El Mercurio, Santiago, Chile. 27/04/2008

El miércoles fueron entregados los primeros maletines literarios a 300 familias con hijos entre kínder y cuarto básico. En total beneficiará a 133 mil familias. María Sepúlveda y Viviana Placencio son las jefas de dos hogares beneficiados. Dos familias estadísticamente similares, pero con una brecha: María nunca ha leído un libro y Viviana es una lectora regular.

Óscar Contardo

El 23 de abril María Sepúlveda conoció La Moneda, entró por primera vez a una biblioteca y recibió los diez libros del Maletín Literario. Hasta ese día no había libros en su casa actual. De hecho, son los primeros libros en, al menos, dos generaciones de su familia. “Yo era sola. Me críe con mis abuelos, en el campo, cerca de Rapel. Ellos no sabían leer ni escribir”, explica.

Si la vida de María Sepúlveda pudiera resumirse en cifras, habría que decir que tiene 34 años, trabaja desde los 16, tiene 3 hijos, y que llegó hasta quinto básico. “No tengo más estudios, no podía estudiar”, añade disculpándose. María vive en una casa a la que llegó hace cinco años. Su casa es en realidad un departamento que mantiene impecable con una galería de fotos de sus hijos desde la puerta de entrada hasta el comedor. El departamento está en un block a un par de cuadras de San Pablo en Pudahuel. Es uno de los blocks de vivienda social nuevos color pastel, distintos a los blocks de comienzos de los ‘90, de ladrillo sin estucar y color granate con escaleras que se enfrentaban -creando una trama que semejaba telarañas- y diferentes a los blocks de los ‘70, que variaban del gris al amarillo y que tenían un cierto aire soviético. “No se llueve”, informa María, como diciendo que es a prueba de balas y que eso lo agradece infinitamente, según podría interpretarse por el gesto de satisfacción y la sonrisa. Lo dice con orgullo porque María parece ser de esa gente incapaz de decir una ironía, menos si se trata de algo relacionado con su vida. Ella verdaderamente agradece que su casa no se llueva y agradece los libros, y les pide a sus hijos que también agradezcan. “Cuando me llamaron pensé que era una broma. Desconfié del primer señor que llamó. Nunca me habían regalado nada”.

Los hijos de María son silenciosos como ella. De hecho, da la impresión de que hablar es un ejercicio para el que es necesario pedir permiso. En el caso de ellos, el permiso lo otorga la propia María con miradas de aprobación si los niños se mantienen quietos o de descontento si se desordenan. María les levanta la restricción sólo a veces. “La que habla es la mamá, no interrumpa”. No hay mucho que interrumpir porque María no se extiende más de lo que debe juzgar necesario, que siempre es una oración que se extingue rápidamente. “Antes vivía de allegada con mi hermanastra y su familia”, añade.

-¿En una casa?
“No, en una pieza”.

-¿Y cuántos hijos tiene su hermanastra?
“Cinco”.

-¿Ocho niños viviendo en una pieza?
“Sí”.

Constanza es la hija mayor de María y tiene 15 años. El último libro que leyó fue “Subterra”. Haciendo memoria, agrega que el año pasado leyó dos libros y que su favorito es “El Principito”. Andrés tiene 10 y no tiene muy claro cuántos libros ha leído, pero sí que ha ido a la biblioteca de San Pablo: “Es bonita”, destaca sin añadir detalles. Felipe tiene seis, aún no lee, pero es el que más habla.

María Sepúlveda no sabía en qué consistía entrar a una biblioteca hasta el miércoles. Junto con recibir los maletines, los jefes de hogar de cada familia quedaban inscritos como socios de la Biblioteca de Santiago. María cuenta que nunca había ido a una biblioteca porque no sabía que “podía” o porque pensaba que una biblioteca era algo muy caro. No se decide por la razón principal, pero la idea básica es que para ella salir o cualquier actividad que no sea trabajar significa un gasto que le parece imposible de costear, sobre todo ahora que queda cesante a fines de mes: ” Eso me preocupa porque tengo que terminar de pagar el departamento”. Los hijos de María pasan la mayor parte del día solos y Constanza es una especie de suplente de su mamá en la tarde. Llega antes que sus hermanos de la escuela y los recibe en la casa. Fue ella la que recibió la noticia de que su familia había sido seleccionada para recibir el Maletín Literario en La Moneda. Constanza quiere ser secretaria y Andrés, de 10 años, quiere ser policía o chofer de ambulancia. Los otros no tienen tan clara la vocación, pero aseguran voluntad para leer los libros del maletín. María quiere leer la enciclopedia y, si tiene tiempo, ir a la biblioteca.

-¿Cuál cree usted que es la diferencia entre la vida que tienen sus hijos y la vida que usted tuvo a la misma edad?
“Ellos pueden hacer cosas de niños. Yo no pude”.

Para María Sepúlveda, “tener estudios” marca una diferencia que no sabría describir, pero que es grande y que se nota.

El principal criterio de la Dibam para la elección de las 133 mil familias que recibirán este Maletín Literario fue que tuvieran niños que cursaran desde prekínder hasta cuarto básico, un rango que los hace ser preferenciales. Ellos son los más vulnerables entre los más vulnerables. Las familias fueron ubicadas a través del RUT de la madre, que en gran cantidad de los casos -no existe el dato exacto- es la jefa de hogar. El miércoles hubo más mujeres que hombres en la ceremonia de entrega de los primeros maletines. La mayoría, personas silenciosas como María Sepúlveda, diferentes a Viviana Placencio -otra de las favorecidas- que se acercó a hablar con la Presidenta y a darle unos cuantos puntos de vista. “Una de las señoras me dijo que se notaba que yo tenía más estudios porque me expresaba mejor, pero yo sólo llegué hasta cuarto medio”. Viviana Placencio vive en Isla de Maipo, en una casa pequeña de dos pisos que mantiene con los 90 mil pesos que gana como administrativa de un consultorio. “Aspiro a lograr la jornada de 44 horas y poder doblar el sueldo”. Es separada, tiene tres hijos de 12, 10 y seis años que asisten a un colegio subvencionado. “El papá de los niños se encarga del colegio. Siempre está preocupado por ellos. Con lo que yo ganó no alcanzaría”.

Viviana no sabría contar cuántos libros ha leído en su vida. El hábito se lo atribuye a su padre -panadero, oriundo de Carahue- que se sentaba con ella a leer el diario cuando era niña. “No sé por qué mi papá le tomó el gusto a la lectura. Él nos contaba que desde chico leía con una vela porque no había luz eléctrica”. El padre de Viviana tiene 63 años y sus tres hijas, incluida Viviana, son lectoras. Viviana lee novelas, libros de autoayuda y ahora está terminando un libro de yoga. Tiene libros en su living y en un rincón de la pieza de los niños. Xavier, el hijo del medio, evalúa, al ojo, que debe de haber cuarenta y muestra con orgullo uno de sus poemas recopilados en una antología de poesía escolar. “Mira aquí estoy yo, mi poema se llama “El tigre y el dragón”.

“A mí -continúa Viviana Placencio- me cuesta comprar libros, apenas me alcanza. Por eso intercambio con mis compañeros de trabajo o compro en la feria. También he comprado piratas. Eso se lo dije a la Presidenta”.

Viviana también es socia de la biblioteca de Isla de Maipo.

- ¿Quiénes van habitualmente a la biblioteca?
“Lo que más veo son estudiantes, escolares. No recuerdo haber visto dueñas de casa como yo”.

-¿Y hombres adultos?
“Nunca. Jamás”.