La magia de escuchar cuentos

Dibam. 31/03/2011

Un amplio grupo de narradores se reunirá en la Biblioteca de Santiago para efectuar el Primer Encuentro de Cuentacuentos Infantil y Juvenil, dedicado a la figura del célebre escritor danés Hans Christian Andersen. Las presentaciones serán este fin de semana.

El Primer Encuentro de Cuentacuentos Infantil y Juvenil, se realizará el 2 y 3 de abril, en la Biblioteca de Santiago. Esta iniciativa está inserta en el marco del Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil, que se celebra el 2 de abril, en homenaje al nacimiento del escritor danés Hans Christian Andersen (1805-1875).

Con el objetivo de sumarse a estos festejos, cuentacuentos profesionales y estudiantes de la Escuela de Cuentacuentos de la Fundación Mustakis –con el apoyo de la Fundación SM– impulsaron esta actividad.

La convocatoria fue a través de la Sala Infantil y la Sala Juvenil de la Biblioteca de Santiago, espacios en los que la narración oral es una actividad muy importante para aproximar la literatura a los noveles lectores.

“Escuchar un cuento es mágico y está muy relacionado con el fomento lector, porque las personas que escuchan un buen cuento, contado por un buen narrador o narradora, después quieren ir a la fuente, quieren seguir leyendo más de ese autor o quieren leer el cuento que escucharon”, expresa Eva Passig, una de las narradoras y organizadoras del evento.

Las presentaciones serán en los mismos horarios y espacios tanto el sábado 2 como el domingo 3 de abril. A las 12:30 y a las 15:30 horas, en Sala Infantil y a las 15:00 horas, en la Sala Juvenil. La entrada es gratuita, y los cupos son limitados.

Lecturas sobre la lectura

El Mercurio. Santiago, Chile. 13/02/2011

Patricio Tapia

Logros tan dispares como mejorar la ortografía, alcanzar el éxito económico o acceder a la sabiduría se cuentan entre los argumentos de los propugnadores de la lectura, aunque rara vez los aplican a ellos mismos. Leer, como ahorrar energía, es una actividad recomendable para los otros. Tres publicaciones recientes, sin embargo, se ocupan, desde perspectivas diversas, de las posibilidades de la lectura.

El arte de la lectura en tiempos de crisis (Océano), de la antropóloga francesa Michèle Petit, demuestra, mediante el estudio de casos, los poderes reparadores y de reconstrucción del leer en circunstancias de crisis o pérdida, ya sea personales (desamores, enfermedades, traslados o duelos) o colectivas (guerras, atentados, secuestros).

El acto mismo de la lectura es abordado en Saber leer (Aguilar), de Giovanni Parodi, Marianne Peronard y Romualdo Ibáñez, que se presenta como una obra orientada a un público amplio, con una perspectiva “psicosociolingüística” -aviso puede disminuir la amplitud del público- para ayudar a divulgar “lo que significa leer con pericia como lo hace un lector experto” y a aclarar “algunos núcleos conceptuales fundamentales”. Va desde las concepciones de leer, los conceptos de texto y de género hasta el aprendizaje y los textos digitales. Aunque provista de gráficos y ejemplos, suele documentar lo obvio. ¿Qué clase de lector no se percataría que expresiones como “en otras palabras” o “es decir” puestas entre una palabra técnica o nueva y una descripción, implican una suerte de definición?

Por último, en Cómo aprendemos a leer (Ediciones B), Maryanne Wolf plantea cómo la lectura, una invención cultural más bien reciente en términos evolutivos, ocupa estructuras cerebrales antiguas, de manera que, para leer, un cerebro tiene que hacer algunas adecuaciones. Algunos cerebros nunca lo logran o lo hacen imperfectamente: es el caso de los disléxicos, que le interesa particularmente a la autora. En el libro se sostiene que las zonas del cerebro y los circuitos neuronales varían según el sistema de lectura, alfabético (como el nuestro) o no (como el chino). La neurociencia, mediante la tecnología de la neuroimagen, puede demostrar, que se utilizan distintas partes del cerebro en uno y otro caso. Wolf se muestra desconfiada frente al “universo Google”, aunque no aporta ninguna evidencia de que leer en un libro o en una pantalla active el cerebro de forma distinta.

