfrentar una serie de conflictos, como la falta de liquidez derivada de la carencia de movimiento en los inventarios; los problemas que generan las deudas con sistemas de consignaciones o los porcentajes que marginan y el hecho fáctico de que existan tantos libros para tan pocos lectores.

Joan Usano, sociólogo catalán encargado de la Librería Nueva Altamira, en el Drugstore, comenta: “Mantener una línea editorial interesante dentro de una librería tiene sus costos, como por ejemplo un retorno de capital mucho más lento debido a la casi inexistencia de lectores cultos con verdadero poder adquisitivo dispuestos a pagar 20 ‘lucas’ por la última novedad de calidad importada de España. Para comprobar esto sólo tienes que echar un vistazo al suplemento de decoración de El Mercurio donde casi nunca -en los 4 años que llevo viviendo en este país- he visto libros en esassuntuosas y lujosas casonas que se diseña la nueva elite económica del Chile triunfalista.” Por ahí va el problema de fondo. Los libros, en nuestra cultura, al parecer ya ni siquiera son parte del decorado.

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