La Nación, Santiago, Chile. 04/09/2006.

Los escolares bajan del computador trozos de las obras que les obligan a leer o acuden a las fotocopias, que no les dan una idea del contenido o la belleza de un texto. Eso explica los pésimos resultados de las pruebas de comprensión de lectura.

Un sencillo acto para celebrar los diez años del Bibliometro de la Estación Cal y Canto reveló hechos culturales sorprendentes. Allí se prestan libros gratis con el patrocinio de la Biblioteca Nacional, sin otra condición que el registro del carné de identidad y que sean devueltos en un plazo establecido para una lectura tranquila. Los socios sobrepasan los 90 mil y son empleados, obreros, estudiantes, pobladores o dueñas de casa. Todos cumplen estrictamente el reglamento: menos de 0,2% no ha retornado los volúmenes y sus lecturas son de preferencia literatura de ficción, autores clásicos y modernos, poesía, ensayos políticos o históricos, biografías, grandes reportajes. El Bibliometro está siempre asediado por un público que busca nuevos títulos, que consume vorazmente todo lo que ofrece el catálogo, que expresa su admiración o sus observaciones a lo leído.

Nadie podría hablar ahí de decadencia de la lectura. Al contrario: hay más lectores que las ediciones de las que se disponen. El dato es contradictorio con los vaticinios terroríficos sobre la desaparición de los libros, el quiebre de las librerías, la crisis terminal de la lectura. Los socios del Bibliometro no son intelectuales, sino gente corriente que lee después de sus agotadores oficios, cuidan y hasta reparan los deterioros de los volúmenes recibidos.

Podría ser un fenómeno alentador y a los optimistas les gustaría pensar que se trata de un renacimiento chileno de los libros. Pero no es del todo verdad. La dura realidad es otra. Y tiene explicaciones diversas.

Hasta 1973, Chile era uno de los países de mayor lectura en América Latina. En los primeros años de esta década, la editorial estatal Quimantú publicaba ediciones de hasta 60 mil ejemplares de grandes títulos universales, que se vendían en una semana en los quioscos de diarios y cuyos precios no superaban al de una cajetilla de cigarrillos. Luego se impuso la dictadura del mercado y los libros se transformaron en una mercadería. El régimen los consideró peligrosos y hasta enemigos públicos. Se mostraron y quemaron en la vía pública algunas de las obras de los allanados y detenidos y se estableció una oficina de censura cultural que impedía la publicación de alguna obra rechazada por los examinadores. La lógica del mercado y el marketing del modelo fueron menoscabando la idea del real valor cultural de los libros. Es lamentable que el mercado sea quien defina qué se edita y qué no se edita y que los inevitables consorcios internacionales hayan reemplazado a los editores nacionales, cuya existencia actual es más o menos precaria.

En otros tiempos había en Chile empresas como Zigzag, Nascimento, Cultura, Ercilla, Letras del Pacífico, Austral, etc. No eran editoriales comerciales y equilibraban sus balances entre el éxito de ventas de un libro que abonaba las pérdidas de otro igualmente valioso. Nascimento, por ejemplo, lanzó primeras ediciones de los desconocidos Pablo Neruda, Eduardo Barrios, Manuel Rojas, González Vera, Francisco Coloane y otros que ya pasaron a integrar el patrimonio literario nacional del siglo XX.

Con lentitud conquistaron lectores y prestigio pese a que al inicio su mercado era escaso. Sus editores rara vez se preguntaron primero si esos libros se vendían o no. Su tarea era cultural y se apoyaba en el buen ojo sobre la calidad de lo publicado. Hoy resulta incongruente que para leer algún buen autor peruano, uruguayo, colombiano, ecuatoriano haya que buscar sus obras en ediciones hechas en Madrid o Barcelona. Los consorcios se han tragado a tradicionales editoriales de nuestro continente y, obviamente, están más interesados en el negocio que en el desarrollo de las letras nacionales.

Apuestan a los posibles best sellers y eso no siempre ocurre con autores esenciales que se abren paso a duras penas en sus países sin editores.

El precio de los libros -aumentados por el IVA- le resulta exorbitante a los asalariados que deben optar entre sus gastos por el pago de deudas y artículos de primera necesidad. Así, el libro empieza a desaparecer del consumo de masas y sólo llega a las elites. No obstante, la escasa venta de libros en Chile no se explica sólo por la falta de dinero. La gente con capacidad económica puede gastar 30 mil pesos o más en un restaurante o en los mejores asientos de un estadio o un recital de rock, pero exclama: “¡Qué caros son los libros!”. Aunque éstos valen ocho o diez mil pesos. Existe todo un segmento para el cual el problema no es el precio, sino la pérdida de interés por la lectura. Antes, uno entraba a una casa y lo primero que veía era un estante con libros. Ahora, lo único que está en el centro es un gran aparato de televisión.

Se dice que Internet hace innecesarios los libros y que, además, los espacios de las viviendas no ofrecen un lugar tranquilo para leer; en definitiva, los volúmenes impresos ya son un anacronismo.

Desaparecen las librerías y son reemplazadas por farmacias o zapaterías. Los escolares bajan del computador trozos de las obras que les obligan a leer o acuden a las fotocopias, que no les dan una idea del contenido o la belleza de un texto.

Eso explica los pésimos resultados de las pruebas de comprensión de lectura. No saben cuál es la intención ni las características principales de los personajes de un autor cuyo conocimiento es indispensable. Ante esto resulta paradójico el éxito de las ediciones piratas, una práctica delictual inaceptable y dañina. Sus cuantiosas ventas revelan que existen consumidores que no se atreven a entrar a la librerías donde podrían comprobar que los precios no son tan espantosos.

Los libros son los vehículos principales del conocimiento. Y no han perdido esa condición. Una verdadera democracia necesita del oxígeno de la palabra escrita. La televisión no ha liquidado al cine. Y el teatro existe con buena salud pese a que se anunció que no tendría sentido con la competencia de las películas parlantes.

El lenguaje de los libros de ficción es directo y coloquial, desarrolla la imaginación y el buen raciocinio de cada cual, transmite los conocimientos que no se pueden captar bien en las imágenes audiovisuales. Son indispensables en la variedad del lenguaje que tiende a desaparecer en algunos jóvenes cuyo léxico es escaso, enriquecen la vida y la inteligencia de los lectores. Ojalá la ley del libro restablezca en la realidad la lectura como una necesidad tan vital como los alimentos terrestres. Los lectores del Bibliometro constituyen una esperanza para los que creen en el porvenir de los libros y una evidencia de que no todo se ha perdido.