Sin leer, sin saber, sin vivir

El Mercurio. Santiago, Chile. 07/02/2011

Día a Día. Editorial

Se ha discutido bastante sobre la incomprensión lectora promedio de nuestro país, algo evidente para quienes trabajamos en la educación universitaria, pues la mayoría de los alumnos que recibimos vienen sin hábitos de lectura y con muy poco interés por entablar una amistosa relación con los libros. Por ejemplo, forzarlos a concentrase en un volumen de poco más de 100 páginas se les hace cuesta arriba y reclaman por la “excesiva” extensión de la obra.

¿Qué ocurrió para que en Chile y en otros lugares se dejara de leer? Hay varias respuestas. Una de ellas es que nuestra época, de una invasión visual y sonora casi sin límites, apenas impulsa el tiempo, el espacio y el silencio para sentarse en un sillón con un libro en las manos y concentrarse un par de horas en este ejercicio intelectual, mirado por muchos con desdén o sospecha. A tal punto es esto cierto, que, incluso, un buen lector debe dar explicaciones por dedicar parte de su día a esta actividad “improductiva”.

Sin embargo, me sumo a las voces que aprecian sinceramente la lectura, reconocen su necesidad y conservan el gusto por ella, pues las páginas leídas, sea para aprender, disfrutar, comprender, no son una negación de la vida, sino un puente para que nuestro paso por la existencia sea auténticamente humano.

Escolares de colegios particulares muestran poco interés por leer

El Mercurio. Santiago, Chile. 31/12/2010

Estudio de la Universidad de Los Andes.

Se califican como malos lectores, y los docentes no se responsabilizan de ello.

Manuel Fernández Bolvarán

Si bien tener padres lectores ayuda a que los niños se interesen por los libros, el rol de sus profesores es igual de fundamental. Precisamente para saber si los docentes están motivando a sus alumnos a leer, la investigadora de la U. de los Andes Pelusa Orellana hizo un estudio en colegios particulares subvencionados y privados de Santiago.

Al analizar las prácticas de 48 profesores, concluye que estos no asumen como una de sus tareas el desarrollo del interés lector de sus alumnos. De hecho, parecieran no tener las herramientas para hacerlo: “Un 20% de profesores no sabe qué es la lectura recreativa, uno de los tipos de lectura que debieran desarrollar en las aulas para favorecer el placer lector”, dice Orellana, quien dirige la carrera de Pedagogía de la U. de los Andes.

Los docentes sostienen que si los alumnos no se motivan por leer no es su culpa, sino de los padres, que no aportan buenos modelos, o porque los niños carecen de las habilidades. Por eso, no es raro que, al consultar a 2.321 escolares de 2° a 6° básico, el estudio encontrara que se perciben como malos lectores. En una escala de 1 a 4, los alumnos se ponen nota 2. En cuanto a motivación por leer, la nota es 1,9.

“Si bien los resultados de las niñas suelen ser superiores a los de los niños en lenguaje, no se aprecian diferencias importantes entre ellos ni en cuanto a su autoconcepto como lectores ni a la valoración que le dan al tema”, enfatiza la académica.

La desmotivación también es transversal a todos los cursos. El único factor que parece influir en el nivel de interés de los alumnos es si el colegio es bilingüe o no. “Los niños bilingües se consideran mejores lectores y se muestran más interesados por leer”, resume.

Según Orellana, esto puede deberse a factores como el concepto de lectura que manejan los docentes de este tipo de establecimientos o al hecho de que los textos de inglés ofrecen lecturas más misceláneas que los de lenguaje y comunicación.

DESINTERÉS

Sólo 36% de los profesores lleva a sus alumnos cada semana a la biblioteca.

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